Notas Principales

Entre el síndrome de Hubris y el mesianismo político

Por Gabriel Piñón

En México, la política no solo se disputa en las urnas, también se construye en narrativas que nacen desde el interior de la mente del político y de sus allegados, quienes alimentan los pensamientos del “líder”. Ahí nacen ciertos personajes que se dicen llamados, casi por destino, a conducir al pueblo.

No es un fenómeno nuevo. Pero hoy lo podemos observar con mayor claridad,
con estudios y análisis de politólogos y expertos que han desarrollado teorías como el Síndrome de Hubris y el llamado mesianismo político. Así se encuentran en el devenir de nuestra historia David Owen y Max Weber.

El primero describe a líderes que, tras acumular poder, desarrollan una confianza desmedida en sí mismos, una sensación de infalibilidad y una creciente desconexión de la crítica. El segundo, más político que clínico, se manifiesta en la creencia de que un actor o un grupo tiene una misión histórica: salvar, redimir o encabezar el destino de una nación.

Cuando ambos elementos se combinan, el resultado es conocido: figuras que no terminan una encomienda y ya están proyectándose hacia la siguiente, bajo la lógica de que “solo ellos pueden”.

Este fenómeno no distingue colores. Se reproduce en las distintas expresiones políticas, en distintas regiones y bajo distintos discursos.

En México los casos más notables de grupos familiares o políticos que consolidan poder territorial y lo administran como patrimonio: los Monreal en Zacatecas, los Salgado en Guerrero, o los López Beltrán en el entorno del obradorismo. Pero sería un error pensar que es exclusivo de un movimiento. En el PRI y en el PAN también existen estructuras similares, donde las llamadas “tribus” internas se disputan candidaturas bajo la premisa de representar la voluntad popular.

El problema no es la ambición política, podría considerarse legitimo el que las personas puedan aspirar a alcanzar algún cargo o puesto político, hasta ahí la cosa va bien. El problema es cuando el liderazgo deja de construirse y comienza a asumirse como un derecho adquirido, algo que por ser la persona misma le pertenece por derecho, nótese a Félix Salgado cuya hija es gobernadora de Guerrero y él se ve por aludido de ser el próximo gobernador por hecho y derecho; o los Monreal, de los cuales hoy es uno gobernador, el otro diputado y un senador, y el diputado exige su derecho de ser gobernador sucediendo a su hermano.

Demagogia, en su expresión más clara.

No es esto una farsa, quienes gobiernan asumen que la continuidad en tal o cual cargo les pertenece per se. ¿Qué capacidades deberíamos exigir a quienes pretendan sentarse en la silla del poder político? ¿A caso como pueblo tenemos esa capacidad de elegir a nuestros gobernantes?. La respuesta es no, son las mismas cúpulas las que deciden quien llega y quién no. Las elecciones son un mero trámite, pues los resultados están ya escritos.

Entonces de que sirven las elecciones, se preguntara usted amable lector. ¡Pues de nada!. Si quiere puedo decirle que sirven de mucho, pero la realidad es cruda: Nada. Se agitan las masas en un cardumen que se vuelca sin conciencia de lo que ya está decidido. Que una torta, que una beca, que mi abuelita… pero las elecciones son solo un ritual en el que el poder nos embauca, nos lleva y nos trae, pues elegimos lo que ellos proponen y quieren.

Si antes era una farsa, ahora – maginese, fuera mascaras como diría López y Sheinbaum – hoy es más de lo mismo con un INE que paso a ser parte de la estructura del sistema de nueva cuenta, tan aceitado como en los viejos tiempos del PRI hegemónico. Pero que sin embargo ese sistema PRIANISTA que tanto se criticó en el pasado a regañadientes ciudadanizo. Y hoy Morena lo volvió a meter bajo su manto en nuestras propias narices.

México no necesita salvadores. Necesita instituciones fuertes, procesos claros y una ciudadanía crítica. La democracia no se construye con figuras providenciales, sino con reglas, contrapesos y participación real.

Porque al final, lo que debemos cuestionarnos no es quién quiere dirigir al pueblo. La pregunta es si estamos dispuestos a seguir creyendo que alguien, por sí solo, puede hacerlo y seguir repitiendo la misma historia en cada elección.

Usted tiene la última palabra.

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