Cuando no le llueve, le llovizna
Por Mar Roxo
A la presidenta Claudia Sheinbaum no le da tregua la realidad. Cuando parece que deja atrás el escándalo de Adán Augusto —el hermano incómodo del macuspano—, la política mexicana le vuelve a recordar que en la 4T los problemas no se resuelven, se acumulan. Esta vez, el truene vino desde Tequila. Sí, Tequila, el municipio, no la bebida.
El alcalde, homónimo del célebre pintor guanajuatense, resultó tener una vena menos artística y más criminal. A él, a su jefe de policía y otros exfuncionarios les gustaba extorsionar, intimidar y gobernar por medio del miedo a sus propios ciudadanos. Hoy, el personaje ya no posa para campañas: está recluido en el Altiplano, ese hotel de cinco estrellas para la corrupción disfrazada de transformación.
En medio del vendaval, apareció un video en que siendo candidata, la presidenta aparece pidiendo el voto para Diego Rivera, el candidato. Y aquí conviene ser justos —aunque no indulgentes—: como bien apunta Ciro Gómez Leyva, una candidata en campaña hace lo que cualquier candidata o candidato hace: pedir votos por los suyos. No se le puede endosar directamente la conducta del hoy preso alcalde.
Pero se deben dejar en claro las cosas: alguien de Morena lo postuló. Y esos “alguien” están en la dirigencia nacional y local del partido guinda. Ahí sí hay responsabilidad política, moral y estructural.
Tal vez, como en los rituales del México prehispánico que tanto se invocan, el Tlatoani deba ofrecer sacrificios. No discursos. No deslindes. Sacrificios reales: nombres, cargos y consecuencias. Necesita derramarse sangre para que exista la purificación del movimiento y con ello la redención.
Y como si el guión necesitara un giro más grotesco, llega la escena del aniversario 109 de la Constitución de 1917. La presidenta proclama, firme, que México no se dobla ni se arrodilla ante nadie. Hermosa frase. Lástima que, casi al mismo tiempo, la realidad se encargara de desmentirla.
Afuera del recinto, unos minutos antes, el ministro presidente de la Suprema Corte permanecía erguido —muy digno— mientras sus empleados se arrodillaban para limpiarle los zapatos. Literalmente. La coordinadora de Comunicación Social, “mujer con a”, doblada. Otro empleado, esmerado, cumpliendo la talacha. El ministro apenas acomodaba el calzado, como quien supervisa un servicio contratado.
Después vino la coartada: que si fue café, que si fue nata, que si él pidió que no lo hicieran. Pero el video no miente. El poder, cuando se siente intocable, no necesita explicación.
Triste postal la de Hugo Aguilar. Ministro de raíces indígenas, símbolo presumido de inclusión, pero con prácticas de hacienda vieja y gusto por camionetas Cherokee. Muy revolucionario el discurso. Muy colonial el gesto.
Así funciona la paradoja de la 4T: mientras se ufanan de no doblarse ante otras naciones, aquí adentro siguen doblando a los suyos. Y eso, ni con incienso, ni con mirra, ni con discursos se limpia. Así el discurso de la presidente con “A” de mujer solo queda en palabras que se las lleva el viento. Mr. Trump pronto volverá a doblar y arrodillar a quien dirige lo que queda de este país de la transformación.

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