Notas Principales

La falsedad de la igualdad de género: la honestidad y la capacidad no tienen género

Por Gabriel Piñón

Los vientos del progresismo que han recorrido el mundo en estos últimos años, promoviendo a capa y espada lo que se ha denominado «paridad de género», han dejado al descubierto una realidad ineludible: el ejercicio de un cargo público va mucho más allá de ser varón o mujer. Se trata, fundamentalmente, de capacidad y de honestidad, dos elementos indispensables para llevar de manera adecuada las tareas encomendadas.

Sin embargo, en el caso particular de México, la premisa parece ser otra. Bien lo sentenció aquel expresidente que hoy despacha (o descansa) desde su rancho en Palenque: en este gobierno, los cargos necesitan «99 por ciento de lealtad y 1 por ciento de capacidad».

Hoy vemos los funestos resultados de esa máxima en la oscura trayectoria de Guadalupe Taddei al frente del INE, donde la fórmula de quien la impuso en la silla quedó más que comprobada. Con ese 1% de capacidad y 99% de lealtad al régimen, consumó la fraudulenta elección del Poder Judicial. Avaló la mayoría calificada en la Cámara de Diputados que le otorgó a Morena la facultad —artificial y real— de modificar la Constitución a su antojo, provocando un tsunami que ha dejado a este país en manos de un grupo de ambiciosos políticos que aplican una justicia selectiva. Como bien reza la vieja máxima juarista adaptada a nuestros tiempos: «Justicia y gracia para mis amigos; justicia a secas para mis enemigos».

Embriagada por ese gran poder que le otorgó el propio Congreso de la Unión, Taddei hizo de las suyas. Se sentó en el instituto como una señora feudal, dando potestad y generando una estela de nepotismo y compadrazgos que, inevitablemente, terminaron por dejarla al descubierto. Al final del día, el sistema funciona con seres humanos de carne y hueso, llenos de virtudes y pasiones; y son estas últimas las que, mezcladas con el poder absoluto, dan resultados desastrosos.

Taddei lo está padeciendo hoy, convertida en víctima de sus propias pasiones. Entregó no solo su corazón, sino también contratos millonarios a su pareja sentimental. Esos audios y videos reveladores difundidos en redes sociales la semana pasada, protagonizados por su chofer (que resultó ser mucho más que eso), fueron la flecha que traspasó no solo sus afectos, sino su permanencia y credibilidad al frente del máximo organismo electoral.

Frente a este escándalo, hoy sale la presidenta de la república, Claudia Sheinbaum, a señalar y avalar la inminente salida de Taddei del organismo. Sin embargo, en su discurso lanzó una denuncia quejándose del «trato misógino» que se le dio a la todavía consejera presidenta, perdiendo de vista dos cosas fundamentales.

La primera: fueron las pasiones y los oscuros asuntos privados los que dieron origen al conocimiento público de los actos de corrupción dentro del INE, no su condición de mujer.

La segunda: los mexicanos llevamos en la sangre el sarcasmo y la ironía. Somos un pueblo que se ríe de sus propias penalidades; incluso nos burlamos de la muerte en nuestras tradiciones. ¿Cómo no nos vamos a reír de la tragicomedia de la vida política? No se trata en absoluto de un asunto de género ni de misoginia, se trata de una cultura del escrutinio y la sátira que quizá la presidenta, por su propio origen, no termina de comprender. En el folclor político mexicano hay una regla de oro inquebrantable: el que se lleva, se aguanta.

Y el asunto no termina ahí. Guadalupe Taddei —sí, la misma del ya célebre grito de «¡Ay, Fitooo!»— no solo deberá presentar su inminente renuncia, sino enfrentar todos los cargos que deriven de sus responsabilidades como funcionaria. Y ojo aquí: deberá hacerlo sin escudarse en su condición de mujer. La igualdad que tanto pregonan desde el poder tiene que ejercerse, primordialmente, en el estrado de la justicia. Una justicia a la que deberá presentarse, como lo establecimos en un principio, rindiendo cuentas por el peso del cargo que ostentó, no por el género al que pertenece. Así es México. Usted, ¿qué opina?

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