El Santo y Blue Demon dos ídolos del Pancracio que se inmortalizaron en una sencilla figura de plástico
Por Gabriel Piñón
Hay una imagen que todos los que crecimos sin pantalla la llevamos grabada en la memoria. No es una foto. Es un par de figuras de plástico que nos hicieron vivir algunos de los momentos más felices de nuestra infancia.
En ocasiones no había ring, solo bastaban esos monitos de El Santo, El Enmascarado de Plata, con su pierna izquierda al frente, puño derecho arriba a la altura de la frente, puño izquierdo cerrado contra el pecho. Por otro lado Blue Demon, en espejo, agachado, como listo para volar. Dos cuerpos que con su postura retaban al mundo.
Esa postura tiene origen, y tiene autor. Fue en 1953, en el estudio fotográfico de Humberto Zendejas en la Ciudad de México, el llamado «fotógrafo de las estrellas». Zendejas, que retrataba a María Félix y a Marilyn Monroe cuando venía a México, citó en su estudio a las dos máximas figuras del momento. No en una arena, no con público. En un cuartito con una luz y una tela de fondo.
Les dijo: «Pónganse como si fueran a pelear». Y ellos se pusieron así.
Esa imagen la de El Enmascarado de Plata y el Demonio Azul en guardia, en espejo – se volvió cartel, se volvió portada de la revista Box y Lucha, se volvió anuncio de las funciones de la Arena Coliseo de la Ciudad de México, donde esa rivalidad había nacido un año antes, en 1952, cuando Blue Demon subió a defender a Black Shadow de que El Santo le arrancara la máscara.
Décadas después, la gran fotógrafa Lourdes Grobet, la hija del Santo, documentó esa misma postura una y otra vez, ya en la Arena México, y la hizo eterna. Y el Gran Chilicas, Ceferino Gallegos, el fotógrafo del pueblo al que el propio Santo le regaló su primera cámara Retinette, también la capturó a ras de lona.
Pero la primera, fue la de Zendejas, esa imagen se hizo juguete.
A finales de los 60, en un taller del centro de la Ciudad de México, alguien tomó esa foto y la hizo molde. Plástico soplado, barato, de 2 pesos, hueco por dentro, pintado a mano, con la cara mal pintada pero inconfundible. Usó esa postura porque era la única que cabía en un juguete de 10 centímetros sin que se cayera. Con las piernas abiertas, con base. Con los puños arriba, listos para que otro monito chocara.
Así nació la figura con la que nuestra generación echo a volar su imaginación. No necesitábamos pilas. No necesitábamos instrucciones. Bastaba una caja de zapatos o bien una base de madera, cuatro clavos para los postes y unas ligas para las cuerdas. Y el ring estaba listo para la contienda. Y ahí tirados en la tierra, en el patio de la vecindad, los luchadores cobraban vida.
Uno con El Santo, El Enmascarado de Plata. Tú primo o hermano con Blue Demon. Los hacías chocar: ¡pac, pac, pac! Y con la boca creabas el ambiente de la arena.
Ese juguete valía todo porque no era solo plástico. Era la posibilidad de recrear la luchar libre con todo su espectáculo.
Hoy esa magia parece haber desaparecido, quedan en el recuerdo o en algún baúl olvidados, quizás los puedas encontrar en el tianguis, ya despintados, mordidos, con un brazo quemado por el sol. Pero para nosotros valen en nuestro recuerdo la infancia entera.
Felicitamos a quienes hacen posible este gran espectáculo de la Lucha Libre, en especial a todos los luchadores mexicanos.

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