Carta de Hernán Cortés a la Presidenta Claudia Sheinbaum
Señora Presidenta Claudia Sheinbaum:
Mi muy apreciada señora:
Me doy cuenta de que nuevamente trae usted mi nombre a la memoria del pueblo, aunque con intereses un tanto mezquinos. Han pasado más de quinientos años desde mi tiempo en la tierra, y mi ausencia —a causa de la muerte— me imposibilita defenderme de este juicio sumario que usted y los suyos han montado desde ese espectáculo mañanero colmado de falacias e inmundicias que hoy llaman política.
Mi tiempo fue distinto al suyo. Fui hombre de virtudes y defectos —quizá más defectos que virtudes—, pero mis propósitos distan mucho de las palabras e intenciones que usted hoy me atribuye. Fui, simplemente, un conquistador: un hombre que se atrevió a cruzar mares desconocidos en busca de nuevas tierras. Eran otras nuestras realidades. Mi liderazgo no se construyó mediante campañas políticas, tómbolas, chantajes o acordeones electorales, de esos que, según escucho desde donde me encuentro, son ya costumbre en vuestra época.
Le recuerdo que, en esos tiempos sobre los cuales usted hoy hoy pregona igualdad entre varones y damas —si me permite llamarle así—, el honor y la verdad debían ejercerse con el mismo rigor para todos. Y una dama, si en verdad se considera tal, no debería servirse de verdades a medias ni de mentirillas para acusar a un hombre de hechos que jamás presenció.
Como le dije: sólo fui un conquistador que navegó miles de leguas para arribar a esas tierras hermosas que hoy llaman México. Algunos me llamaron “patizambo”; otros, como José Fuentes Mares, “oidor de misas”. Otros más me han nombrado padre de la mexicanidad. Títulos todos que me honran y que, al final, sólo describen a un hombre de carne y hueso… igual que usted.
No pretendo juzgarla en esta carta. Mas tampoco usted está libre de sus propios pecadillos. Recuerde la traición hacia quien entonces era su esposo, Carlos Imaz, en aquellos episodios grotescos de maletines rebosantes de dinero, de los cuales terminó usted apartándose para ascender políticamente bajo la sombra de ese personaje oscuro de la historia contemporánea de su nación que hoy habita, según dicen, en alguna región de Chiapas.
A usted también la juzgará la historia. Y no serán las palabras, sino los hechos, quienes la señalen como patriota o como traidora a su patria.
No es propio de una dama llamarme asesino cuando ignora usted las realidades de mi tiempo. Aquellas guerras eran cuerpo a cuerpo; éramos apenas unos cuantos aventureros internándonos en territorios desconocidos, enfrentando pueblos que, en muchas ocasiones, eran hostiles y sanguinarios.
Hicimos lo que creíamos necesario: llevar el cristianismo y civilizar regiones dominadas por guerras floridas, sacrificios humanos y corazones arrancados del pecho para ser ofrecidos a dioses sedientos de sangre. Muchos pueblos estaban cansados del dominio de quienes gobernaban el horizonte mesoamericano.
Y, sin embargo, observo que vuestro tiempo no es menos sangriento. Dígame usted: ¿acaso su gobierno combate de verdad esa lucha fratricida que consume a su pueblo? ¿O simplemente administra el horror mientras lo justifica desde el poder?
Nosotros, con todas nuestras brutalidades, pusimos fin a aquellas ceremonias crueles. Gracias a ello fue posible avanzar hacia el norte, fundar villas y establecer comunidades que dieron origen a nuevas formas de vida y prosperidad. Beneficios que hoy usted misma disfruta.
No olvide que el palacio que hoy habita fue levantado por manos indígenas y españolas unidas. Ese edificio majestuoso —símbolo del poder que usted ejerce— es herencia de aquello que tanto critica. Usted vive rodeada de los lujos y símbolos de la época virreinal. Perdone mi franqueza: más que presidenta, pareciera usted una virreina.
Respete, pues, la memoria de los muertos y responda ante su pueblo. Ese pueblo debería sentirse orgulloso de los orígenes múltiples que le dieron vida como nación.
Desde donde me encuentro, contemplo con orgullo haber recorrido ese vasto territorio lleno de color y vida. Su nación es también, en parte, mi nación.
No culpe al pasado de las incapacidades del presente.
Gánese usted, por sus propios actos, el respeto del pueblo mexicano.
Desde la distancia de los siglos que hoy nos separan, se despide este humilde servidor de la Corona española, que luchó por el reconocimiento de lo que hoy es su país: no sólo como colonia, sino como una nación nacida de la fusión de dos estirpes que dieron origen al mestizo, al mexicano que hoy conocemos.
Quizá usted provenga de otra memoria de sangre; acaso por ello le cuesta reconocerse plenamente en esa historia.
Hernán Cortés
“El patizambo, oidor de misas”
Nota editorial:
Este texto es una creación literaria y periodística de carácter editorial. No corresponde a documentos auténticos ni a declaraciones reales de los personajes mencionados. Su propósito es reflexivo, histórico y satírico desde la ficción epistolar.

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