Notas Principales

Miguel León Portilla a 100 años de su nacimiento

Miguel León-Portilla (1926-2019) fue un destacado historiador, filósofo y antropólogo mexicano nacido en la Ciudad de México un 22 de febrero de 1926, figura clave en el estudio y reivindicación de la cultura náhuatl y el pensamiento prehispánico. Autor de la célebre obra Visión de los Vencidos (1959), transformó la comprensión de la Conquista de México desde la perspectiva indígena. Fue investigador emérito de la UNAM y miembro de El Colegio Nacional.

Por Gabriel Piñón

Hoy se celebran 100 años del nacimiento del maestro Miguel León Portilla (1926-2019), profesor emérito de la UNAM, estudioso de las letras y de la lengua que dejó un amplio legado de más de cien obras escritas.

Tuve la oportunidad de entrevistarlo en su casa, en Coyoacán. El maestro disponía de poco tiempo; habíamos viajado desde Chihuahua a la Ciudad de México explícitamente para la entrevista, con motivo del Doctorado Honoris Causa que le otorgaría mi querida y entrañable Universidad Autónoma de Baja California Sur el día 24 de octubre de 2016, en reconocimiento a su invaluable contribución al rescate y conservación de la antigua palabra, de la historia y de la literatura prehispánica.

Rodeado de libros en su área de estudio, el maestro León Portilla se sentó en su escritorio y, atento, escuchó las preguntas del visitante. Con gran emoción y pasión —que lo caracterizaban— expresó sus conocimientos sobre Baja California Sur y su conexión con la Universidad Autónoma de Baja California Sur (UABCS).

Al abordar el origen de su pasión por la historia, el Dr. Miguel León-Portilla recordó aquellos años de infancia:

—En sexto de primaria, dijo el profesor: “California pertenece a Estados Unidos”. Yo pregunté: “¿Toda California, alta y baja?”.

—“¡Toda California, toda!”, contestó el maestro.

—Y yo le dije: “Señor, yo creo que no; la Alta nos la quitaron, y la Baja es todavía de México”.

—“¡La Baja también es de Estados Unidos!”, manifestó.

—“Maestro…”, expresé. Solo se escuchó un: “¡Fuera del salón!”.

Al llegar a mi casa le pregunté a mi padre, y me dijo: “Tienes razón, hijo, la Baja California es de México”. —Ahí nació mi interés —compartió el maestro León-Portilla.

“Comiendo un día con el poeta Carlos Pellicer, me dijo: ‘Acabo de regresar de La Paz, Baja California; ahí no hay pecado original, ahí nadie es ladrón, ni nada’”, recordó sonriendo.

Al continuar con la entrevista, evocó su visita a Baja California Sur:

—En ese entonces era gobernador del territorio el licenciado Hugo Cervantes del Río, quien me extendió una invitación, siendo yo director del Instituto de Historia de la UNAM. Fui con mi esposa, y me preguntó: “¿Qué quiere usted?”. Le respondí: “Primero, colaborar con ustedes para salvar su historia; por eso quiero ver el archivo de Baja California”.

¿Aquí hay un archivo?, preguntó el gobernador.

Entonces llamó a los de Acción Social y Cultura, y nada más se veían entre ellos, preguntándose: “¿Cuál archivo? Aquí no hay ningún archivo”.

—Aquí hay un archivo —les dije—; lo que no sé es dónde está.

Alguien comentó: “Ahí, en la azotea de la cárcel, hay muchos papeles viejos”.

Fuimos a la cárcel, y el director me dijo:

—Le voy a prestar un preso de confianza. ¡Un preso de confianza! —recordaba el maestro, sonriendo.
Subimos. Tomé un papel que decía: “Acta de adhesión de la Baja California a la República Federal de 1824”. Y fui sacando papeles valiosísimos, algunos manchados con sangre.

¿Por qué tienen sangre estos papeles? ¿En una batalla o qué? —pregunté.

—No —me dijeron—, es que aquí interrogan a los presos y, cuando no cantan, se limpian con estos papeles la sangre de los moquetazos que les dan.

Entonces les dije: —Lo primero que hay que hacer es sellar todos estos manuscritos. ¡Son la historia del país, es la memoria! Si los bajacalifornianos quieren saber quiénes son, aquí está la respuesta.

“La historia no es un lujo, es una necesidad. Usted me dice: ‘Yo soy de Chihuahua’, ‘Yo soy de Chiapas’; ¿y qué sabe usted? ¿Sabe que su estado tuvo tal historia? Es como si usted llega al aeropuerto y le dicen: ‘¿A dónde va usted?’, y responde: ‘Fíjese que no sé a dónde voy’. ‘¿Y su boleto?’ ‘Fíjese que no traigo boleto’. Entonces, ¿qué hace usted aquí? Y responde: ‘¡No sé, no sé!’. Eso es ignorar la historia”.

Ese fue el principio de mi interés.

Luego le dije al gobernador: —Dos cosas más: quiero que me ayuden ustedes a recorrerla y quiero dar una serie de conferencias sobre historia de México y sobre historia indígena, que es mi otro gran interés. —Hecho —respondió.

Di muchísimas conferencias; acudió mucha gente. La Paz era todavía pequeña. Estoy hablando de 1966.

Yo tenía entonces la dirección del Instituto de Historia y envié inmediatamente a dos personas para que comenzaran a clasificar el archivo. Hicimos, mi esposa y yo, un primer recorrido con el profesor Armando Trasviña y con el profesor Moisés Coronado, hoy cronista de Baja California. Salimos por Villa Constitución y luego fuimos a la Misión de San Javier, en la Sierra, para bajar después a Loreto, en el Golfo de California.

El coche se nos descompuso. Íbamos con un chofer de origen japonés que se llamaba Jacobi.
—Se rompió el acumulador, ¿qué hacemos? —dijo Jacobi.

Se oían los coyotes; estaba oscuro, ya era noche. Pasó un camión que llevaba sal y pescado. Les dijeron que trajeran a alguien que nos ayudara. A las dos horas regresaron con unos rancheros y nos llevaron a Loreto.

—Quedé fascinado con ese viaje. La maravilla de sobrevolar el Golfo… vi ballenas, me causó asombro. Volví con el gobernador y le dije: “A partir de ahora yo voy a ser aliado de Baja California. Como trabajo en la UNAM, no le voy a cobrar ni medio centavo; nada más le pido apoyo logístico y que me reciba. Voy a estar viniendo, a menos que usted me lo prohíba”.

¿Cómo le voy a prohibir? —respondió el gobernador.

Finalmente le dije:

—Baja California es un tesoro, es una perla que México tiene que conservar. El día que podamos desalar el agua del Golfo, esto va a ser un vergel, un jardín maravilloso.

Así continuó la entrevista, que se extendió a más de cuarenta minutos cuando estaba pactada en treinta. Abierto, gustoso, apasionado de la historia, el maestro Miguel León-Portilla concluyó debido a un compromiso en la UNAM.

Accedió a una fotografía y nos despedimos para reencontrarnos el día de la ceremonia, el 24 de octubre de 2016, en La Paz, Baja California Sur.

Un 1 de octubre de 2019 me enteré de su fallecimiento. Hoy lo recordamos con orgullo y con aprecio por la oportunidad de coincidir y dialogar sobre historia, literatura, geografía y migración.

Con respeto a su memoria.

Comparto el link a la entrevista completa en Youtube…

Mi gratitud para Marco Antonio González de la Paz, compañero y amigo universitario captor y editor de las imágenes de la entrevista.

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