Krátos, aidós y diké
Por Gabriel Piñón
En el Protágoras, Platón relata que Zeus, preocupado por la supervivencia de la humanidad, envió a Hermes a repartir entre los hombres los fundamentos esenciales de la civilización: aidós y diké. Y le ordenó algo contundente quien no fuera capaz de participar de ambas virtudes debía ser expulsado como una enfermedad de la ciudad.
Aidós es el pudor, el respeto, es el sentido moral que nos impide instrumentalizar al otro. Es la conciencia que reconoce humanidad en el prójimo. Diké es la justicia, el recto orden institucional que garantiza a cada quien lo que le corresponde. Una pertenece al ámbito de la ética; la otra, al derecho. Ambas sostienen la vida civilizada.
¿Qué ocurre cuando la política deja de sostenerse en aidós y diké y se entrega al krátos?
Krátos es la fuerza. El poder que se impone. La capacidad de dominar y asegurar la hegemonía por medios que no siempre apelan a la virtud, sino a la imposición.
La política mexicana contemporánea parece cada vez más alejada del aidós. Hemos normalizado una clase política que no solo carece de pudor, sino que se regodea en su impudicia. Funcionarios que celebran con cinismo la mentira y el engaño en su narrativa. Roban, mienten y traicionan al “pueblo” que invocan tanto en su discurso.
El pudor moral, sí, esa disposición interna que debería frenar el abuso del poder parece haber quedado en el olvido. La política sin aidós no siente rubor; presume su astucia. No asume responsabilidad; se diluye en un discurso propagandista.
¿Y diké?
Si llegase a existir, deambula extraviada. La justicia en México no se percibe en la actualidad como un principio firme e imparcial, sino como un rostro que cambia según el poder en turno. Una justicia que apuesta al mejor postor y se somete dócilmente a la ideología dominante. La ley deja de ser garantía universal para convertirse en herramienta selectiva al servicio del poder.
Savater en su obra “La aventura de pensar” advierte que allí donde el krátos se desnuda impúdicamente, el aidós y la diké padecen escarnio. Y eso es precisamente lo que ocurre cuando el Estado se concibe como poder absoluto, cuando la fuerza institucional se ejerce sin límites éticos ni contrapesos jurídicos reales.
No se trata de suprimir el krátos. Sin una estructura de autoridad, ni la ética ni la justicia podrían ejercerse, ya que el poder es necesario para sostener el orden, pero cuando este se ejerce sin freno, sin reconocer límites morales ni legales, termina perdiendo su propósito.
El Estado moderno no puede erigirse como un Zeus que monopoliza el rayo y desprecia los dones entregados a los hombres. La crisis mexicana no es solo económica ni de seguridad. Es una crisis de aidós y diké.
La lección de los griegos permanece vigente: una ciudad sin aidós y sin diké no puede considerarse una comunidad política y democrática en la que se pueda ejercer la libertad; es una estructura de poder sostenida por la fuerza.

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