Día de la Enfermería: una profesión más allá de reconocimientos y aplausos
Por Mar Roxo
Hoy se celebra el Día de la Enfermería, una fecha que suele llenarse de discursos, reconocimientos simbólicos, publicaciones y aplausos que, aunque necesarios, resultan insuficientes frente a la realidad cotidiana que enfrenta esta profesión esencial para la vida y la dignidad humana. Reconocer a las y los enfermeros no debería limitarse a un día en el calendario, sino traducirse en acciones concretas que atiendan los múltiples pendientes históricos que arrastra el sector.
La enfermería ha demostrado, una y otra vez, ser el corazón operativo de los sistemas de salud. En hospitales, clínicas, comunidades rurales y zonas marginadas, son las y los enfermeros quienes sostienen la atención continua, acompañan el dolor, cuidan la recuperación y, en muchos casos, humanizan un sistema cada vez más saturado y despersonalizado. Sin embargo, esa centralidad contrasta con la precariedad laboral, los bajos salarios y la sobrecarga de trabajo que padecen miles de profesionales.
Uno de los grandes pendientes es el reconocimiento pleno de la enfermería como disciplina científica y no solo como una labor auxiliar. A pesar de los avances académicos, aún persiste una visión jerárquica que limita su autonomía, su participación en la toma de decisiones clínicas y su acceso a cargos directivos dentro de las instituciones de salud. La profesionalización no puede coexistir con la subordinación permanente.
A esta deuda estructural se suma una problemática que suele permanecer invisibilizada: la situación de las y los pasantes de enfermería que cumplen su servicio social. Cientos de jóvenes, en la etapa final de su formación académica, son incorporados al sistema de salud como fuerza laboral indispensable, asumiendo responsabilidades clínicas reales, turnos extensos y cargas de trabajo equiparables a las del personal contratado. Sin embargo, su esfuerzo es retribuido con una beca paupérrima que no corresponde ni a su nivel de compromiso ni a la función que desempeñan.
El servicio social, concebido originalmente como una etapa formativa y de aprendizaje supervisado, se ha transformado en muchos casos en un esquema de explotación normalizada, donde la vocación y el deseo de servir son utilizados para suplir carencias estructurales del sistema. Invisibilizar a las y los pasantes no solo es injusto, sino éticamente incompatible con un modelo de salud que dice poner a la persona en el centro.
Otro desafío urgente es la estabilidad laboral. Contratos temporales, falta de prestaciones, jornadas extenuantes y plantillas insuficientes se han normalizado en una profesión que cuida a otros, pero que rara vez es cuidada por las instituciones. La pandemia dejó al descubierto esta contradicción: se exaltó el heroísmo del personal de enfermería, pero pasado el aplauso, muchos regresaron al abandono administrativo.
La formación continua, las condiciones dignas de trabajo y la atención al desgaste físico y emocional —el llamado burnout— siguen siendo asignaturas pendientes. No se puede exigir calidad cuando faltan insumos, personal suficiente o espacios adecuados para ejercer la profesión con dignidad.
En este Día de la Enfermería, más que flores o reconocimientos protocolarios, la reflexión obligada es si como sociedad estamos dispuestos a saldar la deuda con quienes cuidan la vida desde el primer hasta el último aliento. Dignificar la enfermería implica también revisar con urgencia el modelo de servicio social, reconocer el valor del trabajo de las y los pasantes y garantizar condiciones justas durante su formación final.
Celebrar a la enfermería no es un gesto simbólico: es un compromiso ético, social y político. Hoy es día de agradecer, sí, pero sobre todo de asumir responsabilidades reales con una profesión que, incluso en la precariedad, nunca ha dejado de cuidar.
Comparte nuestras notas: