Notas Principales

Una pequeña crónica de un viaje anunciado

Por Gabriel Piñón

Viajar en transporte público siempre es una aventura que delata muchos aspectos de la vida cotidiana de nuestro pueblo.

Muy temprano me dispuse a tomar una unidad del colectivo Bowi para dirigirme a mi trabajo: la universidad. Tengo algunos días experimentando esta experiencia que me hace reflexionar sobre el hecho de que dignificando este sistema de transporte se dignifica a la población, al chihuahuense.

Si bien hoy las autoridades presumen la renovación de las unidades, falta aún por hacer… creo que deberían de utilizarlo diariamente durante un mes, y con ello podrían conocer los puntos de oportunidad que tiene este servicio que mueve miles de chihuahuenses diariamente a diversos destinos de la ciudad. O mínimo el director de transporte tendría la obligación de que este medio fuera el que utilizara diariamente para llegar a su centro de trabajo.

Pero bueno, aquí la pequeña crónica de un viaje anunciado…

Escuché atento el canto de los pájaros, los chanates alegraban la mañana en la que solo uno que otro escape de auto se escuchaba.

Me pregunté si las aves sabían de alegría y de felicidad, porque si pudiera encontrar una forma de conceptualizarla, creo que esa sería la mejor; las aves emiten sus cantos sin reservas, iluminan el amanecer de cada día.

Me volví a preguntar ¿por qué si los humanos consideramos a las aves y a otras especies inferiores, diferenciándonos de ellas por nuestra capacidad de raciocinio, nos es tan difícil encontrar la felicidad?
Será en este caso esa capacidad de raciocinio la que nos lleva a caminos de dolor y sufrimiento. A no disfrutar de esos amaneceres con tonos rojizos que nos regala el otoño como preámbulo invernal.

Ya una vez abordada la unidad del transporte colectivo al cual se le ha denominado “Bowi” por la actual administración estatal, me colé como pude entre el estrecho pasillo, entre choques de mochilas y como pude tomé uno de esos arneses que se desprenden de la estructura del vagón de acero y láminas.

Las pantallas luminiscentes se reflejan en los cristales de los negocios que se extienden en la ruta.
Observé cómo este transporte une cuerpos extraños, almas, sueños, ilusiones de quienes en ese momento pasajero coincidimos.

Todos nos subimos esperando llegar a nuestro destino, aquí no importan clases sociales, todos somos iguales, por eso se dice que el transporte colectivo es el «democrático»; es algo así como la muerte, no distingue razas, ni colores, ni estratos sociales, todos entramos o bajamos por igual. Es un ir y venir de vidas…

Los pasajeros somnolientos, algunos sentados, otros de pie, se aferran en esa búsqueda de llegar a su destino.

Un albañil desvelado recarga su cabeza en la zona destinada a adultos mayores y discapacitados, con su gorra cubre su rostro y se entrega a un coyotito. Su rostro denota cansancio, pues es bien sabido que la albañilería es un oficio duro, en el que se cubren jornadas de sol a sol. Y no alcanza el sueño nocturno para cargar baterías.

Es jueves, acabamos de pasar la mitad de la semana, el cuerpo se cansa y pide una esquina. El bus se descarga, tomé un asiento, bueno un tercio del asiento, porque mi compañero de viaje es alto y voluminoso, así que en parte quedé suspendido en una parte del reducido pasillo.

Recibo un golpe leve con una maleta de una dama que busca extraerse del viaje. No veo su rostro, solo el color de su blusa guinda y su pantalón negro, no se disculpa, solo pasa adormilada rumbo a la puerta de salida.

Rostros serios, nadie conversa. El acompañamiento es casual. Caras largas y mochilas al hombro, unos bajan, otros suben.

Nadie habla… Todos seguimos la rutina de nuestro día a día. Persiguiendo cada quien sus sueños e ilusiones, en este mundo caótico que nos tocó vivir.

Me quedo con el canto de los chanates que alegres emiten sus cantos al pasar de rama en rama.

No sé si ellos entiendan de felicidad, pero a mí parecer, es lo que más se le asemeja. Ojalá y el ser humano siguiera su naturaleza y como ellos aprendiera a disfrutar de los amaneceres como ellos lo hacen, y pudiéramos cantar—o por lo menos dar nuestra mejor sonrisa- alegremente al inicio de cada día.

Ha llegado la hora de bajar, no llego aún a mi destino. La gente presurosa se dispersa en la Terminal Norte, se pierde entre andenes y pasillos.

El cúmulo de cuerpos, sueños y esperanzas se desgrana y jamás volverá a coincidir como esta mañana de jueves lo ha hecho.

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