Utopías económicas que llevan al desastre
Si bien es cierto, en la administración de Claudia Sheinbaum, la inflación acumulada en los 15 meses que lleva en el poder, es más o menos la misma que la acumulada en los gobiernos de Felipe Calderón y Enrique Peña Nieto.
Esto significa la continuidad de un proceso de encarecimiento de la vida que ya pesa sobre las personas, en un binomio paradójico de neoliberalismo y 4T.
La administración de Andrés Manuel López Obrador está por encima de estas administraciones analizadas, cuando menos 4 décimas de punto, rebasando los cinco puntos porcentuales mensuales a tasa anual de crecimiento.
Esto indica que es necesario adoptar medidas que reduzcan dicho proceso inflacionario, pero desafortunadamente las políticas adoptadas por la administración federal parecen no cambiar de rumbo.
Hay subsidios casi por 1 billón de pesos anuales que son una redistribución de la riqueza, pero que no significan inversión productiva, sino que en su mayoría son tendientes al consumo.
Las millones de personas que reciben esos dineros corren a gastarlo para satisfacer necesidades elementales como alimentación, vestido y muchos de ellos para otro tipo de gastos, también de de consumo, pero que no son de primera necesidad.
Todo ese dinero es un excedente y como tal está generando proceso inflacionario.
La 4T considera que esto es falso, como también piensa que es mentira que el aumento al salario de la manera en que ocurrió sin estar atado a una fase productiva, contribuye ineludiblemente al proceso inflacionario.
Ha sido insistente la presidenta desde que asumió el poder, siguiendo el discurso de Andrés Manuel, en pretender haber derrotado la ley económica que castiga el excedente de dinero por su intervención en el proceso de encarecimiento de los precios.
Esa es la defensa de la 4T, una posición ideológica a contrapelo de la ciencia económica que se ha construido desde que el hombre empezó a organizarse en sociedad.
Veremos adonde nos lleva esa decisión utópica, cuando ya el banco de México ha presentado los billetes de 2,000 pesos, y no estamos lejos de empezar a observar los de 10,000 o 50,000 pesos. En Venezuela hay que llevar toneladas de dinero para comprar cualquier producto básico.
No tardamos en estar igual.
Con un ingrediente adicional, a la inflación agreguemos la deuda del país que ha superado el 50 del Producto Interno Bruto, castigando la inversión productiva en salud, educación, comunicaciones y un largo etcétera.
La inflación y ese castigo a la inversión terminan comiéndose ese billón de pesos distribuido directamente, sin que las personas se den por enteradas.
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