La polĂtica tiene precio
Por Mar Roxo
En MĂ©xico la polĂtica tiene precio. Se negocia, se intercambia y, cuando es necesario –casi siempre- se vende al mejor postor.
Lo que hemos visto en los Ăşltimos años es el progresivo abandono de la vocaciĂłn original de la polĂtica. Desde la antigua Grecia —donde naciĂł como ejercicio de deliberaciĂłn pĂşblica orientado al bien comĂşn— hasta nuestros dĂas, la polĂtica ha dejado de ser el espacio de construcciĂłn colectiva para convertirse, con frecuencia, en una arena de cálculo, supervivencia y poder.
En teorĂa, la democracia descansa en la voluntad del pueblo. En la práctica mexicana, esa voluntad suele invocarse más de lo que realmente se consulta. Hoy se presenta una reforma electoral que, segĂşn el discurso oficial, responde a una exigencia popular. Pero si uno sale a la calle y pregunta en mercados, universidades o plazas pĂşblicas, el llamado “pueblo bueno y sabio” desconoce en su mayorĂa los alcances de dicha reforma. ÂżEntonces quiĂ©n la pidiĂł?
El bloque mayoritario en el Congreso ha demostrado que, cuando se concentra el poder, la ConstituciĂłn deja de ser lĂmite y se convierte en instrumento. Hemos sido testigos de cĂłmo una mayorĂa legislativa —cuestionada por su sobrerrepresentaciĂłn— ha modificado el marco constitucional con una facilidad que se aleja de la naturaleza misma de la RepĂşblica.
La reforma electoral propuesta por la presidenta no es un ajuste menor. Mantiene los 500 diputados, reduce el Senado a 96 integrantes; elimina los plurinominales y las listas de partido, enviando a todos a competir “a las calles”. En el discurso, se habla de austeridad y de reducción de costos; en la práctica, se abre la puerta a campañas más caras, más largas y potencialmente más vulnerables al financiamiento de origen incierto.
Pero donde la polĂtica muestra su precio es en las negociaciones paralelas. En un inicio, el Partido del Trabajo y el Partido Verde manifestaron reservas e inclusive oposiciĂłn. La reforma amenaza su modelo de supervivencia como fuerzas satĂ©lite, acostumbradas a orbitar alrededor del poder en turno. Se hablĂł incluso de rompimientos.
Sin embargo, trascendió el anuncio de un paquete de apoyos por más de 828 millones de pesos para proyectos CENDIS a nivel nacional, espacios donde el PT tiene intereses históricos y estratégicos. ¿Casualidad? Es la pregunta inevitable. ¿Ese será el costo de la lealtad legislativa? ¿Se trata del precio para aprobar una reforma que diversos expertos calificaron como inviable desde su origen?
Y el Verde, ÂżquĂ© obtendrá a cambio? En la polĂtica mexicana, las alianzas rara vez son gratuitas. La reforma parece menos orientada a fortalecer la competencia democrática que a consolidar la permanencia de una fuerza polĂtica dominante por tiempo indefinido, aunque la presidenta afirme con su voz que la reforma no tiene el propĂłsito de consolidar “un partido de Estado”, sus ojos dicen otra cosa, basta con observar sus movimientos corporales.
La eliminaciĂłn de plurinominales puede sonar atractiva en tĂ©rminos populares, pero tambiĂ©n debilita la representaciĂłn de minorĂas y favorece a quien ya controla estructura territorial y aparato gubernamental. Mandar a todos a competir en calle puede ser un ejercicio democrático genuino… o puede convertirse en una carrera desigual donde quien tiene más recursos —legales o no— arrasa.
La pregunta de fondo no es si se puede reformar el sistema electoral. Toda democracia madura lo hace. La pregunta es: ¿para qué y para quién se reforma?
Si la polĂtica se reduce a transacciĂłn, si las reformas se negocian a cambio de presupuestos, cargos o blindajes, entonces la democracia deja de ser un pacto ciudadano y se convierte en un mercado.
Y cuando la polĂtica tiene precio, hay que pensar que alguien tiene que pagar la factura. Y ese generalmente, no es el poder.
¿Le darán vida artificial a una reforma que nació muerta? ¿O veremos, una vez más, cómo la voluntad se ajusta al mejor postor?
De los llamados partidos de oposiciĂłn, solo resta observarlos en la máxima tribuna legislativa del paĂs, lloriqueando y rasgándose las vestiduras, como en el antiguo teatro romano. Finalmente seguirán bebiendo del sistema, hasta que la muerte los separe –muerte polĂtica- estimado lector.
Y usted, ¿qué opina?
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