Notas Principales

Mundial de Fútbol: catarsis colectiva. ¿Puede la FIFA legislar el grito desde las gradas?

El «Eeeh… Pu…» volvió a escucharse el 14 de junio en el Estadio Monterrey durante Suecia 5-1 Túnez. Dos veces en la segunda mitad. Las cámaras lo captaron. FIFA lo registra. Pero lejos del protocolo dictado desde un escritorio hay otra lectura: el grito no nació como panfleto. Nació en la cancha, en 2004, entre porras del Atlas y se volvió código de tribuna.

Puede imponerse un organismo internacional sobre expresiones muy típicas de las regiones donde se celebra el Mundial.

FIFA dicta reglas, aplica multas, amenaza con vetos. Tiene ese poder. Pero el grito va más allá de la etiqueta de discriminación. Es argot. Es el picor de una afición que en catarsis colectiva grita lo que no dice en la oficina, en la escuela, en casa. Es una descarga contra el portero, contra el minuto 90, contra todo lo vivido de manera cotidiana.

La grada siempre ha sido zona franca de códigos. Ahí el lenguaje muestra su elasticidad, se deforma, pero termina convirtiéndose en identidad. Quitarle eso es quitarle parte del ritual.

El Mundial quiere estadio limpio, pero el estadio también quiere su voz, con todo lo crudo que trae, con las expresiones que nacen de una cultura, que surgen del alma, que la reparan.

Cuando el balon se detiene en México, no solo se enfrentan equipos. Llega también la tribuna con su diccionario. Y ese diccionario no se escribe en Zúrich. México es color, es un lenguaje vivo y colorido, es folklor que va más allá de modas impuestas desde afuera. Es un grito irreverente que nace del corazón, que engalana y que hace rico el ritual en el que 22 jugadores honran la cancha y luchan por el honor de su país. Que gane el mejor bajo ese grito que en México resuena y que simboliza una catarsis colectiva.

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