“El país que se muere para celebrar la muerte”
Por Mar Roxo.
México se detiene.
Cada primero y dos de noviembre, el país entero hace una pausa, como si respirara hondo antes de volver a empezar.
Las avenidas se llenan de flores, las escuelas callan, las oficinas vacían sus escritorios, las fábricas apagan su ritmo, las manifestaciones se repliegan, pues el respeto se le puede perder a los vivos, pero nunca a los muertos.
México, literalmente, se muere un instante. Pero no por tragedia, sino por amor a la memoria de los que se han ido.
Carlos Fuentes escribió que “la muerte en México no es el fin, sino una parte de la vida”. Y quizás por eso somos el único pueblo capaz de celebrar su desaparición con tanta vitalidad.
El mundo trabaja, consume, corre; nosotros nos detenemos para mirar hacia dentro, para dialogar con los que se fueron, para recordar que sin muerte no hay memoria, y sin memoria no hay país.
En estos días, México se convierte en una gran ofrenda. Desde el desierto hasta la selva, desde la sierra hasta la costa, el país se viste de cempasúchil y copal.
El Día de Muertos es el único momento del año en que la nación entera acepta su condición mortal.
Fuentes decía que el mexicano se ríe de la muerte porque sabe que es su compañera, no su enemiga. Y es cierto: la tratamos como una vieja amiga que llega puntual, ni un minuto antes, ni un minuto después, conversamos de frente, sin miedo ni disimulo.
Pero detrás de la fiesta hay algo más profundo. México se paraliza para reconciliarse consigo mismo.
La muerte se vuelve espejo: nos refleja lo que hemos perdido, lo que fuimos, lo que todavía soñamos ser.
Entre velas y retratos, se asoma también el país que sigue muriendo en vida: el que se olvida de su historia, el que entierra su justicia, el que vela su esperanza.
No es exagerado decir que México se muere para renacer. Que el silencio de estos días no es vacío, sino un suspiro colectivo que no tiene tiempo.
Mientras el resto del mundo corre hacia el futuro, México se detiene a hablar con sus fantasmas.
En el fondo, lo que ocurre cada Día de Muertos es un acto de redención.
Un país cansado que se muere un poco para recordarse vivo.
Un país que se viste de muerte para celebrar la vida.
México no teme morir, porque sabe que cada noviembre resucita en flor de cempasúchil.

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