Las palabras talismán: los pseudo maestros de la manipulación
Por Gabriel Piñón
El filósofo y maestro Alfonso López Quintás ha advertido con lucidez sobre uno de los peligros más sutiles de la demagogia: la manipulación del hombre a través del lenguaje. En su análisis, distingue claramente entre el maestro que eleva y el manipulador que somete. Hoy, en la política mexicana, los voceros de Morena se han graduado con honores en esta segunda categoría, perfeccionando el uso de lo que López Quintás denomina «palabras talismán».
Estas palabras son vocablos dotados de un prestigio tan indiscutible que, por sí solos, descalifican a cualquiera que ose cuestionarlos. En todo conflicto, el régimen apela a la «honestidad», a la «transparencia», a la «lealtad» y a la «confianza». Lo hemos escuchado hasta el cansancio en los discursos de la presidenta Claudia Sheinbaum y, sobre todo, en el mantra inagotable de su antecesor, López Obrador, cuyo lema fundacional era «no mentir, no robar y no traicionar».
El truco es perverso pero efectivo. Tomemos como ejemplo a Guadalupe Taddei en el INE. Cuando fue designada por la vía de la tómbola, López Obrador la blindó calificándola como una mujer «honesta» e «íntegra». ¿Quién en su sano juicio podría oponerse a esos calificativos? Sin embargo, las palabras talismán se desgastan con el tiempo y con la crudeza de los actos. Como lo señale en el artículo publicado hace unos días la honestidad y la capacidad no tienen género, y la calidad de los actos es independiente de si se es hombre o mujer; los actos de corrupción terminan saliendo a la luz tarde o temprano y deben enfrentarse sin escudarse en el género. Los escándalos demostraron que los adjetivos presidenciales eran apenas un escudo discursivo vacío.
El guion de la manipulación sumó otro lamentable episodio en la mañanera de ayer, complementando perfectamente el caso. Al ser cuestionada la presidenta Sheinbaum sobre los indignantes videos donde uno de los proveedores —y aparente pareja sentimental de la funcionaria— brinda con una copa de champaña en París junto al hijo de Taddei diciéndole «París a tus pies, chamaquito», la mandataria intentó una acrobacia retórica. Primero señaló que esos actos no deben permitirse, pero en menos de lo que canta un ganso, cambió el discurso para afirmar que lo verdaderamente «imperdonable» eran los discursos misóginos en contra de la funcionaria. Ante los oscuros asuntos privados y actos de corrupción que se hicieron de conocimiento público en el INE, la respuesta desde el poder fue quejarse del trato misógino. Es decir, bajo esta óptica, parece que por el hecho de ser mujer se puede hacer lo que se venga en gana con el presupuesto del vapuleado órgano garante de la democracia, pero la sociedad no puede cuestionar los actos ni siquiera a manera de sátira. Apelan a condenar la misoginia para tender una cortina de humo sobre la corrupción, perdiendo de vista que la igualdad debe ejercerse primordialmente en el estrado de la justicia. Por la naturaleza de su cargo, Taddei debe ser juzgada con el mismo rigor legal que un varón; la rendición de cuentas debe exigirse por el peso del puesto que ostentó, sin usar como escudo protector el género al que pertenece. ¿Acaso el hecho de ser mujer la eximirá de los delitos?
Esta misma estrategia de manipulación lingüística la presenciamos recientemente con la dirigencia nacional de Morena. Durante un encuentro con los medios en Tijuana, Ariadna Montiel fue cuestionada junto con Julieta Ramírez, defensora de la 4T en Baja California. El tema: los vínculos de esta última con un personaje que la acompañó en diversas actividades partidistas y que, en un giro del destino, terminó detenido en Estados Unidos con una tonelada de marihuana.
Acorralada por los hechos, Montiel recurrió al viejo manual y lanzó su palabra talismán: afirmó tener «plena confianza» en Julieta Ramírez. Lo verdaderamente trágico, y a la vez tragicómico, fue la escena de fondo. Mientras Montiel defendía lo indefendible escudándose en la «confianza», Ramírez aparecía a cuadro dándole un trago monumental a una botella de agua, como si quisiera empujar el trago amargo del cuestionamiento a través de la garganta.
Al final, ninguna de las dos ofreció una respuesta clara, transparente ni honesta. Solo quedó flotando en el aire, repetida como un disco rayado, la palabra «confianza». Es un triste panorama para México encontrarse atrapado en el discurso de estos pseudo maestros de la manipulación, que han vaciado las palabras de su significado real para llenarlas de impunidad. Así es México. Usted, ¿qué opina?
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