Notas Principales

Claudia Sheinbaum: candil de la calle, oscuridad de la casa llamada México

Por Mar Roxo

Mientras el Senado de la República le da la estocada al campo mexicano aprobando la Ley Nacional de Aguas, y los agricultores toman carreteras y cierras vías de acceso en el país. La presidenta de México, Claudia Sheinbaum Pardo, sonríe, viaja, se pavonea y se deja fotografiar radiante en el extranjero. Allá afuera, en Estados Unidos, presume diplomacia, cordialidad y buena voluntad; se reúne con Donald Trump para hablar del Mundial que se celebrará el próximo año en México, Estados Unidos y Canadá, y sostiene encuentros con grupos de mexicanas y mexicanos que viven del otro lado de la frontera, donde los dólares suavizan la vida.

Pero aquí, en México —su propia casa, la que juró gobernar y escuchar—, la sonrisa se le borra.

Aquí no hay sonrisas para los sectores golpeados por sus políticas, ni tiempo para escuchar a los agricultores, a los transportistas, a los trabajadores despedidos, a los jóvenes reprimidos, a las víctimas del crimen organizado o a los profesionales de la salud que señalan el deterioro del sistema. Aquí, la puerta está cerrada. Aquí no hay audiencia, ni diálogo, ni voluntad.

Mientras en el extranjero presume cercanía con los mexicanos migrantes, en el país evita recibir a grupos representativos que exigen ser escuchados. Y mientras en Washington posa con aplomo, en México gobierna desde el silencio, delegando todo en un Congreso de la Unión convertido en simple servidumbre legislativa, presto a aprobar sin cuestionar cada instrucción de Palacio Nacional.

Afuera, Sheinbaum es candil de la calle: luminosa, diplomática, sonriente.

Adentro, para México, es oscuridad: distante, ausente y sin la mínima autocrítica frente a las consecuencias de sus decisiones.

Porque si algo queda claro es que el brillo internacional de una presidenta no sirve de nada si, al cruzar la frontera, deja a su propio país en la oscuridad.

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