Entre informes y petardos
El cuarto informe de gobierno de Maru Campos dejó un panorama que, guste o no, merece análisis con calma y sereno. Más allá de la liturgia política que acompaña estos ejercicios de política gubernamental, el mensaje del primero de marzo se centró en datos concretos: avances en seguridad, inversión en infraestructura y programas sociales que han marcado la narrativa de esta administración.
Chihuahua abandonó la lista de las 15 entidades más violentas del país, un dato que en otro contexto sería celebrado sin matices. La seguridad, el talón de Aquiles histórico del estado, mostró indicadores que permiten al menos hablar de contención. En política social, programas como MediChihuahua, NutriChihuahua y el fortalecimiento de guarderías infantiles fueron presentados como respuestas a necesidades urgentes –hoy Chihuahua cuenta con 350-, particularmente en un escenario donde el Gobierno Federal ha reducido o centralizado apoyos que antes fluían hacia los estados.
Se habló también de la defensa del agua, bandera sensible en una entidad marcada por la sequía y los conflictos por el recurso. Y, sobre todo, se informó que durante el 2025 se invirtieron en infraestructura más de 4 mil millones de pesos el año pasado y que este año alcanzará los 5 mil millones, impulsada —según lo expuesto— por una mayor recaudación derivada del incremento en el pago del ISR y el respaldo del sector empresarial.
Pero el mensaje no se limitó a cifras. Hubo también una definición ideológica clara. Maru Campos habló de la defensa de la vida y de la familia como pilares de su gobierno. Fue enfática al señalar que la educación de los hijos corresponde, en primer término, a los padres, no al Estado. En tiempos donde el debate nacional gira en torno al papel gubernamental en la formación de valores, el posicionamiento no fue menor. Marcó una línea política y cultural: un gobierno que se asume humanista, pero que también reivindica la centralidad de la familia como núcleo formador.
El mensaje proyectó estabilidad y proyección hacia adelante. Un estado que intenta consolidar obra pública, programas sociales, orden financiero y una narrativa de identidad propia frente a las tensiones nacionales.
Sin embargo, mientras en Chihuahua se desarrollaba el informe, desde la mañanera presidencial surgía un intento por cambiar la conversación. Una reportera, con un guion visiblemente estructurado, lanzó la pregunta sobre una propiedad que presuntamente construye la gobernadora, valuada en más de 31 millones de pesos.
Si fuésemos mal pensados —y solo si lo fuésemos— podríamos suponer que ese petardo político no fue espontáneo. En la política mexicana las casualidades escasean. Y cuando los tiempos coinciden con precisión quirúrgica, las sospechas surgen.
En ese tablero aparece inevitablemente la figura del senador Javier Corral. Ayer panista de hueso colorado, hoy morenista de corazón guinda. Un personaje cuya narrativa política ha girado obsesivamente en torno al duartismo, construyendo una épica personal donde él encarna la cruzada moral permanente. El problema es que, cuando toda la realidad se interpreta bajo el mismo prisma, el discurso pierde profundidad y se convierte en caricatura: el héroe del mostacho contra el villano con superpoderes basados en el baile al estilo Dr. Simi.
Chihuahua, sin embargo, no es un cómic. Es un estado que exige soluciones prácticas, no vendettas interminables. Es legítimo cuestionar, investigar y exigir transparencia sobre cualquier señalamiento. Nadie está por encima del escrutinio público. Pero también es cierto que la política no puede reducirse al ajuste de cuentas permanente ni al sabotaje narrativo.
Maru Campos, como cualquier gobernante, tendrá desaciertos. Pero también registra aciertos. Y el juicio ciudadano no suele basarse en pasiones personales, sino en resultados tangibles.
Los chihuahuenses, en su mayoría, miran hacia adelante. Les preocupa el empleo, la seguridad, el agua, la infraestructura y las oportunidades para sus hijos. Les interesa el futuro más que las filias y fobias de quienes cambian de camiseta con la facilidad con la que otros cambian de discurso.
La política puede llevarnos a la confrontación, pero es mejor que nos lleve a la construcción y al dialogo. México necesita unidad. Cuando el debate se reduce a golpeteo constante y sincronizado empobrece la discusión pública. Y cuando los actores actúan más por rencor que por proyecto, la ciudadanía termina pagando las facturas.
Así las cosas.
Chihuahua avanza entre informes y petardos. Entre cifras y sospechas.
Entre obra pública, identidad y guerra pública con narrativas de odio y desencuentros del pasado.
El tiempo y los ciudadanos pondrán cada cosa en su lugar.
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