Notas Principales

Carta del General Porfirio Díaz a la Presidenta Claudia Sheinbaum

C. Presidenta de los Estados Unidos Mexicanos, Claudia Sheinbaum Pardo:

Me han llegado noticias al otro mundo sobre sus recientes palabras durante el desfile del 20 de noviembre, donde describió mi gobierno como “un periodo de injusticia cotidiana”, “sumisión a los intereses de unos cuantos y de compañías extranjeras”, y advirtió que quienes rechazan su proyecto representan “el regreso del porfirismo”.

Déjeme responderle con franqueza, porque la historia no tolera discursos cómodos ni falsedades repetidas con aplomo.

Presidenta: quien acusa injusticia cotidiana mientras mantiene prácticas injustas, habla del espejo, no del pasado.

Usted afirma que en mi época hubo injusticia diaria. No negaré los errores de mi gobierno.

Pero tampoco permitiré que se use mi nombre para ocultar aquello que hoy ocurre a plena luz:

• jóvenes golpeados o perseguidos por protestar y levantar nuestro lábaro patrio
• ciudadanos intimidados por la autoridad,
• críticas descalificadas desde Palacio,
• opositores convertidos en “enemigos del pueblo”,
• periodistas atacados moralmente y legalmente desde el poder.

Presidenta, la injusticia cotidiana no es un concepto histórico: es una conducta que se practica… o se evita. Y hoy, por desgracia, se practica.

Habla usted de un gobierno al servicio de unos cuantos; revise alrededor antes de señalar a los muertos.

Me acusa de haber gobernado “para unos cuantos”. Y, sin embargo, alrededor suyo se agrupan:

• contratistas favorecidos,
• asesores con negocios vinculados al Estado,
• operadores políticos que se enriquecen,
• y estructuras partidistas que viven del presupuesto sin rendir cuentas.

¿Y qué decir de la élite política que convirtió la llamada transformación en un patrimonio propio?

Presidenta: la historia no distingue entre el Porfiriato y el favoritismo moderno.

A ambos los llama por su nombre: privilegio.

Sobre la sumisión a compañías extranjeras: quien entrega facultades a potencias actuales no está en posición de dar lecciones.

Me reprocha los acuerdos con empresas extranjeras. Olvida que sin inversión externa el país habría permanecido en ruinas después de décadas de guerra interna.

Pero hablemos del presente:

• dependencia energética creciente,
• megaproyectos entregados a intereses foráneos,
• y política exterior guiada por conveniencias ideológicas, no por soberanía.

No es prudente acusar servilismo a quien hace un siglo gobernó sin globalización, mientras se firman compromisos actuales que hipotecan el porvenir.

Dice que la “mano dura” es porfirista. Le recuerdo que quien llena las calles de granaderos no soy yo.

Usted declaró que los que hoy “reivindican la mano dura” quieren regresar al porfirismo.

Sin embargo:

• fueron sus fuerzas las que instalaron barricadas,
• fueron sus cuerpos policiales los que intimidaron a jóvenes que anunciaron una protesta pacífica,
• y fue su gobierno el que criminalizó a manifestantes antes de escucharlos.

Presidenta: la mano dura no se reivindica con discursos; se ejerce con órdenes.

Y esas órdenes no las doy yo.

“No conocen la historia de México”, dice usted. La pregunta es: ¿la conoce usted?

Acusa ignorancia histórica a quienes no comparten su proyecto. Pero para hablar de historia primero hay que entenderla.

La Revolución que me derrocó no eliminó el autoritarismo: lo multiplicó. Y fue la Constitución de 1917 —no mi renuncia— la que instauró un presidencialismo más fuerte que el mío.

Si porfirismo significa, para usted,

• estabilidad,
• desarrollo económico,
• y respeto a la investidura presidencial, entonces muchos de los que la escuchan tienen razones
para preguntarse qué modelo prefiere en realidad.

Presidenta Sheinbaum: sería prudente medir sus palabras. La historia no se obedece a consignas ni a mitos elaborados en campañas políticas. Yo llevo un siglo muerto: no puedo regresar.

Quienes sí pueden volverse tiranos —porque aún gobiernan— son aquellos que usan mi nombre para justificar abusos propios, que invocan luchas pasadas para no enfrentar los problemas presentes, y que llaman “pueblo” solo a quienes los aplauden.

Llámeme tirano si le es útil. Pero recuerde: la historia no compara discursos; compara hechos. Y en esa comparación, Presidenta, empieza a ser usted—no yo—quien más se acerca al modelo que tanto dice repudiar.

Atentamente,

Porfirio Díaz
General de la República
Presidente de México (1876–1911)

Nota editorial: El siguiente texto es una carta de interpretación histórica y literaria elaborada por la redacción. Su propósito es reflexionar, desde la voz simbólica de personajes fundamentales de México, sobre la actualidad política y social del país. No corresponde a documentos auténticos, sino a ejercicios de memoria crítica, análisis y creación periodística.

Comparte nuestras notas: