La escuela no debe ser un laboratorio ideológico
La educación pública mexicana atraviesa hoy una de sus discusiones más delicadas y necesarias: ¿hasta dónde debe llegar el Estado en la formación ideológica de la infancia? La llamada Nueva Escuela Mexicana, presentada como un proyecto humanista e incluyente, ha comenzado a generar una profunda inquietud social por los contenidos que introduce en los niveles básicos de enseñanza.
Padres de familia, docentes y especialistas han advertido que algunos materiales educativos incorporan temas que, por su complejidad y carga ideológica, resultan cuestionables para niñas y niños que aún se encuentran en una etapa temprana de desarrollo cognitivo y emocional. La preocupación no radica en negar la educación sexual científica, preventiva y acorde a la edad, sino en la forma, el momento y el enfoque con el que se abordan asuntos vinculados a la identidad, el cuerpo y la sexualidad.
La escuela básica no puede convertirse en un espacio de experimentación política ni en un campo de disputa ideológica. Su función esencial es formar habilidades fundamentales: comprensión lectora, pensamiento lógico, nociones científicas, valores cívicos y herramientas que permitan a los estudiantes construir un proyecto de vida. Cuando estos objetivos se diluyen para dar paso a debates que incluso dividen a la sociedad adulta, se corre el riesgo de desorientar a quienes deberían estar protegidos por la prudencia pedagógica.
A esta preocupación se suma otro elemento igualmente grave: el uso de recursos públicos. Miles de millones de pesos han sido destinados a la implementación de este nuevo modelo educativo, sin que exista claridad sobre su impacto real en el aprendizaje. Ese presupuesto podría haberse invertido en lo verdaderamente urgente y transformador para la niñez mexicana: canchas deportivas dignas, albercas escolares, gimnasios, laboratorios virtuales, bibliotecas funcionales y espacios de esparcimiento que permitan a niñas y niños aprender a través de la experiencia, el juego, la ciencia y el deporte.
La formación integral no se logra desde el adoctrinamiento, sino desde entornos que amplían la visión del mundo, fortalecen el cuerpo y estimulan la curiosidad. Aulas sin infraestructura adecuada, escuelas sin áreas de descanso y recreación, y planteles sin herramientas tecnológicas contrastan con un discurso oficial que prioriza el rediseño ideológico de los contenidos por encima del bienestar físico, emocional e intelectual de los estudiantes.
Resulta especialmente preocupante que estas decisiones se hayan tomado sin un diálogo amplio con las familias. La educación pública es un bien común, no patrimonio de una corriente política ni de un grupo técnico. Excluir a los padres y maestros del debate educativo erosiona la confianza en las instituciones y profundiza la fractura entre la escuela y la comunidad.
La infancia no debe ser instrumentalizada para validar proyectos ideológicos ni para adelantar discusiones que corresponden a etapas posteriores de la formación. Educar no es imponer visiones del mundo, sino ofrecer herramientas para que cada persona, en su madurez, pueda construirlas con libertad y responsabilidad.
México enfrenta rezagos graves en aprendizaje, abandono escolar y desigualdad educativa. En ese contexto, resulta legítimo cuestionar si el rumbo actual de la política educativa responde a las verdaderas urgencias del sistema o si, por el contrario, distrae recursos, tiempo y atención de lo que sí podría cambiar la vida de millones de niñas y niños.
La educación debe unir, no polarizar; formar, no adoctrinar; proteger, no exponer. La escuela mexicana merece volver a ser un espacio de conocimiento, certeza y desarrollo integral, donde la niñez crezca acompañada, cuidada y respetada, no utilizada como vehículo de disputas ideológicas. Ese es el debate que hoy el país está obligado a dar.
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