Carta de Josefa Ortiz de Domínguez a la Presidenta Claudia Sheinbaum Pardo
Presidenta Sheinbaum:
Me dirijo a usted desde ese lugar donde habitan quienes dieron su vida y su nombre por México, no para reclamar honores, sino para defender la verdad de lo que fuimos.
He sabido -porque la historia tiene maneras de llegar hasta quienes la hicieron- que su gobierno ha decidido borrar de mi nombre el apellido que elegí llevar cuando me casé con Miguel Domínguez.
Según su decisión, ahora debo llamarme Josefa Ortiz Téllez-Girón, como si aquel «de Domínguez» hubiera sido una cadena y no parte de mi identidad, de mi estrategia y de mi historia.
Permítame decirle, Presidenta, con el mismo arrojo con que conspiré por la Independencia: usted no tiene derecho a corregir lo que escribí con gran convicción durante mi vida.
No fui una mujer sometida ni anulada por el matrimonio. Fui esposa de Miguel Domínguez por elección, por amor y por convicción. Aquel apellido no me borró: me posicionó. Me dio acceso a los salones del poder virreinal, credibilidad ante los insurgentes, influencia en Querétaro y la confianza necesaria para conspirar sin levantar sospechas inmediatas.
Ser «la esposa del corregidor» no fue mi prisión: fue mi trinchera.
¿Cree usted, Presidenta, que sin ese nombre habría podido moverme entre autoridades y rebeldes?
¿Que mi palabra habría tenido el mismo peso? Yo no renuncié a mi apellido de soltera: lo amplié. Y desde esa posición –privilegiada-, sí, pero también peligrosísima— ayudé a encender la mecha de la libertad.
Pretender que el «de Domínguez» fue una marca de opresión es no entender nada de mi tiempo ni de mi lucha. Aquel apellido fue parte de mi armadura, de mi estrategia, de mi vida. Y usted, con un decreto, pretende arrebatármelo en nombre de una ideología que yo jamás pedí.
Su gobierno dice honrarme eliminando el apellido de mi esposo. Pero yo no necesito que me honren borrando partes de mi vida. Necesito que me respeten tal como fui: mujer casada, madre de catorce hijos, conspiradora, presa política y, sí, esposa leal de Miguel Domínguez hasta el final de mis días.
¿Sabe usted, Presidenta, que cuando me encarcelaron en el convento de Santa Teresa, mi esposo intercedió por mí?, y que después de la Independencia vivimos juntos, con dignidad y sin arrepentimientos. Nuestro matrimonio no fue una imposición: fue una alianza. Y esa alianza fue parte de la insurgencia.
Si quieren honrar a las mujeres de la historia, hónrennos como fuimos, no como ustedes creen que deberíamos haber sido.
Presidenta, usted no nació en 1768. No vivió bajo el virreinato. No conoce lo que significaba ser mujer en aquella época, ni las formas en que debíamos construir poder, influencia y libertad dentro de estructuras que hoy les parecen inaceptables.
Pero esas estructuras fueron las nuestras. Y dentro de ellas, algunas supimos ser libres. Imponerle al pasado las batallas del presente no es progreso: es colonización temporal. Es pretender que la historia debe ajustarse a sus criterios actuales, como si las mujeres del siglo XIX no hubiéramos tenido agencia, inteligencia ni criterio propio.
Yo tuve los tres. Y los usé como quise.
¿Consultó usted a historiadores antes de tomar esta decisión? ¿Habló con académicos, con las comunidades que llevan mi nombre, con quienes estudian la Independencia desde hace décadas?
No lo hizo. Porque esta decisión no fue histórica: fue política. Y eso, Presidenta, es exactamente lo que hacían los gobiernos que usted dice combatir.
Modificar el nombre de las heroínas nacionales sin consulta, sin sustento histórico, sin respeto por la memoria colectiva, es un acto de autoritarismo disfrazado de justicia. Es decirle al pueblo: «Nosotros decidimos qué recordar y cómo recordarlo.»
Y eso, se lo digo con claridad, no es transformación: es imposición.
No me ofende que existan debates sobre los roles de género en la historia. Me ofende que usen mi nombre para ganar batallas ideológicas que no me pertenecen.
No me ofende que reconsideren el lugar de las mujeres en la narrativa nacional. Me ofende que lo hagan borrando partes de nuestras vidas, como si pudiéramos ser heroínas sólo si nos ajustamos a su manual.
No me ofende que cuestionen el matrimonio como institución. Me ofende que invaliden el mío, que fue real, que fue digno, y que fue parte inseparable de quien fui y de lo que hice.
Yo no fui una víctima que necesita ser rescatada póstumamente. Fui una mujer que actuó, que decidió, que arriesgó. Y si ustedes no pueden entender eso sin borrar mi apellido de casada, entonces el problema no está en mi historia: está en su comprensión.
Le pido que rectifique. Que devuelva mi nombre completo a las calles, a las escuelas, a los libros de historia. Que me permita seguir siendo quien fui: Josefa Ortiz de Domínguez, la Corregidora de Querétaro.
No me borre. No me simplifique. No me convierta en un símbolo ideológico de conveniencia.
Si de verdad quieren honrar a las mujeres de México, empiecen por respetarnos tal como fuimos: con todas nuestras decisiones, con todos nuestros apellidos, con toda nuestra complejidad.
La patria no se construye reescribiendo el pasado. Se construye aprendiendo de él.
Y yo ya di mi lección. Ahora les toca a ustedes aprenderla.
Con la firmeza de quien no se deja borrar,
Doña Josefa Ortiz de Domínguez
La Corregidora de Querétaro
Nota editorial
El siguiente texto es una carta de interpretación histórica y literaria elaborada por la redacción. Su propósito es reflexionar, desde la voz simbólica de personajes fundamentales de México, sobre la actualidad política y social del país. No corresponde a documentos auténticos, sino a ejercicios de memoria crítica, análisis y creación periodística.
¿Quién fue Josefa Ortiz de Domínguez?
Josefa Ortiz de Domínguez (1768-1829), conocida como la Corregidora de Querétaro, fue una de las figuras clave de la Independencia de México. Esposa del corregidor Miguel Domínguez, utilizó su posición para conspirar a favor de la insurgencia y alertó a los conspiradores cuando la conjura fue descubierta, acelerando el inicio del movimiento independentista el 16 de septiembre de 1810. Fue encarcelada por su participación, pero nunca renunció a sus ideales ni a su identidad como mujer casada y patriota.

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