¿Humanidad extraviada?
Por Gabriel Piñón
En las últimas semanas se ha viralizado en redes sociales una tendencia que ha despertado curiosidad, desconcierto y debate: jóvenes que se identifican como therian, es decir, personas que afirman sentir una conexión profunda con un animal específico, adoptando conductas, estéticas y, en algunos casos, formas de vida asociadas a esa identidad.
Más allá del fenómeno digital o de la moda pasajera, la pregunta de fondo es inevitable: ¿acaso la humanidad ha perdido el rumbo?
No se trata de ridiculizar ni de señalar con ligereza. Se trata de comprender qué hay detrás de una generación que decide identificarse con la naturaleza animal como forma de expresión personal. ¿Es rebeldía? ¿Es búsqueda? ¿Es vacío? ¿Es una protesta silenciosa frente a un mundo que no ofrece certezas?
Los therian emergen en una época marcada por la fragmentación de la identidad, por la hiperconectividad digital y por una profunda crisis de sentido. En un mundo donde todo puede redefinirse —el género, la verdad, la historia, incluso la biología—, la pregunta por la identidad se vuelve más difusa que nunca.
Y es aquí donde conviene hacer un alto.
Hace más de dos mil años, los grandes filósofos griegos no tenían redes sociales, pero sí tenían inquietudes existenciales que siguen vigentes: ¿Quién soy? ¿De dónde vengo? ¿A dónde voy?
Preguntas que no buscaban aplausos ni seguidores, sino sentido. Preguntas que no pretendían evadir la realidad, sino comprenderla.
Hoy, en contraste, pareciera que una parte de la juventud busca refugio en construcciones simbólicas que diluyen la identidad humana en una especie de escape emocional. Adoptar características animales, asumir comportamientos instintivos como identidad o diseñar estilos de vida que simulan otra naturaleza, ¿es una forma de autoconocimiento o una forma de evasión?
No es casual que esta tendencia florezca en medio de discursos que cuestionan los límites mismos de lo humano. El transhumanismo, como corriente filosófica y tecnológica, plantea la posibilidad de trascender nuestra condición biológica. Pero cuando esa aspiración se combina con una crisis cultural, el riesgo es perder el ancla que nos define: nuestra dignidad como seres humanos racionales y libres.
El ser humano, a diferencia del animal, no vive solo por instinto. Vive por conciencia, por responsabilidad, por trascendencia. Reducir la identidad a una experiencia emocional momentánea puede resultar atractivo, pero deja intacta la pregunta esencial: ¿qué sentido tiene mi vida?
No se trata de condenar. Se trata de reflexionar, de buscar respuestas ¿qué es lo que intenta decirnos la juventud?, tal vez estos fenómenos no sean el problema en sí mismos, sino el síntoma de algo más profundo: una generación que busca pertenecer, que busca significado, que busca un lugar en un mundo que muchas veces le ofrece incertidumbre, polarización y vacío espiritual.
Como sociedad debemos cuestionarnos ¿Si estamos ofreciendo referentes sólidos, familia, comunidad, educación y filosofía que ayuden a los jóvenes a responder las preguntas fundamentales sin necesidad de diluir su humanidad?
Porque antes de preguntarnos si debemos dejarnos arrastrar por corrientes como el transhumanismo, debemos preguntarnos si hemos hecho lo suficiente para fortalecer lo humano.
¿La humanidad debe recobrar sentido? ¿De dónde o quienes deben impulsar esa búsqueda de sentido?
¿Son las redes sociales, en los hogares, en la escuela o en la conciencia propia de cada uno de los individuos?
Quizás debemos comenzar a cuestionarnos esas preguntas que se hacían los sabios de la Grecia Antigua.
¿Quién soy? ¿De dónde vengo? ¿A dónde voy?

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