Mirar hacia el Congreso: la cloaca donde se pudre la Democracia
Mar Roxo
En México seguimos mirando al lugar equivocado. Las culpas suelen cargarse al Ejecutivo, punta visible del iceberg, a quien se defiende con un discurso trillado, al no encontrar respuestas de la desastrosa herencia, a la figura desfigurada que aparece en las mañaneras. Pero el verdadero cáncer crece y se reproduce en otro sitio: el Congreso de la Unión, convertido en cuna de farsantes, vividores y oportunistas que legislan no para la Nación, sino para un grupúsculo mafioso que atiende órdenes de Andrés Manuel López Obrador y de unas cuantas familias que hoy se sienten dueñas de los destinos del país.
Lo que hoy domina el Congreso no es política: es servilismo. Es una industria de obediencia donde las votaciones se sincronizan como si se tratara de un rebaño entrenado. Los mismos que dicen odiar al viejo PRI —a ese partido que acusaron durante décadas como símbolo del autoritarismo y el dedazo— hoy lo evocan sin pudor, lo imitan, lo superan… y lo hacen con sonrisa en la boca. Algunos y algunas incluso presumen que se quedarán décadas en el poder, como si el país fuera una herencia familiar o un botín que se reparte entre ellos.
Basta ver sus perfiles para entender el desastre: Gerardo Fernández Noroña, que hizo carrera entre gritos, aventones y porras de pasillo; Ricardo Monreal, que aprendió el arte de acomodarse siempre donde más conviene; Adán Augusto López, mano operadora del lopezobradorismo más crudo; Luisa María Alcalde, hoy presidenta nacional de Morena, experta en obediencia partidista; Guadalupe Tadei, al frente de un INE convertido en agencia de colocación familiar, al servicio de ya sabes quién; y Rosa Icela Rodríguez, secretaria de Gobernación, cuya familiar con el macupano, obedece y trata de engañar a amplios sectores de la población que demandan justicia. Todos representantes de una clase política que jamás le ha pedido permiso al país para servirse con la cuchara grande.
Este Congreso no debate, no piensa, no duda: se impone con su súper mayoría anticonstitucional para obedecer a una sola persona y no es la presidente. Obedece cuando aprueba reformas que violentan el espíritu constitucional, y que además carecen de validez por ser producto de una violación flagrante al mismo constituyente. Obedece cuando desaparece organismos autónomos. Obedece cuando extiende privilegios. Obedece cuando destruye los contrapesos que sostienen a una democracia. Obedece con un amplio desconocimiento de lo que aprueba al levantar la mano. Prácticamente reciben sus bonos salariales millonarios por acudir y levantar la mano.
Obedece… aunque México se esté cayendo
a pedazos.
Y mientras la población se indigna, marcha, protesta y exige un país digno, el Congreso responde con desprecio. México ha gritado en las calles; ellos han levantado el dedo en silencio para votar exactamente lo contrario a lo que sus representados esperan.
Reflexión final
¿De verdad debemos dejar ir tan tranquilos a diputadas y diputados, senadores y senadoras, a celebrar las fiestas de fin de año con una dieta que no adelgaza: engorda? Mientras el país se hunde en carestía, ellos brindan con champaña legislativa, se reparten bonos, prestaciones y privilegios, y se aplauden por autorizar un miserable incremento al salario mínimo que apenas alcanza para una canasta básica rota.
La desconexión es obscena y grotesca: celebran como si fueran héroes del pueblo cuando en realidad son cómplices activos de su empobrecimiento no solo económico, sino moral y espiritual. No, no tendríamos que dejarlos ir así —entre luces, brindis y aguinaldos grotescos— mientras millones de mexicanos sobreviven con sueldos que ellos jamás aceptarían ni para su chofer.

Comparte nuestras notas: