Cuando la ineptitud gobierna un paĆs
Por Gabriel Piñón
En el mundo hay paĆses que avanzan a pesar de sus errores, y hay otros que se hunden lentamente cuando quienes toman decisiones carecen de capacidad, visión y responsabilidad. MĆ©xico parece transitar, con preocupante normalidad, por este segundo camino: el de la ineficiencia institucional y la ceguera deliberada.
El problema no es Ćŗnicamente equivocarse, sabemos que toda administración lo hace, sin embargo cuando aĆŗn con el error se niega la realidad y se minimizan sus consecuencias, la inacción daƱa de forma irreversible el patrimonio natural y social del paĆs.
Uno de los casos mĆ”s emblemĆ”ticos es la construcción del Tren Maya, proyecto que ha sido presentado como sĆmbolo de desarrollo muy al estilo de la 4T, pero que en los hechos ha significado devastación ambiental en el sureste mexicano. La tala de selva, la fragmentación de ecosistemas y la afectación a especies endĆ©micas no son opiniones, sino consecuencias documentadas por especialistas. Lo mĆ”s grave no es solo el daƱo, sino la lógica que le da sustento: la imposición de una obra sin planeación ambiental integral, impulsada mĆ”s por la narrativa polĆtica que por el interĆ©s pĆŗblico.
A esta cadena de decisiones cuestionables se suma hoy el derrame de petróleo en las costas de Veracruz, una tragedia ambiental que exhibe nuevamente la incapacidad de dar respuesta a contingencias ambientales de una manera efectiva, es decir los gobiernos de la 4T prefieren negar la realidad que atenderla. La contaminación, que se extiende por mÔs de 600 kilómetros del litoral, amenaza arrecifes, manglares y la biodiversidad marina que sostiene a comunidades enteras.
En este contexto, la postura de la gobernadora RocĆo Nahle resulta preocupante, su soberbia de mujer empoderada no tiene lĆmites y la expone como una polĆtica inepta y negligente.
Minimizar el desastre al calificarlo como āunas gotasā no es un error comunicativo, es una forma que ha caracterizado su gobierno.
Nahle evade responsabilidades, desestima la evidencia y que, en los hechos, abandona a quienes dependen del equilibrio ambiental para sobrevivir, cientos de familias pescadoras de esas zonas, sufren las consecuencias, mientras el gobierno utiliza todos los medios posibles para desestimar la catƔstrofe ambiental, que pronto tocara las costas de Estados Unidos.
Las imĆ”genes difundidas en redes sociales desmienten de forma contundente cualquier intento de minimizar la magnitud del daƱo. La fotografĆa de una tortuga inerte cubierta de petróleo, asĆ como las extensas manchas oscuras que avanzan al ritmo de las olas, son evidencias claras de que no se trata de un incidente menor. Estas escenas no solo conmocionan: ponen al descubierto la incapacidad y la falta de sensibilidad de las autoridades ante una crisis ambiental de gran escala.
DetrÔs de cada hectÔrea devastada y de cada kilómetro de costa contaminada hay pescadores que pierden su sustento, familias que enfrentan incertidumbre y ecosistemas cuya recuperación puede tomar décadas, si es que ocurre.
La constante en estos episodios no es la casualidad, sino la negligencia sistemĆ”tica. Gobernar implica anticipar riesgos, escuchar a expertos y actuar con responsabilidad. Cuando esto no ocurre, el resultado es un paĆs que se vuelve ineficiente, reactivo y profundamente injusto.
La historia demuestra que los mayores daƱos no siempre provienen de la falta de recursos, sino de la falta de capacidad. Cuando la ineptitud se instala en el poder, sus efectos no son temporales: se arraigan en el territorio, en la economĆa y en la vida de las personas.
MĆ©xico no puede darse el lujo de normalizar la mediocridad en la toma de decisiones. Porque cada omisión, cada minimización y cada error no corregido tiene un costo. Y ese costo, como hoy lo vemos en el sureste y en el Golfo, lo paga el paĆs entero.

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