Notas Principales

Del dinero soberano al dinero disciplinario: Foucault, México y el euro digital

Por Mar Roxo

La historia de la moneda es, en realidad, la historia del poder aprendiendo a administrarse, controlar y reprimir mejor.

Cuando en el siglo VII antes de nuestra era el Reino de Lidia acuñó las primeras monedas metálicas, no sólo resolvió un problema económico: inauguró una forma de gobierno. La moneda permitió medir el valor, cobrar tributos, pagar ejércitos y, sobre todo, establecer una relación directa entre el soberano y la vida cotidiana de los súbditos. Desde entonces, el dinero fue una extensión del poder político.

Durante siglos, la moneda física —metal y luego papel— funcionó como un instrumento de autoridad, sí, pero con un límite fundamental: no lo veía todo. El efectivo circulaba fuera del registro total. Permitía zonas de sombra, márgenes de autonomía, espacios donde el poder no alcanzaba a contar, clasificar o corregir.

Hoy, ese límite está desapareciendo.

Michel Foucault advirtió que el poder moderno ya no se ejerce principalmente mediante la violencia visible, sino a través de mecanismos de vigilancia, normalización y disciplina. El castigo ya no necesita del espectáculo; basta con el control continuo. En palabras foucaultianas, el poder más eficaz es aquel que se vuelve invisible y permanente. La moneda digital encaja con precisión inquietante en esta lógica.

No es sólo dinero electrónico. Es un dispositivo biopolítico. Registra hábitos, perfila conductas, clasifica individuos, anticipa riesgos. Permite intervenir no después del delito, sino antes del desvío. El castigo deja de ser excepcional y se convierte en administración cotidiana.
En este punto, el dinero deja de ser únicamente medio de intercambio y se transforma en tecnología de gobierno.

La Unión Europea está a punto de lanzar el euro digital bajo el discurso de la modernización, la eficiencia y la soberanía financiera frente a actores privados. Se promete que habrá límites, que se respetará la privacidad, que no será un instrumento de control. Pero la historia del poder enseña una lección constante: toda capacidad técnica termina siendo utilizada.

Foucault lo habría formulado sin rodeos: no importa la intención inicial, sino la estructura que se crea. Un sistema que permite rastrear cada transacción también permite excluir, condicionar, castigar. Hoy se dice que no se hará; mañana bastará una crisis, una emergencia o un “bien común” redefinido.

México observa este proceso desde una posición ambigua. Por un lado, se impulsa la digitalización financiera en nombre de la inclusión y la eficiencia; por otro, se reduce progresivamente el uso del efectivo y se normaliza la bancarización obligatoria para acceder a derechos, apoyos o servicios. El dinero comienza a funcionar como credencial moral: quien no se ajusta al sistema queda fuera.
Aquí aparece con claridad la lógica disciplinaria: no se prohíbe directamente, se condiciona, no se castiga abiertamente, se bloquea. no se reprime, se administra.

Foucault explicó que el poder moderno no necesita cárceles masivas si puede regular conductas desde los circuitos cotidianos. La moneda digital ofrece justamente eso: un panóptico financiero donde cada acto económico es visible, evaluable y corregible.

El tránsito de la moneda física a la digital no es neutro. Es un cambio de régimen. El dinero deja de pertenecer al individuo y pasa a ser un permiso revocable otorgado por la autoridad. Ya no se posee: se accede bajo condiciones.

En Europa, el euro digital promete estabilidad; en México, la digitalización promete inclusión. Pero en ambos casos se consolida la misma arquitectura: un poder que no sólo gobierna territorios, sino comportamientos.

La moneda nació para facilitar el intercambio. Hoy amenaza con convertirse en el instrumento perfecto de la obediencia.

Foucault nos recordó que el problema no es el control en sí, sino su naturalización. Cuando la vigilancia se vuelve costumbre, deja de percibirse como violencia. Y cuando el castigo se vuelve técnico, deja de parecer castigo.

Quizá el mayor riesgo no sea la desaparición del billete, sino la desaparición de la pregunta: ¿quién controla a quien controla el dinero?

Porque cuando el poder puede ver cada transacción, pronto querrá decidir quiénes merecen existir.

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