20 de noviembre: el día en que historia amenaza con repetirse
Por Mar Roxo
El 20 de noviembre siempre ha sido un recordatorio incómodo: México nació de la rebelión, no de la obediencia. Es la fecha en que volvemos a mirarnos en el espejo de la historia.
Pero este año, lo que debería unirnos, amenaza con revivir nuestros peores fantasmas.
Por un lado, el desfile oficial. El Estado mostrando su músculo en toda su magnitud. La presidente Sheinbaum, como comandante suprema, encabeza un despliegue perfectamente calculado para dejar claro quién concentra hoy el poder real: Ejército, Marina y Fuerza Aérea avanzando como una sola sombra, como un recordatorio disciplinado de que el monopolio de la fuerza sigue intacto.
Pero del otro lado de la ciudad avanzará otro contingente, no alineado, no controlado, no sometido. Jóvenes de la Generación Z, convocados bajo una bandera improbable —One Piece— pero unidos por una indignación tan legítima como urgente. Marchan porque fueron golpeados. Marchan porque los quisieron callar. Marchan porque ya entendieron que el silencio sólo protege al opresor.
Lo que inquieta no es la coincidencia: es la provocación. Y hay que decirlo con todas sus letras: desde el propio Ejecutivo —sí, desde la presidenta Sheinbaum— se está permitiendo, si no es que alentando, un escenario que podría terminar mal. Muy mal.
Dos contingentes que al encontrase podrían ser explosivos, por un lado las fuerzas armadas y por otro, miles de jóvenes que exigen justicia.
Este 20 de noviembre podría convertirse en la repetición amarga de 1968 y 1971: dos heridas aún abiertas donde el Estado decidió que la fuerza valía más que la vida. Dos momentos en los que los jóvenes fueron vistos como enemigos y las Fuerzas Armadas como solución. Dos capítulos en los que la sangre derramada jamás fue suficiente para despertar la conciencia del poder.
Hoy estamos, peligrosamente, en la misma ruta.
Un choque entre ejército y jóvenes no sólo pondría en riesgo a quienes marchan, sino también a miles de familias, turistas, niñas y niños que acuden cada año al desfile como parte de una de las tradiciones más mexicanas. Un Tlatelolco del siglo XXI no distinguiría entre manifestantes, soldados o espectadores.
La violencia nunca pregunta a quién alcanza.
Porque si las chispas saltan —y todo indica que el clima está listo para ello— no estaremos hablando de un incidente: estaremos hablando de una tragedia nacional que pudo evitarse. De un país que, en lugar de aprender de su historia, decidió repetirla.
Hoy dos marchas recorrerán la misma ciudad. Una reclama poder. La otra reclama dignidad.
Y entre ambas, un país entero caminando al borde de su propio pasado.
Si este gobierno quiere pasar a la historia, que lo haga por escuchar, no por reprimir.
Porque nada sería más devastador que recordar el 20 de noviembre no por la Revolución que nos hizo nacer, sino por la masacre que pudo habernos vuelto a romper.
Hoy, la presidente debiera reflexionar y llamar a la unidad, escuchar a los jóvenes, apaciguar las fuerzas armadas y establecer un camino de dialogo en el que todos los mexicanos por fin podamos vivir en paz.
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