La lucha se decide con base, ángulos y palancas, no con orgullo: El Santo
«El Santo» fue desafiado por el campeón de 100 kg de la WWE, y apenas 30 segundos después ya no pudieron escuchar ningún sonido de su parte…
12 de octubre de 1963, Arena México. En el cartel, una frase que nadie creía ver escrita. 100 kg contra una máscara, solo rendición, sin golpes. A las 7 de la tarde, la fila ya rodeaba la manzana y dentro olía a tabaco, perfume barato y esa mezcla de nervio y fiesta que solo nace cuando la ciudad siente que algo va a pasar de verdad.
La empresa lo vendió como choque de mundos, una noche especial dentro de EML, exhibición estricta de su misión, sin puñetazos, sin patadas, sin castigos de espectáculo. El morbo estaba servido por un contraste que la prensa repetía como martillo. Santo, 175 cm, 75 kg, El ídolo Máximo, Máscara Brillante, Pasos tranquilos, fama de no necesitar teatro.
Contra una campeona estadounidense de WWE, Roxan Iron Widow, Caldwell, 29 años, 183 cm, 100 kg. [música] Invicta durante 4 años. Roxan había aterrizado en la ciudad de México dos días antes con un séquito mínimo y una sonrisa de quien viene a cobrar una humillación pública. La recibieron fotógrafos en el aeropuerto, micrófonos pegados [música] a la cara y ella no perdió el tiempo en ser agradable.
En una entrevista habló de su infancia en una granja, de cargar pacas, de mover ganado, de aprender fuerza antes que modales, en sus expresiones no dejaba de calificar que los luchadores mexicanos eran peleadores de película, que su técnica era puro baile, que ella había forcejeado con toros más grandes que cualquiera en esa arena.
Cuando le preguntaron por el santo, soltó una risa corta y seca. Yo no peleo con símbolos, yo aplasto cuerpos y ese es un actor con máscara. Luego levantó los brazos como si cargara invisible peso y mostró su movimiento estrella «el Widow B Squeez» con presión de torso, abrazo aplastante, presión de costillas contra costillas.
Juró que había dejado rivales sin aire, con el pecho adolorido, con semanas de recuperación. La frase final se la guardó como cuchillo. Lo voy a apretar como a un La nota llegó a los puestos de periódico antes del mediodía. Un recorte doblado pasó de mano en mano en cafeterías, talleres, camiones. En un set de filmación entre cables y reflectores.
Alguien se lo acercó a el santo sin decir mucho, como quien entrega una ofensa y se aparta. Él lo leyó completo, sin gestos. No rompió el papel, no comentó la burla. solo alzó la vista y pidió que le consiguieran al promotor ahí mismo, sin drama. El santo estaba en la capital por compromisos de cine y función. Había aprendido a no reaccionar como esperaban los demás, pero tampoco era de dejar que le escupieran el oficio en la cara.
Cuando habló con el promotor, no pidió revancha ni insultó, puso condiciones. Su misión real, sin golpes, un referi serio, sin compromisos y la bolsa del combate a una causa aquí local, nada de circo. Que sea responsabilidad. El promotor dudó un segundo. Había dinero en esa noche, pero también riesgo.
El ídolo enmascarado contra una extranjera enorme con fama de dominadora. Si salía mal, la historia se volvía contra todos, pero el rumor ya corría, la prensa ya olía sangre y negar el evento era perder la ola. Aceptó. Los boletos se agotaron como si regalaran el aire. David contra Goliat, tituló un diario.
La máscara sagrada contra la campeona extranjera gritó otro. Había quien iba por patriotismo y quien iba por ver caer una leyenda. En las cantinas se apostaban pesos. En los pasillos de Arena México, los vendedores de máscaras ya tenían el negocio hecho. El pesaje lo montaron en un hotel del centro con báscula, fondo de lona y cámaras apretadas como sardinas.
Roxan llegó primero. No caminaba. Avanzaba como un muro en movimiento. Brazos gruesos, hombros altos, mirada de hoy trabajo. Se paró frente al número de la báscula y sonrió cuando marcó 100. 100 kg de rendición. dijo despacio para que todos la repitieran. El santo apareció sin escolta ostentosa. Traje simple, máscara puesta, brillo limpio.
No miró a las cámaras como quien se alimenta de ellas. Miró a la gente como quien mide el ambiente. Se subió a la báscula. 75. Hubo risitas nerviosas. Alguien murmuró. Se lo va a comer. Roxan se inclinó apenas hacia él con esa cercanía como una amenaza disfrazada de foto. Te voy a doblar como pretzel. Soltó para que el micrófono lo captara.
El santo no se movió. Su voz salió pareja, sin altura, sin ruido. El peso es un dato, dijo. La lucha se decide con base, ángulos y palancas, no con orgullo. El fotógrafo pidió la mano. Se la dieron. El contraste fue brutal. Ella parecía una pared, él un símbolo. Y en esa mano apretada había algo que la prensa no pudo escribir bien.
En Contexto Norte Mx compartimos está extraordinaria crónica difundida en redes sociales, no aparece autor, pero quién la haya escrito inmortalizó ese encuentro de titanes antes de subir a ring.

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