Notas Principales

El alma infantil un territorio sagrado de maleabilidad

Por Mar Roxo

Desde el invierno de su vida, Platón nos legó en Las Leyes no solo un tratado jurídico, sino un grito de advertencia que resuena con una vigencia aterradora en nuestro presente. Para el filósofo, la educación no era un trámite burocrático ni una simple capacitación técnica para el mercado laboral; era, en esencia, la arquitectura misma de la libertad. Educamos para que el niño aprenda a amar lo que debe ser amado y a rechazar lo que degrada la condición humana.

La tragedia moderna radica en que hemos olvidado que el alma infantil es un territorio sagrado de maleabilidad. Platón sostenía que la instrucción debe abrazar todas las disciplinas que convienen a un hombre libre: la gimnasia para templar el carácter, la música para armonizar las pasiones y las matemáticas para elevar el pensamiento hacia la verdad. No son lujos; son herramientas de resistencia. Un hombre que solo sabe obedecer un oficio, pero ignora la armonía del arte o el rigor de la lógica, es un hombre a medias, un ciudadano a merced del demagogo.

Observamos hoy, con una mezcla de indignación y esperanza, cómo se pretende reducir la enseñanza a un utilitarismo vacío. Hay un abandono ético que nos duele profundamente. Se nos dice que el éxito es la acumulación, mientras la dignidad y la conciencia se marchitan en aulas que parecen fábricas de piezas reemplazables. Al despojar a los niños de una educación integral, les estamos arrebatando su derecho a la soberanía personal. Les estamos quitando la fe en su propia capacidad de discernir entre lo justo y lo conveniente.

Instruir en la virtud es el acto de patriotismo más reflexivo que existe. Si no formamos ciudadanos capaces de gobernarse a sí mismos, ninguna ley, por perfecta que sea, podrá sostener el peso de una nación. La educación debe volver a ser ese puente hacia lo trascendente, esa luz que disipe la oscuridad de la corrupción y el cinismo que empañan nuestra realidad.

El reto no es solo pedagógico, sino moral. El niño que hoy juega y aprende es la única promesa real de un futuro donde la justicia no sea un concepto abstracto, sino una práctica cotidiana. Si fallamos en instruirlos en la libertad, estaremos condenándolos a una servidumbre disfrazada de progreso.

En la conciencia y en el juicio de la historia están quienes dictan el modelo educativo mexicano. Sin embargo esta en primera instancia en los padres de esos niños que acuden a las aulas a forjarse la responsabilidad de exigir que sus hijos sean formados en los valores fundamentales y en las disciplinas que les permitan ser hombres y mujeres de bien en el futuro, no seres frustrados y confundidos que el día de mañana no encuentren sentido a sus vidas, ¿por qué que es el ser humano? Sino un ser en busca de sentido como bien lo afirma en su obra Viktor E. Frankl.

Un pueblo sin educación integral es un pueblo sin destino.

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