Frijoles para el pueblo, privilegios para la clase polĂtica
Por Gabriel Piñón
Las recientes declaraciones de la presidenta Claudia Sheinbaum sobre la necesidad de promover el consumo de frijol en MĂ©xico no han pasado desapercibidas, es un discurso de precariedad con sonrisa fingida de quien gobierna. Desde la tribuna de la mañanera, afirmĂł que consumir frijol y arroz puede ser equivalente a comer carne. Una afirmaciĂłn que, más allá de lo nutricional, abre un debate necesario sobre la realidad del paĂs y la desconexiĂłn del poder con la vida cotidiana de millones de mexicanos.
Es cierto: el consumo de frijol ha disminuido con el paso de los años. También es cierto que se trata de un alimento fundamental en la dieta tradicional mexicana, nutritivo y accesible. Pero una cosa es promover hábitos alimenticios saludables y otra muy distinta es presentar esa opción como sustituto de algo que, en la práctica, millones han dejado de consumir no por elección, sino porque el salario aun con los aumentos promovidos por el sistema, no alcanza.
Y como va a alcanzar, si con la famosa beca del bienestar bimensual, el mexicano que la recibe debe costear la canasta básica, muy básica, medicinas, el pago de servicios que han aumentado de manera estrepitosa de tal manera que la beca se diluye para pagar lo que ya se debe y lo que el gobierno ha dejado de proveer a ese pueblo que ignorante y frijolero, que insiste en creer en un gobierno que lo que menos hace es gobernar.
Mientras desde el discurso oficial se impulsa el regreso al frijol y al arroz, la realidad de la clase polĂtica es otra. No es difĂcil imaginar —ni documentar— que quienes toman decisiones en el paĂs no enfrentan las mismas limitaciones. Restaurantes, alimentos de alto costo, cocinas privadas y acceso a productos que distan mucho de la dieta que se sugiere al ciudadano comĂşn.
El mensaje que se envĂa es delicado porque al mexicano ya no se le insta a aspirar, sino a resignarse, ajustarse a consumir lo básico. Y ahĂ es donde la narrativa hace que la puerca tuerza el rabo ÂżSe trata de una polĂtica pĂşblica de salud alimentaria o de una normalizaciĂłn de la precariedad?
La historia ofrece paralelismos de pseudo lĂderes populistas. Fidel Castro tambiĂ©n promoviĂł dietas austeras entre la poblaciĂłn en contextos de crisis, mientras las Ă©lites polĂticas vivĂan bajo condiciones distintas. El resultado, en el caso cubano, es conocido: dĂ©cadas de escasez normalizada para la mayorĂa.
Promover el consumo de frijol no es, en sĂ mismo, el problema. El problema es el contexto en el que se dice y cĂłmo se dice. Porque si el mensaje implĂcito es “esto es lo que hay”, entonces deja de ser una recomendaciĂłn y se convierte en una señal de resignaciĂłn.
En un paĂs donde millones luchan diariamente por acceder a una alimentaciĂłn digna y balanceada, el reto del gobierno no deberĂa ser ajustar las expectativas del ciudadano, sino ampliar sus posibilidades.
Un discurso pobre y frijolero el de Claudia Sheinbaum.
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