Memoria corta y cinismo largo: Javier Corral aplaude una justicia que no pudo dar a Chihuahua
En un ejercicio de retórica que roza el descaro, el exgobernador de Chihuahua, Javier Corral Jurado, reapareció en la escena pública para deshacerse en elogios ante el nuevo Plan Estratégico de la Fiscalía General de la República presentado por Ernestina Godoy. Desde la comodidad de los salones capitalinos y cobijado por la cúpula de Morena, Corral celebró conceptos como la «inteligencia estratégica» y la «eficacia ministerial», palabras que para los ciudadanos de Chihuahua suenan a una burla cruel tras el desastroso quinquenio que el hoy senador morenista encabezó en el estado grande.
Resulta irónico que quien hoy pregona la necesidad de una «fiscalía eficiente que proteja a las víctimas» sea el mismo personaje que dejó a Chihuahua sumido en una crisis de seguridad sin precedentes. Durante su gestión, el estado no solo no transitó hacia un modelo de justicia basado en resultados, sino que se convirtió en un terreno baldío para la inversión y un campo de batalla donde los índices de violencia se dispararon mientras el aparato estatal se concentraba en una agenda de persecución política personalista, hoy cuestionada por su falta de rigor jurídico.
El discurso de Corral sobre el «colapso financiero de las organizaciones delictivas» contrasta dolorosamente con el colapso financiero que él mismo heredó a las finanzas públicas de Chihuahua. Mientras hoy celebra el uso de tecnología y ciencia para la procuración de justicia, los chihuahuenses recuerdan una fiscalía estatal debilitada, con ministerios públicos rebasados y una infraestructura de seguridad que quedó en el abandono mientras el exgobernador prefería las canchas de tenis o los foros académicos en la Ciudad de México antes que atender las masacres y el control territorial del crimen organizado en la Sierra y la frontera.
Hablar de «democracia y justicia» desde el privilegio de un escaño obtenido bajo el manto protector de la 4T es sencillo, pero para el pueblo de México —ese al que Corral hoy llama beneficiario del plan de Godoy— la realidad tiene otros datos. En Chihuahua, el legado de Corral no es la justicia, sino la miseria económica, una deuda pública asfixiante y una desolación en materia de seguridad que todavía hoy, años después de su salida, sigue costando vidas y recursos para intentar subsanar.
La coincidencia de Corral con figuras como Ignacio Mier y Ernestina Godoy en este evento no es más que la confirmación de su metamorfosis política: un salto al oportunismo donde el discurso reformista sirve como biombo para ocultar un pasado de ineficiencia. Para Javier Corral, la justicia parece ser un concepto maleable que se usa en los boletines de prensa, pero que se olvida convenientemente cuando se tiene la responsabilidad de gobernar. El «compromiso ineluctable»

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