Carta de José Fuentes Mares a la Presidenta Claudia Sheinbaum
Sobre el campo, el agua y los mares perdidos de México
A la C. Presidenta de los Estados Unidos Mexicanos, Claudia Sheinbaum Pardo
Presidenta:
Le escribo desde la tierra donde el polvo y la memoria se confunden, donde los hombres —cansados ya de pedir explicaciones al poder— conversan con el viento.
Desde ese norte ingrato, hospitalario a ratos, cruel a menudo, pero siempre honrado, quiero hablarle del campo mexicano, ese viejo gigante al que se le exige todo y se le concede casi nada.
Hace años relaté una escena que siempre me ha perseguido. Caminaba yo el desierto y encontré a un anciano llamado Don Pancho sentado en una roca. Le pregunté qué hacía allí, tan solo, en la inmensidad del páramo.
Él me respondió: “Pos yo aquí navegando”
Navegar el desierto es cosa seria. Es aceptar que estas tierras fueron mares y que sus habitantes —campesinos, ganaderos, agricultores, hombres duros y mujeres de temple— siguen viviendo con la dignidad de quien no tiene más brújula que la esperanza.
Hoy, Presidenta, ese navegante sería imposible. No porque el desierto haya cambiado, sino porque México ha dejado de ver a sus campesinos, a sus agricultores, a sus norteños, a los que trabajan la tierra como quien reza.
El campo que resiste y el gobierno que no escucha
México vive hoy una paradoja dolorosa: el campo alimenta a la nación, pero la nación lo deja morir de sed, de deudas y de abandono.
Los agricultores miran los precios de garantía que nunca alcanzan, las semillas que encarecen, el diesel que sube, el crédito que se niega, y el gobierno que presume ayudas que no llegan a donde se siembra, sino a donde conviene políticamente.
El trabajo del campo no admite propaganda. La tierra es una maestra antigua que no entiende de mañaneras.
El agua: pleito de todos, responsabilidad de nadie
La nueva Ley de Aguas —como tantas otras— parece escrita desde el trazo cómodo del escritorio capitalino y no desde la realidad del surco, del jagüey y del pozo que se seca.
El norte de México vive con el agua como viven los enamorados viejos: deseándola, temiéndola, agradeciéndola cuando llega y maldiciéndola cuando falta.
El campo no exige milagros, Presidenta. Exige justicia, distribución equitativa, reglas claras, respeto al esfuerzo de quienes siembran en un país donde sembrar es un acto de fe.
Pero la respuesta suele ser indiferencia burocrática… o fuerza pública. Como si la sequía fuera un delito y no una desgracia.
México siempre vuelve al desierto
Decía yo en aquel libro que México, cuando todo falla, se refugia en el desierto.
No por aridez, sino por memoria.
En el desierto uno aprende que el país es más grande que los gobiernos, que la historia es más honda que cualquier plan sexenal, y que los campesinos —los que de verdad siembran— merecen más que discursos sobre “soberanía alimentaria”.
Merecen agua.
Merecen precios justos.
Merecen que la política no convierta su tragedia en estadísticas.
Presidenta: escuchar al campo es escuchar a la nación.
No son los agricultores quienes ponen en riesgo la estabilidad del país: es el abandono sistemático de su trabajo, el desprecio administrativo, la sospecha permanente sobre quienes sólo quieren trabajar su tierra sin convertirse en mendigos del Estado.
Los hombres del campo no piden privilegios; piden que el gobierno no les estorbe y que la ley no los aplaste.
Presidenta:
Cuando un campesino, un ganadero, un agricultor tiene que marchar a la capital para suplicar agua o justicia, es que el país ha perdido el rumbo.
Cuando al navegante del desierto se le niega el mar que un día existió bajo sus pies, es que la nación ha olvidado sus raíces más hondas.
México no será nunca más grande que su campo. Y el gobierno que olvida al campo, termina gobernando un espejismo.
Con la cortesía del desierto —que no perdona, pero enseña— y con la voz de quien aún navega en sus silencios.
José Fuentes Mares
Filósofo, historiador y profesor universitario
Nota editorial
El siguiente texto es una carta de interpretación histórica y literaria elaborada por la redacción. Su propósito es reflexionar, desde la voz simbólica de personajes fundamentales de México, sobre la actualidad política y social del país. No corresponde a documentos auténticos, sino a ejercicios de memoria crítica, análisis y creación periodística.

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