“La rebelión del maíz”Por Mar Roxo
El maíz no es simplemente un grano: es raíz, es historia, es espíritu. Podría afirmarse que es el espíritu de la nación azteca.
En México, el maíz no se cultiva: se venera.
El maíz no tiene precio, tiene valor, es alimento, es vida.
Por eso duele como se lastima la dignidad del campesino, hombres y mujeres que con sus manos labran el campo, abren surcos, siembran la semilla, sufren ante la sequía, y al fin, son testigos del parto de la tierra, al lograr sus cosechas.
Duele observar como el campo mexicano y la voz de los hijos de la tierra que bondadosamente nos otorgan alimentos diariamente se hunde en la indiferencia del poder y la incompetencia de un gobierno que parece no escuchar el clamor del campo.
El precio del maíz ha caído a niveles que no solo lastiman la economía del productor, sino la dignidad de quien siembra la tierra con las manos y el alma. Los campesinos mexicanos —gente de trabajo, de callos y de honor— se enfrentan hoy no solo a la sequía o a los intermediarios, sino a la ineptitud del gobierno federal, que ha convertido la política agrícola en un acto de burocracia ciega.
Prometieron soberanía alimentaria, pero entregaron abandono.
Prometieron justicia para el campo, pero repartieron discursos.
Y mientras tanto, el maíz —ese símbolo de nuestra identidad— se pudre en las bodegas, porque al gobierno no le alcanza la voluntad para garantizar un precio justo.
El campo no pide dádivas: exige respeto.
El campesino mexicano es noble, pero no dócil.
Trabajador, pero también valiente.
Y cuando el hambre se junta con la injusticia, la paciencia deja de ser virtud para convertirse en fuego.
Hoy el descontento rural se expande. Se habla ya de la toma de aduanas, de bloquear las fronteras del norte como acto de resistencia, de llevar el grito del campo mexicano al plano internacional. Y no sería la primera vez que la tierra habla más fuerte que el gobierno.
Cuando el maíz protesta, protesta la nación entera. Cuando el campesino se levanta, tiembla el poder.
El problema del maíz no es técnico ni logístico: es moral.
Es el reflejo de un gobierno que olvidó que el país no se sostiene en los escritorios, sino en los surcos; que la verdadera soberanía no está en los discursos, sino en el precio justo de una tonelada de grano.
Sin campo no hay nación. Y sin justicia en el campo, no hay paz que dure. Las manos del campesino son fuertes, abren la tierra y producen el alimento que nos mantiene de pie, pero también pueden tomar marro y cincel que derrumba poderes detrás del escritorio.
México vive hoy una contradicción: pregona estabilidad mientras desangra su raíz más profunda.
Los gobernantes miran hacia otro lado, confiados en que el campesino aguantará.
Pero el campo tiene memoria. Y cuando el maíz se convierte en símbolo de resistencia, ningún ejército puede detenerlo.
El gobierno federal está a tiempo de rectificar. De dejar de administrar el conflicto y empezar a escuchar a la tierra.
No olvidemos que las leyendas míticas nos nombran como los hijos del maíz, entonces el maíz hablará ante los oídos sordos del poder.
Y su voz, como siempre, será justa, antigua y poderosa.

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