Morena y sus aliados: la reforma electoral que exhibe las fisuras de la 4T
La reforma electoral planteada por la presidenta de la República, particularmente en lo referente a la eliminación o reducción de legisladores plurinominales y la disminución de prerrogativas a los partidos políticos, ha vuelto a poner sobre la mesa un debate de fondo: ¿hasta dónde llega la coincidencia ideológica dentro de la coalición gobernante y dónde comienzan los intereses partidistas?
Aunque Morena ha defendido la iniciativa bajo el argumento de austeridad, representatividad y racionalización del sistema político, sus aliados históricos, el Partido del Trabajo (PT) y el Partido Verde Ecologista de México (PVEM), han marcado distancia. No se trata de una ruptura abierta, pero sí de una diferencia estratégica que revela tensiones internas en la llamada Cuarta Transformación.
Para Morena, los legisladores plurinominales simbolizan excesos del viejo régimen: cuotas partidistas, falta de vínculo con el electorado y una carga presupuestal innecesaria. Bajo esa lógica, la reforma busca devolverle legitimidad al Congreso y reducir el costo de la democracia. Sin embargo, para el PT y el Verde, los plurinominales representan algo distinto: una vía de supervivencia política y de equilibrio interno frente a la fuerza arrolladora del partido mayoritario.
El PT ha sido especialmente cuidadoso en su postura. Aunque respalda el discurso de austeridad, ha advertido que eliminar o reducir drásticamente las listas plurinominales podría afectar la representación de minorías políticas e ideológicas, una bandera histórica del partido. En el fondo, el mensaje es claro: una reforma que fortalezca aún más a Morena puede terminar debilitando a sus propios aliados.
El Partido Verde, por su parte, ha optado por una postura pragmática. Si bien no ha rechazado de forma frontal la iniciativa, ha insistido en la necesidad de un análisis técnico y gradual, consciente de que su presencia en el Congreso ha dependido, en buena medida, de los mecanismos de representación proporcional. Para el PVEM, la discusión no es ideológica, sino aritmética política.
Algo similar ocurre con la reducción de prerrogativas. Mientras Morena sostiene que los partidos deben aprender a vivir con menos recursos públicos y más cercanía ciudadana, el PT y el Verde advierten que un recorte excesivo podría generar asimetrías que, paradójicamente, beneficien al partido con mayor estructura territorial y mayor acceso a recursos alternos.
Estas diferencias no significan el fin de la alianza, pero sí evidencian un punto de inflexión: la transición de Morena de movimiento político a partido hegemónico ha cambiado la dinámica con sus socios. Lo que antes era una coalición contra el viejo sistema, hoy enfrenta el dilema de reformar ese sistema sin dejar fuera a quienes ayudaron a llegar al poder.
La reforma electoral, más allá de su contenido, funciona como un espejo incómodo. Muestra que la unidad de la 4T no es monolítica y que, cuando se tocan las reglas del juego, incluso los aliados más cercanos defienden su espacio. El verdadero reto para el gobierno no será aprobar la reforma, sino hacerlo sin fracturar la base política que la sostiene.
Porque en política, como en toda democracia, las reformas no solo se miden por sus intenciones, sino por sus efectos reales sobre el equilibrio del poder.
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