Notas Principales

Carta de Rosario Castellanos a la Presidenta Claudia Sheinbaum Pardo sobre la Nueva Escuela Mexicana

Presidenta Sheinbaum:

Me dirijo a usted desde ese lugar donde habitan quienes dedicaron su vida a pensar México, no como eslogan sino como problema; no como discurso sino como herida y posibilidad. Y lo hago porque he sabido -la palabra viaja incluso hasta donde ya no estamos- de esa reforma a la que llaman Nueva Escuela Mexicana, y no puedo permanecer en silencio.

Yo, que fui maestra antes que escritora, que caminé por escuelas rurales donde los niños aprendían a leer con el hambre mordiéndoles el estómago, que vi cómo la educación puede ser promesa o farsa, tengo algunas cosas que decirle sobre esta transformación que su gobierno ha heredado y ahora defiende.

La educación no se decreta, se construye

Su administración ha lanzado la Nueva Escuela Mexicana con toda la fanfarria del poder: discursos, reformas constitucionales, nuevos libros de texto, principios rimbombantes. Hablan de «formación integral», de «identidad con México», de «responsabilidad ciudadana». Palabras hermosas. Pero yo aprendí, Presidenta, que en educación las palabras hermosas sin acciones concretas son la peor forma de cinismo.

¿Sabe usted cuántos maestros me han dicho -porque sí, todavía me buscan, todavía me leen- que no entienden la Nueva Escuela Mexicana? Setenta por ciento, según los estudios. Setenta por ciento de los profesores que deben aplicar su reforma no la comprenden, no fueron capacitados, no tienen los recursos, no saben cómo traducir esos principios grandilocuentes en lecciones diarias para niños que muchas veces no tienen ni un plato de comida seguro al día.

Eso no es reforma educativa. Eso es imposición burocrática disfrazada de progreso.

Los libros de texto: ideología disfrazada de pedagogía

He revisado -con la misma minuciosidad con que leía los textos escolares cuando era maestra- los nuevos libros de texto gratuitos que su gobierno distribuye con tanto orgullo. Y permítame decirle, Presidenta, que me han llenado de preocupación.

La educación no debe formar militantes: debe formar ciudadanos críticos. Y hay una diferencia abismal entre enseñar a pensar y enseñar qué pensar. Sus libros de texto han cruzado esa línea.

¿Por qué un libro de educación básica debe estar cargado con la visión ideológica de un gobierno en particular? ¿Por qué los niños mexicanos deben aprender la historia según la narrativa oficial del momento, en lugar de aprender a cuestionar todas las narrativas, incluida la que usted defiende?

Yo escribí sobre la condición de la mujer en México, sobre los pueblos indígenas, sobre la injusticia y la opresión. Pero nunca pretendí que mis textos fueran catecismo. La literatura, como la educación, debe abrir preguntas, no cerrar respuestas.

Sus libros cierran. Sentencian. Adoctrinan.

Y eso, Presidenta, no es educar: es manipular.

La falsa inclusión que excluye lo esencial

La Nueva Escuela Mexicana se vanagloria de ser «inclusiva», de atender la diversidad, de respetar las diferencias. Todo eso está muy bien. Pero mientras su gobierno celebra el lenguaje inclusivo y los discursos sobre equidad de género, ha olvidado lo más elemental: enseñar a leer, escribir y pensar con rigor.

Los maestros reportan que los nuevos materiales son escasos en matemáticas y comprensión lectora. Que hay demasiada teoría y pocos ejercicios. Que los contenidos suenan bonitos pero no enseñan.

¿De qué sirve que un niño aprenda sobre «identidad de género» si no puede leer un texto complejo? ¿De qué sirve hablar de «transformación social» si ese mismo niño no sabe hacer una operación básica o comprender un argumento?

La inclusión verdadera, Presidenta, empieza por darles a todos los niños -sin distinción de origen, clase o territorio- las herramientas intelectuales para ser libres. Y la libertad intelectual se construye con lenguaje, con pensamiento lógico, con capacidad de análisis. No con consignas.

El olvido del maestro: el error más grave

Usted habla de «revalorizar» al maestro. Pero revalorizar no es solo dar un discurso o cambiar el nombre de una ley. Revalorizar es pagar salarios dignos, reducir la carga administrativa que ahoga a los docentes, capacitarlos realmente -no solo con talleres de dos horas-, dotarlos de materiales, de infraestructura, de respeto.

Los maestros mexicanos están cansados. Cansados de que cada sexenio llegue con su «transformación educativa». Cansados de ser tratados como operadores de programas que no diseñaron, que no comprenden y que no tienen los recursos para implementar.

Yo fui maestra, Presidenta. Sé lo que es pararse frente a treinta niños y sentir que el Estado te ha abandonado. Que tienes todo el peso de la esperanza de esas familias, pero ningún apoyo real para cumplir.

La Nueva Escuela Mexicana no ha cambiado eso. Solo ha añadido más burocracia, más confusión, más frustración.

La educación como campo de batalla ideológica

Lo que más me preocupa de su reforma, Presidenta, no son los errores técnicos -esos se pueden corregir-. Lo que me preocupa es la intención de fondo: convertir la escuela en trinchera política.
La educación debe estar por encima de los gobiernos. Debe ser patrimonio de la nación, no de un partido. Debe formar mexicanos, no partidarios.

Cuando un gobierno -del color que sea- utiliza la educación para imponer su visión del mundo, está traicionando el principio fundamental de la escuela pública: ser espacio de encuentro, de diversidad de ideas, de formación de criterio propio.

La Nueva Escuela Mexicana no es neutral. Y eso, Presidenta, es su mayor defecto.

Lo que México necesita (y lo que usted está ignorando)

México no necesita otra reforma educativa cargada de retórica. Necesita…

Maestros bien pagados, capacitados y respetados. No discursos de revalorización, sino salarios dignos y condiciones laborales decentes.

Contenidos educativos rigurosos y universales. Matemáticas, lengua, ciencias, historia. No ideología. No adoctrinamiento. Conocimiento que les permita a los niños pensar por sí mismos.

Infraestructura educativa digna. Escuelas con baños, con luz, con internet. No solo en las ciudades, sino en cada rincón del país.

Libros de texto elaborados por pedagogos, no por ideólogos. Materiales que enseñen, que formen, que abran la mente. No que la cierren.

Evaluación honesta del sistema educativo. Sin triunfalismos, sin propaganda. Saber qué funciona y qué no, y corregir con humildad.

Nada de esto requiere de una «nueva escuela». Requiere de voluntad política, de inversión real, de dejar de usar la educación como bandera y empezar a tratarla como lo que es: el único camino posible hacia un México más justo.

Presidenta…

Le pido que reconsidere esta reforma. Que escuche a los maestros, que son quienes realmente saben lo que ocurre en las aulas. Que deje de pensar la educación como proyecto político y empiece a pensarla como proyecto de nación.

Que se atreva a poner el conocimiento por encima de la ideología. Que tenga el valor de decir: «Nos equivocamos. Volvamos a lo esencial.»

Yo dediqué mi vida a la educación y a las letras porque creí -y sigo creyendo- que la palabra es el arma más poderosa contra la injusticia. Pero la palabra educada, la palabra crítica, la palabra libre.

La Nueva Escuela Mexicana no está formando esa palabra. Está formando el eco de un discurso oficial.

Y eso, Presidenta, no es educar. Es silenciar.

México merece más. Sus niños merecen más. Los maestros merecen más.

Rectifique antes de que sea demasiado tarde. La historia no perdona a quienes usaron la educación como herramienta de control.

Con la firmeza de quien no se cansa de defender la inteligencia,
Rosario Castellanos

Maestra, escritora, defensora de la razón
Nota editorial
El siguiente texto es una carta de interpretación histórica y literaria elaborada por la redacción. Su propósito es reflexionar, desde la voz simbólica de personajes fundamentales de México, sobre la actualidad política y social del país. No corresponde a documentos auténticos, sino a ejercicios de memoria crítica, análisis y creación periodística.
¿Quién fue Rosario Castellanos?
Rosario Castellanos (1925-1974) fue una de las escritoras e intelectuales más importantes de México en el siglo XX. Poeta, narradora, ensayista y diplomática, dedicó su vida a la reflexión sobre la condición de la mujer, los pueblos indígenas y las estructuras de poder en México. Fue maestra en escuelas rurales y profesora universitaria. Entre sus obras más conocidas están Balún Canán, Oficio de tinieblas, Mujer que sabe latín y el poemario Poesía no eres tú. Su pensamiento crítico, su compromiso social y su defensa de la educación como herramienta de liberación la convierten en una voz imprescindible para pensar México.

Comparte nuestras notas: