Entre la fugacidad de la vida y la normalización de la muerte violenta
Por: Gabriel Piñón
Vivimos rodeados de noticias que, por repetidas, han dejado de estremecernos: muertes violentas, accidentes, enfermedades que irrumpen sin aviso. Sabemos que todos habremos de morir algún día. Nadie escapa a ese destino. Sin embargo, una cosa es aceptar la muerte como parte de la condición humana, y otra muy distinta es acostumbrarnos a la pérdida abrupta, injusta, arrebatada.
Hoy la muerte violenta se ha vuelto parte de la cotidianeidad. Como si fuera normal que la vida de una persona termine de golpe, como si fuera cotidiano que alguien arranque esa vida con la misma ligereza con la que un niño corta una flor en su mejor momento, solo para dejarla caer sin más. Y lo más grave no es solo la violencia, sino la indiferencia que la acompaña.
Leemos la noticia: “asesinan a una persona”. Si no la conocemos, pasamos la página. Las autoridades anuncian investigaciones que rara vez seguimos. Las instituciones publican condolencias. La familia llora en silencio. Y el resto de nosotros continúa, arrastrado por ese tsunami imparable que es el tiempo.
Pero cada vida que se pierde tiene un rostro, una historia, un lugar en el mundo. Era alguien: padre, hija, hermano, abuela, amigo. Era alguien que aportaba, que amaba, que soñaba. Y sin embargo, hemos permitido que su ausencia se diluya en la rutina informativa.
Aquí hay una responsabilidad que no puede diluirse. Es obligación del Estado mexicano, en todos sus niveles de gobierno y a través de sus fuerzas de seguridad, garantizar la vida y la integridad de los ciudadanos que dice gobernar. No bastan los discursos, ni las condolencias oficiales, ni la presencia en funerales o ceremonias de reconocimiento. Eso es lo más simple, lo más inmediato, pero no lo más importante. La verdadera responsabilidad está en prevenir, proteger y hacer justicia.
Pero la responsabilidad no es solo institucional. Como sociedad también tenemos una tarea ineludible: respetar la vida del otro. Practicar esa máxima sencilla y profunda que nos acompaña desde siempre: no hagas a los demás lo que no quisieras que te hicieran. Fomentar en los niños y en los jóvenes el valor de la vida, el respeto, la empatía y la dignidad humana.
La indiferencia es, quizá, una de las formas más silenciosas de la deshumanización. Nos protege, sí, pero también nos endurece. Nos hace olvidar que cualquiera de nosotros —o de los nuestros— podría ocupar ese lugar mañana.
Por eso no deberíamos perder la capacidad de asombro. Ni la de indignación. Ni, sobre todo, la de valorar la vida en su justa dimensión.
Porque al final, ¿de qué sirven las riquezas, los logros o los éxitos, si se nos arrebata la única posibilidad de disfrutarlos?
Vale la pena recordar, como lo expresa Alberto Cortez en su poema-canción “Qué suerte he tenido de nacer”: la vida, con todo y sus contrastes, es un privilegio.
La vida es el derecho primigenio del ser humano. Hagámoslo valer. No seamos indiferentes. Porque hoy fue alguien más… mañana podrías ser tú, podría ser yo, o cualquiera de nuestros seres queridos.
Eso sí, una condolencia aparecerá con nuestro nombre. Y el mundo seguirá girando.
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