Notas Principales

Carta de Sor Juana Inés de la Cruz a la sociedad contemporánea sobre el papel de la mujer en la actualidad

A las mujeres y hombres del siglo XXI:

Me dirijo a ustedes desde el claustro del convento de San Jerónimo, desde aquel siglo XVII donde el solo hecho de que una mujer leyera, escribiera o pensara por cuenta propia era considerado un acto de rebeldía, cuando no de herejía. Y lo hago porque he sabido —porque la historia encuentra maneras de llegar hasta quienes la hicieron— del estado actual de las mujeres en su tiempo, y siento que debo compartirles algunas reflexiones desde la perspectiva de quien luchó por algo que ustedes llaman «derechos», pero que en mi época apenas osábamos llamar «posibilidades».

Permítanme hablarles con la honestidad que siempre cultivé, esa misma que me costó tantas censuras y silencios impuestos.

Lo que veo desde mi tiempo

Desde mi época, donde el acceso al conocimiento era privilegio de varones y donde las mujeres teníamos apenas tres caminos —el matrimonio, el convento o la marginación social—, observo su mundo con una mezcla de asombro, alegría y, debo confesarlo, también de preocupación.
Asombro, porque ustedes han logrado lo que en mi tiempo ni siquiera podíamos imaginar: mujeres que gobiernan naciones, que dirigen universidades, que escriben sin pedir permiso, que estudian sin esconderse, que opinan sin ser acusadas de locura o soberbia. Veo mujeres médicas, abogadas, científicas, filósofas. Veo mujeres que eligen su propio destino sin tener que refugiarse en un convento para poder pensar.

Cuando escribí mi Respuesta a Sor Filotea de la Cruz, cuando defendí el derecho de las mujeres al conocimiento, cuando argumenté que «no hay causa segunda que más forzosamente dé el apetito de saber que la privación», lo hice con la esperanza —quizá ingenua— de que algún día las mujeres pudieran estudiar, pensar y crear sin los obstáculos que nosotras enfrentábamos.
Y ustedes lo han logrado. Al menos en parte.

Por eso siento alegría. Porque mi batalla —la de tantas mujeres olvidadas de mi época— no fue en vano.

Pero también siento preocupación, sin embargo, no puedo ocultar mi inquietud al observar que, tres siglos después, muchas de las batallas que yo libré siguen sin resolverse del todo. Y peor aún: que algunas victorias están siendo desperdiciadas o malinterpretadas.

La libertad que se confunde con ligereza

En mi tiempo, yo soñaba con que las mujeres pudieran ser libres: libres para pensar, para estudiar, para elegir su propio camino. Pero la libertad —la verdadera— no es ausencia de límites, sino capacidad de elegir el bien, de desarrollar la propia dignidad, de cultivar la inteligencia y la virtud.
Veo en su época que muchas veces se confunde la libertad con la ausencia de responsabilidad. Que se presume de libertad sexual sin comprender que la verdadera libertad no está en multiplicar experiencias, sino en elegir con sabiduría. Que se celebra la independencia sin entender que el ser humano —hombre o mujer— está hecho para el encuentro, para el amor verdadero, para la entrega genuina.

Yo elegí el convento no porque odiara a los hombres ni porque despreciara el matrimonio, sino porque era el único espacio donde podía dedicarme al estudio sin las obligaciones que una vida matrimonial —en mi época— habría impuesto sobre mi tiempo y mi libertad intelectual. Elegí la clausura para ser libre. Y eso, en su tiempo, parece contradictorio. Pero no lo era.

La libertad verdadera no es hacer lo que nos venga en gana. Es poder elegir nuestro propio bien, desarrollar nuestros dones, ser plenamente quienes estamos llamadas a ser.
La igualdad que niega la diferencia

En mi Respuesta defendí la igualdad intelectual de las mujeres. Argumenté que no hay razón alguna para que el estudio y la sabiduría sean monopolio de los varones. Pero nunca pretendí que mujeres y hombres fueran idénticos.

Veo en su tiempo un afán por negar las diferencias naturales entre hombres y mujeres, como si reconocer que somos diferentes fuera lo mismo que afirmar que unas son inferiores a otros. Y esto es un error gravísimo.

La igualdad no significa uniformidad. No significa que las mujeres deban comportarse como varones para ser respetadas. No significa negar la maternidad, la feminidad, la sensibilidad propia de nuestro ser.

Yo fui mujer y nunca lo negué. Escribí poesía de amor, teatro sobre pasiones humanas, villancicos para la Virgen. Defendí la razón sin renunciar a la emoción. Cultivé la filosofía sin despreciar la devoción. Y nunca sentí que ser mujer fuera un obstáculo para mi intelecto; al contrario, mi feminidad enriqueció mi mirada sobre el mundo.

Las mujeres de su tiempo han conquistado espacios que en mi época nos estaban vedados. Pero me pregunto: ¿han conquistado la libertad de ser plenamente mujeres? ¿O se les exige ahora que renuncien a su feminidad para ser aceptadas en un mundo diseñado por y para varones?

El conocimiento que se ha vuelto superficial

En mi época, yo debía esconderme para leer. Estudiaba de noche, a escondidas, bajo la luz de velas que consumía con mi escaso peculio. Leía todo lo que caía en mis manos: teología, filosofía, astronomía, matemáticas, literatura. Aprendí latín en veinte lecciones. Cultivé mi mente con disciplina férrea porque sabía que el conocimiento era un tesoro precioso, difícil de obtener, fácil de perder.

Ustedes, en cambio, tienen acceso a todo el conocimiento humano en esos artefactos que llaman teléfonos. Pueden leer cualquier libro, consultar cualquier biblioteca, aprender cualquier idioma, estudiar cualquier disciplina. Y sin embargo, veo que muchas veces ese acceso ilimitado ha generado no sabiduría, sino distracción. No profundidad, sino superficialidad.

Las mujeres de su tiempo pueden estudiar todo. Pero ¿cuántas estudian realmente? ¿Cuántas cultivan la mente con la misma disciplina con que nosotras debíamos hacerlo? ¿Cuántas leen a los clásicos, estudian filosofía, desarrollan su capacidad de razonamiento?

La libertad de acceso al conocimiento es inútil si no se acompaña del compromiso de cultivar la mente. Y me temo que muchas mujeres —y muchos hombres— de su época han confundido tener información con tener conocimiento, tener opiniones con tener sabiduría.

La maternidad que se desprecia

Una de las cosas que más me duele observar en su época es el desprecio con que a veces se trata la maternidad, como si ser madre fuera incompatible con ser intelectual, profesional, libre.

Yo no fui madre —elegí el convento precisamente para evitar esa obligación que en mi tiempo habría consumido toda mi vida—. Pero nunca desprecié la maternidad. Al contrario: la reconocí como una de las formas más sublimes de creatividad humana. Escribí villancicos a la Virgen María precisamente porque comprendía que la maternidad es participación en el acto creador de Dios.

Veo en su tiempo que muchas mujeres sienten que deben elegir entre ser madres o ser profesionales exitosas. Que la maternidad se presenta como obstáculo para la realización personal. Que se desprecia a las mujeres que eligen dedicarse a criar a sus hijos, como si esa labor fuera inferior al trabajo fuera del hogar.

Y esto es injusto. Porque la verdadera libertad es poder elegir: ser madre si se desea, no serlo si no se desea, o combinar la maternidad con otras vocaciones. Pero nunca debe despreciarse a quien elige la maternidad como vocación principal.

El feminismo verdadero —si es que puedo usar esa palabra que en mi época no existía— debería defender la libertad de las mujeres para elegir su propio camino, no imponer un único modelo de «mujer liberada».

Lo que les pediría a las mujeres de su época

Si pudiera dirigirme directamente a las mujeres de su tiempo, les diría esto:

Cultiven su mente. No desperdicien el acceso al conocimiento que tanto nos costó conquistar. Lean, estudien, piensen. No se conformen con opiniones ajenas; formen su propio criterio. No permitan que la superficialidad de su época les robe la posibilidad de ser sabias.

Defiendan su dignidad, no su orgullo. La dignidad es reconocer el propio valor sin necesidad de despreciar a otros. El orgullo es pretender ser superior. La primera es virtud; el segundo, defecto. No confundan defenderse con atacar, ni afirmar su valor con negar el de los demás.

No renieguen de su feminidad. Ser mujer no es una maldición que hay que superar ni una debilidad que hay que ocultar. Es una forma específica de ser humano, con sus dones propios, su sensibilidad particular, su manera única de ver el mundo. No imiten a los varones; sean plenamente mujeres.

Amen la verdad más que la ideología. He visto que en su época existen muchos discursos sobre la mujer, muchas teorías, muchas «luchas». Pero no toda lucha es justa, ni todo discurso es verdadero. Busquen la verdad sobre la condición humana, sobre la diferencia entre hombres y mujeres, sobre la dignidad de cada persona. Y no sacrifiquen la verdad en aras de ninguna ideología, por progresista que parezca.

Respeten la maternidad. Sea que la elijan para ustedes mismas o no, respeten a las mujeres que eligen ser madres. La maternidad no es esclavitud; es una de las formas más altas de creatividad y amor. Y una sociedad que desprecia la maternidad es una sociedad que desprecia su propio futuro.

No olviden que la libertad tiene un propósito. La libertad no es un fin en sí misma. Es un medio para alcanzar la plenitud humana, para desarrollar nuestros dones, para amar y ser amadas, para contribuir al bien común. Una libertad que no sirve a un propósito más alto que el propio capricho es una libertad vacía.

Lo que les pediría a los hombres de su época

Y a los hombres de su tiempo, permítanme también dirigirles unas palabras:

No teman la inteligencia de las mujeres. En mi época, los varones se sentían amenazados por una mujer que pensaba. Ustedes han avanzado, pero aún veo resabios de ese miedo. La inteligencia de una mujer no es competencia contra ustedes; es complemento. Una sociedad donde las mujeres pueden desarrollar plenamente sus capacidades intelectuales es una sociedad más rica, más justa, más humana.

No confundan respeto con condescendencia. Las mujeres no necesitan que las traten como niñas ni que las «protejan» de la realidad. Necesitan que las traten como personas: con respeto a su inteligencia, a su capacidad de decidir, a su dignidad.

Reconozcan que ustedes también necesitan liberarse. Los roles rígidos que en mi época oprimían a las mujeres también oprimían a los hombres, aunque de manera diferente. Los obligaban a ser siempre fuertes, a no mostrar debilidad, a reprimir sus emociones. Una verdadera transformación social no es que las mujeres adopten los vicios masculinos, sino que hombres y mujeres se liberen juntos de los roles que los limitan.

Queridas mujeres y hombres del siglo XXI:

Ustedes han heredado victorias que nosotras conquistamos con sangre, lágrimas y silencios forzados. Han recibido libertades que nosotras apenas osábamos soñar. Tienen oportunidades que a nosotras nos fueron negadas por el solo hecho de haber nacido mujeres.

No desperdicien esa herencia.

Usen su libertad para cultivar la sabiduría, no para perseguir la frivolidad. Usen su igualdad para enriquecer el mundo con la mirada femenina, no para imitar servilmente la mirada masculina. Usen su voz para decir verdades, no para repetir consignas.

Y sobre todo, recuerden que ser mujer —o ser hombre— no es el obstáculo ni la meta. Es el punto de partida. Lo que importa no es el género, sino la persona: su dignidad, su inteligencia, su capacidad de amar, de crear, de buscar la verdad.

Yo luché en mi época para que las mujeres pudieran pensar. Ustedes tienen ahora la responsabilidad de pensar bien, de pensar con profundidad, de pensar con libertad auténtica.

No me decepcionen.

Porque aunque yo haya muerto hace tres siglos, mi batalla —nuestra batalla— sigue viva en cada mujer que elige cultivar su mente, defender su dignidad y buscar la verdad por encima de todas las modas ideológicas.

Con el cariño de quien abrió un camino que ustedes deben continuar,

Sor Juana Inés de la Cruz

Décima Musa, defensora del derecho de las mujeres al conocimiento

Nota editorial

El siguiente texto es una carta de interpretación histórica y literaria elaborada por la redacción. Su propósito es reflexionar, desde la voz simbólica de personajes fundamentales de México, sobre la actualidad social y cultural. No corresponde a documentos auténticos, sino a ejercicios de memoria crítica, análisis y creación periodística.

¿Quién fue Sor Juana Inés de la Cruz?

Juana Inés de Asbaje y Ramírez de Santillana (1648-1695), conocida como Sor Juana Inés de la Cruz, fue la poeta, dramaturga y pensadora más importante de la Nueva España y una de las figuras intelectuales más relevantes de la literatura en español. Autodidacta desde niña, ingresó al convento de San Jerónimo para poder dedicarse al estudio en una época donde las mujeres tenían vedado el acceso a la educación formal. Su obra Respuesta a Sor Filotea de la Cruz (1691) es considerada el primer manifiesto feminista de América, donde defendió el derecho de las mujeres al conocimiento. Su poesía, teatro y prosa revelan una mente privilegiada que supo combinar la razón con la fe, la filosofía con la literatura, el intelecto con la sensibilidad. Murió en 1695 mientras atendía a sus hermanas enfermas durante una epidemia en la Ciudad de México.

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