La chirrionera que se amamantaba de noche: el mito que contaban los abuelos
De niño, cuando caía la noche y el silencio se adueñaba de la casa, mi abuelo bajaba la voz y soltaba la advertencia: “Tranquen bien las puertas, porque a la chirrionera le gusta la leche”. Contaba que esa víbora flaca y larga como látigo se metía a las casas en la madrugada, sin hacer ruido. Buscaba a las mujeres recién paridas y, mientras todos dormían, se prendía del seno para amamantarse. Para que el bebé no llorara y delatara el robo, le metía la cola en la boquita, como si fuera un chupón.
Decían las perdonas de antis que por eso muchas madres amanecían débiles, con el pecho adolorido, y los niños inquietos sin razón. La culpa, claro, era de la chirrionera que se escabullía antes del amanecer, dejando solo el susto.
Mi abuelo no era el único. En ranchos y pueblos del norte de México y el sur de Estados Unidos el relato se repetía: que hipnotizaban a las madres, que se deslizaban por las rendijas, que el crujir de la puerta en la noche era señal de que ya estaban adentro. La chirrionera se volvió parte del miedo doméstico, un fantasma del desierto que castigaba el descuido.
¿Por qué no es posible?
La ciencia le quita el misterio, pero no lo fascinante. La víbora chirrionera, o serpiente látigo Masticophis flagellum, es un colúbrido no venenoso. Su boca no puede succionar: está hecha para sujetar y tragar presas enteras como ratones y lagartijas. No digiere lactosa y no le interesa la leche.
Sí es, en cambio, la serpiente más rápida del continente. Alcanza hasta 11 km/h y levanta la cabeza para vigilar entre la hierba. También es buena trepadora y se mete a casas siguiendo a los roedores, su comida favorita. Si había ratones en los cuartos donde dormía una mujer con su bebé, la chirrionera entraba tras ellos. La gente la veía salir al amanecer y completaba la historia con lo que más temía.
Un mito de frontera
El relato cruza fronteras. Cronistas y biólogos han documentado versiones casi idénticas en Texas, Nuevo México, Arizona, Sonora, Coahuila, Durango y Chihuahua. Es parte del folclor del desierto, donde la supervivencia, la maternidad y el miedo se mezclan. La UNAM recoge que en el centro del país también se creía que la chirrionera mordía “a quienes trasgredían preceptos religiosos”.
Mi abuelo tenía historias infinitas. Unas eran ciertas, otras eran su forma de explicar un mundo sin internet. La de la chirrionera era de las segundas: un mito para cerrar puertas, para cuidar a los recién nacidos, para no dejar comida que atrajera ratones.
Hoy sabemos que la chirrionera no entra a las casas por leche materna. Entra por ratones. Y en eso, nos hace un favor. Pero el mito sigue vivo, con la voz de los abuelos, recordándonos que el desierto siempre tuvo sus propias reglas y sus propios cuentos.

Comparte nuestras notas: