Benito Juárez: el villano necesario
En México, disentir sobre Benito Juárez es casi un acto de irreverencia. Se le ha colocado en el pedestal de los intocables, como si su figura estuviera más allá del juicio histórico. Pero toda nación que dice respetarse debe ser capaz de desvelar a sus ídolos, mirarlos de carne y hueso, como humanos con errores y virtudes, incluso —y sobre todo— a aquellos que han sido convertidos en dogma.
Para abordar la figura de Benito Juárez debemos partir de una hipótesis incómoda: ¿y si Juárez no fue el héroe que nos enseñaron, sino un villano necesario que sirvió de cimiento para el pensamiento liberal del México moderno?
La historia oficial nos habla del defensor de la República, del hombre austero que resistió la intervención extranjera. Pero omite o pretende suavizar el ejercicio prolongado y concentrado del poder, la manipulación de las instituciones bajo el argumento de la emergencia nacional, y la instauración de un orden liberal que no dudó en arrasar con estructuras sociales, culturales y religiosas profundamente arraigadas.
José Fuentes Mares advirtió que el juarismo no puede entenderse sin reconocer su vocación autoritaria. Juárez, bajo la bandera de la legalidad, gobernó durante años en condiciones excepcionales que terminaron por volverse permanentes. La ley, que decía defender, se volvió flexible cuando el poder lo exigía.
¿No es esa, acaso, una de las características del villano político moderno? Hablar en nombre de la ley mientras la adapta a su propia conveniencia.
Más aún, el proyecto juarista no fue solamente político: fue una ruptura profunda con el México tradicional. Las Leyes de Reforma, celebradas como actos de progreso, también implicaron la desarticulación de comunidades, la pérdida de formas de vida y una fractura espiritual que aún resuena.
Aquí la crítica de José Vasconcelos es demoledora: Juárez no sólo transformó al Estado, sino que contribuyó a vaciar de contenido espiritual a la nación, imponiendo un modelo de modernidad que, lejos de reconciliar, dividió.
El problema no es que Juárez haya sido duro en su forma de gobernar, sino que se le haya absuelto de toda crítica. Porque cuando un personaje es presentado como moralmente perfecto, se cancela la posibilidad de aprender de sus errores. Y México ha pagado caro esa visión acotada de la historia.
El culto a Juárez ha servido para justificar, una y otra vez, la idea de que el poder puede concentrarse si se hace en nombre de una causa “superior”. Ha legitimado la noción de que la legalidad es negociable cuando el proyecto político lo requiere. En otras palabras: ha sembrado una semilla que aún germina en la política contemporánea.
Decir que Juárez fue un villano no implica negar su lugar en la historia, sino el reconocimiento de que su legado está lleno de claros oscuros, de decisiones cuestionables, de costos humanos y culturales, y de una visión que, aunque eficaz, no fue necesariamente justa para todos.
Tal vez Juárez fue, en efecto, no fue el gobernante perfecto, la cuestión es convertirlo en un héroe absoluto, que este día muchos rinden pleitesía y honores.

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