La gota del bolsillo: El estrés de la supervivencia diaria y la ilusión monetaria
Por Gabriel Piñón
El líquido más denso y pesado que ocupa la mayor parte de nuestro vaso colectivo es, sin duda, la angustia económica. Para la inmensa mayoría de los ciudadanos, el día no comienza con grandes proyectos de autorrealización o pensamientos positivos, sino con un cálculo matemático un llamado milenario de supervivencia.
En el panorama particular de América Latina, y de forma muy marcada en México, este escenario adquiere tintes de ironía cruel. En los últimos años, los gobiernos de corte progresista han centrado gran parte de su discurso y política pública en decretar aumentos históricos a los salarios mínimos. Sin embargo, al implementarse por decreto, sin una contingencia económica sólida y sin estar respaldados por un aumento real en la productividad, estas medidas han detonado un fenómeno inflacionario que no tiene freno.
Aquí ocurre lo que en economía se conoce como la «ilusión monetaria», un término clásico acuñado por Irving Fisher, y cuyas consecuencias en la región han sido ampliamente documentadas por economistas como Santiago Levy. Levy advierte cómo estas políticas terminan asfixiando al ciudadano: el trabajador recibe nominalmente más billetes en su nómina, pero la inflación actúa como un impuesto silencioso y sumamente regresivo que pulveriza su poder adquisitivo al llegar a la caja del supermercado. La frustrante sensación de «trabajar el doble para comprar la mitad» se agudiza.
Pero el espejismo no termina en el bolsillo del consumidor; el asfixiamiento golpea directamente a las empresas. Esta ilusión monetaria tiene severas repercusiones en la supervivencia económica del sector productivo. Un aumento salarial por decreto no impacta únicamente el sueldo base, sino que encarece en cadena todas las prestaciones y las obligaciones patronales. Al no haber un crecimiento económico que soporte este peso operativo, muchas empresas se ven acorraladas y se ven obligadas, ya sea a cerrar sus puertas, o bien, a reducir su número de empleados.
El resultado es un círculo vicioso letal: en el intento discursivo de mejorar la vida del trabajador, se genera desempleo formal. El empleado que ayer gozaba de un sueldo y seguridad social se ve empujado de golpe a incursionar en la informalidad, un sector precarizado donde el Estado no llega, las garantías desaparecen y aquel salario mínimo prometido es solo un mito.
Bajo este clima de inestabilidad, la presión financiera opera como un ruido de fondo que nunca se apaga. Al estrés de pagar la renta, el temor latente a perder el empleo o la asfixia de las deudas en las tarjetas de crédito, se suman los gastos diarios inherentes de una familia: la manutención, el transporte y los gastos escolares. El verdadero terror, sin embargo, llega con la enfermedad. Enfermarse hoy obliga al ciudadano a enfrentarse a un sistema de salud pública colapsado, sin espacios suficientes para atención y con un desabasto crónico de medicamentos; una tragedia cotidiana y palpable que, desde la comodidad del poder, la clase política desestima frívolamente afirmando que son «solo percepciones» y resultados de un algoritmo para atacarlos.
Cuando una persona sale a la calle cargando la angustia de que la quincena «aumentada» se esfumó en tres días, o con la impotencia de no tener cómo surtir la receta médica de su familia, su paciencia ya está mermada antes de cruzar la puerta. No se trata de un simple mal humor matutino, es puro instinto biológico de conservación. Cuando el cerebro percibe que los recursos para sobrevivir están amenazados y las redes de seguridad han fallado, entra en un estado de alerta máxima y reacciona a la defensiva ante cualquier estímulo en el asfalto, por inofensivo que parezca.
Así es como cae la gota que derramará lo que llamamos la sociedad del vaso lleno.
¿Usted qué opina?

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