La democratización de la estupidez
Por Mar Roxo
Dietrich Bonhoeffer advirtió que la estupidez no era un defecto intelectual, sino una falla moral: no surge por falta de inteligencia, sino por la renuncia a pensar cuando se forma parte de una masa. El estúpido, decía, no actúa por sí mismo; recita lo que otros le dictan, incapaz de cuestionar. Y lo más peligroso: se vuelve inmune a la razón.
En el siglo XXI, esa masa ya no necesita plazas ni líderes visibles. Las redes sociales han democratizado la estupidez: cualquiera puede difundir ideas sin fundamento, repetir consignas, indignarse a pedido o convertirse en eco de lo que no comprende. Y lo hace con velocidad, con alcance global, con la ilusión de participación que en realidad es simple reacción.
La política se vuelve espectáculo y la ciudadanía, audiencia. La apatía se disfraza de ironía; el desinterés, de neutralidad moral. Mientras tanto, los discursos más estridentes encuentran terreno fértil en una sociedad adormecida por pantallas, donde la emoción desplaza a la reflexión y donde se confunde información con verdad.
Lo que Bonhoeffer observó en contextos totalitarios —la obediencia automática, el seguidismo, la renuncia al pensamiento crítico— hoy se reproduce digitalmente. No hace falta una dictadura para anular el juicio individual; basta un algoritmo que premia lo fácil y castiga lo complejo.
La advertencia de Bonhoeffer sigue vigente: cuando dejamos de pensar por nosotros mismos, cuando permitimos que otros definan lo que creemos, sentimos o compartimos, dejamos de ser ciudadanos y nos convertimos en instrumentos.
Lo vimos ayer, México es el mejor ejemplo de esa democratización de la estupidez, miles de personas asisten a un ritual, convocados por un régimen que los utiliza, los reduce a simples elementos ornamentales para la fotografía, mostrando un poder ficticio. Sonríen, levantan banderas, gritan sin conciencia de sus actos, repitiendo una a una las consignas de una transformación que nunca ha llegado, ni llegará.
En un país que ellos sufren en carne propia, pero que se niegan a reconocer, esperando bimensualmente llegar a ser parte de filas humanas que desde antes que despunte el sol recibirán las migajas del sistema, arrojadas por un aparato frío de metal que escupe las dadivas del poder, que no alcanzaran más que tapar las carencias de un pueblo sumergido en la mediocridad y la estupidez.
Frente a una era que premia la superficialidad, ejercer el pensamiento crítico es un acto de resistencia. Porque la estupidez, como dijo Bonhoeffer, no se combate con datos ni con burlas, sino con valor, lucidez ética y la voluntad de no entregar nuestra mente al ruido de la multitud.
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