Carta de Octavio Paz a la Presidenta Claudia Sheinbaum
(Sobre su desencanto con la izquierda y el rumbo de la política mexicana)
Presidenta Claudia Sheinbaum:
Le escribo con la ambivalencia que acompañó siempre mis reflexiones sobre la izquierda. Yo nací en ella, la viví, la defendí. Vi en la justicia social una promesa y en la libertad una brújula. Pero también fui testigo —a veces incrédulo, a veces herido— de cómo la izquierda, en nombre de la virtud, podía repetir los vicios que decía combatir.
Mi desencanto no fue traición. Fue fidelidad a aquello que la izquierda olvidó: la libertad como centro y no como adorno.
Hoy observo a su gobierno y a la corriente política que lo sostiene. Veo en ellos aspiraciones legítimas, pero también sombras que conozco demasiado bien: la tentación de convertir la historia en tribunal, la política en liturgia, el poder en catecismo.
El siglo XX nos dejó una lección trágica: toda causa que se declara redentora puede convertirse en opresora. La izquierda no está exenta de ese peligro; al contrario, lo padece con especial intensidad.
He escuchado, Presidenta, el tono de superioridad moral con que algunos hablan en su nombre. Ese tono divide a los mexicanos entre iluminados y extraviados, fieles y herejes, hijos del pueblo y enemigos del pueblo. Pero una democracia verdadera no admite templos ni inquisiciones: admite preguntas. Admite dudas. Admite a quien disiente sin agraviarlo.
La izquierda mexicana —su izquierda— corre el riesgo de repetir el error que tantas veces denuncié: creer que el poder propio es inocente porque sus intenciones son nobles. Ningún poder es inocente.
La vigilancia ciudadana debe dirigirse también hacia quienes dicen gobernar por el bien del pueblo.
La justicia social es imprescindible, sí. Pero sin pluralismo se convierte en consigna; sin instituciones, en improvisación; sin crítica, en dogma.
El populismo —de derecha o de izquierda— es siempre el mismo: una simplificación del mundo que sustituye las ideas por lealtades, la crítica por aclamaciones, la ciudadanía por multitud.
México, Presidenta, no necesita multitudes: necesita ciudadanos.
No se gobierna escuchando sólo a los propios, sino creando un espacio donde el adversario deje de ser enemigo y vuelva a ser interlocutor. La reconciliación nacional no brota de repetir la palabra “unidad”, sino de renunciar a la tentación de poseer la verdad.
Usted ha recibido un país fatigado por la polarización. Tiene frente a sí la oportunidad histórica —una que muy pocos gobiernos han tenido— de separar a la izquierda mexicana del dogma, de devolverle su mejor tradición: la crítica, la autocrítica, la libertad, la imaginación política.
El Estado no debe ser el padre ni el maestro del pueblo: debe ser su servidor. Ni ogro, ni taumaturgo: una obra humana, falible, corregible.
Si la izquierda del futuro quiere ser diferente, deberá comenzar por renunciar a la arrogancia de creerse depositaria del bien. Esa fue la arrogancia que la derrotó en el siglo pasado. Esa arrogancia, si no se reconoce, volverá a derrotarla.
Le deseo acierto, pero sobre todo le deseo claridad, esa forma de lucidez que obliga a mirar la propia sombra.
Con respeto y con la inquietud que siempre acompaña a la libertad,
Octavio Paz
Nota editorial
El siguiente texto es una carta de interpretación histórica y literaria elaborada por la redacción. Su propósito es reflexionar, desde la voz simbólica de personajes fundamentales de México, sobre la actualidad política y social del país. No corresponde a documentos auténticos, sino a ejercicios de memoria crítica, análisis y creación periodística.

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