169 años de la Constitución de 1857: ¿algo que celebrar?
Por Gabriel Piñón
Este día se conmemoran 169 años de la promulgación de la Constitución de 1857, la cartas magna que le dio vida institucional a nuestro país. De ella surgió el reconocimiento formal de los derechos y libertades individuales: la libertad de expresión, de imprenta, de asociación, así como el principio fundamental de la división de poderes. Fue, en su momento, un parteaguas histórico que colocó al ciudadano en el centro y al poder bajo la ley.
Sin embargo, hoy cabe preguntarnos con honestidad: ¿sigue vigente el espíritu del constituyente de 1857 en el México actual?
Vivimos tiempos en los que la libertad de expresión se ve amenazada, donde la crítica incomoda y se castiga; donde la libertad de imprenta se enfrenta a la estigmatización cotidiana desde el poder; donde la libertad de asociación se mira con recelo y sospecha si no coincide con la línea oficial. En un país donde el Estado, capturado por una corriente ideológica de izquierda, reprime, censura e incluso encarcela a quienes piensan diferente, ejercer los derechos constitucionales se ha convertido en un acto de resistencia.
Uno de los pilares más sólidos de la Constitución de 1857 fue la separación de poderes. No como una ocurrencia sino como un mecanismo de equilibrio, de control y de garantía para evitar el abuso. Hoy, ese principio parece diluirse. Observamos cómo el Poder Legislativo y el Poder Judicial han sido progresivamente supeditados a los antojos de quien gobierna desde Palacio Nacional, debilitando los contrapesos que dan sentido a la vida democrática. Cuando el poder se concentra y no encuentra límites reales, deja de gobernar y comienza a imponer.
La Constitución de 1857 no fue diseñada para proteger a un régimen ni a una ideología; fue concebida para proteger al ciudadano del poder. Para garantizar que nadie, por popular que se diga, estuviera por encima de la ley. Hoy, en contraste, asistimos a un Estado que se asume moralmente superior, que divide a la sociedad entre “buenos” y “malos”, entre “pueblo” y “enemigos”, y que en nombre de ese pueblo termina sofocando sus libertades.
Entonces la pregunta resulta inevitable: ¿hay algo que celebrar? ¿Celebramos actos cívicos mientras se vacían de contenido las instituciones? ¿Celebramos discursos solemnes mientras se normaliza el autoritarismo? ¿Celebramos una Constitución que se cita en ceremonias, pero se ignora en la práctica?
El llamado “pueblo bueno y sabio” parece hoy atrapado en un sueño largo y cómodo, aletargado por las dádivas del bienestar, alimentado con migajas que caen de la mesa del poder, mientras se le despoja silenciosamente de derechos conquistados con lucha, ideas y sacrificios. La Constitución de 1857 no ofrecía subsidios ni consuelos; ofrecía libertad, dignidad y responsabilidad cívica.
Conmemorar su aniversario debería ser un acto de conciencia, no de simulación. Un momento para preguntarnos si estamos dispuestos a defender ese legado o si seguiremos aceptando, en silencio, que la ley suprema sea reinterpretada según la conveniencia del poder en turno.
Una Constitución no muere cuando se reforma; muere cuando deja de vivirse. Y hoy, a 169 años de distancia, el verdadero homenaje a la Constitución de 1857 no está en los actos oficiales, sino en la valentía de quienes aún se atreven a ejercer sus libertades, a cuestionar al poder y a exigir que la ley vuelva a estar por encima de quienes gobiernan.
Esa, quizá, sea la celebración pendiente.
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