Notas Principales

Pedro, el lobo y la 4T

Por: Gabriel Piñón

Como en la antigua fábula del compositor ruso Serguéi Prokófiev, los gritos de advertencia han resonado durante meses. Desde los sectores críticos se ha venido anunciando la llegada de una amenaza, pero la sociedad, adormecida en su letargo, voltea hacia otro lado. Hoy, la advertencia ha dejado de ser un cuento para convertirse en una fría realidad: el Estado Mexicano ha impuesto una ley que obliga al ciudadano a registrar sus líneas telefónicas y vincularlas a su CURP.

No nos engañemos, esto no es un mero trámite administrativo ni una estrategia de seguridad ciudadana. Es la primera etapa de una maquinaria de control que culminará con la famosa CURP Biométrica. En un tiempo no muy lejano, esta medida permitirá al Estado rastrear al portador de cada línea y obtener toda su información personal. Es la bota en el cuello de la privacidad.

Pero esto es apenas la punta del iceberg. Con el registro de telefonía y la imposición biométrica, se enlaza una amenaza aún mayor: la transición obligada hacia el dinero electrónico, una medida que Claudia Sheinbaum ya ha manifestado como prioridad. Muchos aplaudirán la comodidad; pensarán que es el progreso, que la vida es más fácil con solo pasar una tarjeta. Pero no olvidemos una verdad inquebrantable: el dinero físico es uno de los últimos rostros de la libertad. El dinero exclusivamente digital no es un avance, es la cadena que nos atará, de manera invisible, a los antojos del gobierno en turno.

La presidenta lo ha dicho en repetidas ocasiones: pretende que la gasolina y las casetas de peaje se paguen únicamente con tarjeta, eliminando el efectivo. ¿Qué representa esto en el fondo? Un atentado directo contra nuestro derecho de libre tránsito. Bajo el aplaudido pretexto de regular nuestra huella de carbono, nos limitarán la cantidad de combustible y restringirán nuestra movilidad. Es decir, ya no podremos decidir a dónde queremos ir, sino a dónde el gobierno nos permita llegar. Posteriormente, esta misma lógica asfixiante alcanzará nuestra mesa: nos dictarán qué y cuánto podemos comprar en alimentos según el rastro ecológico y digital que hayamos dejado.

Y hay algo todavía más grave. En este escenario distópico, nuestro dinero digital tendrá caducidad. El gobierno —ese aparato burocrático administrado por quienes deberían ser nuestros empleados— determinará cuándo, cómo y en qué podemos utilizar el fruto de nuestro propio trabajo.

Mientras tanto, el pueblo duerme. La población actúa con la misma incredulidad de los aldeanos ante Pedro y el lobo; nadie parece dimensionar el abismo al que nos arrastran estas disposiciones. El pueblo de México, dolorosamente, no se ha caracterizado por mantener una conciencia nacional o un sentido de defensa grupal. Para decirlo con la franqueza y el dolor que nuestra realidad exige: a la gente le vale madre.

Al ver el fracaso de su convocatoria masiva inicial, víctima de la ignorancia y de esa indiferencia de pensar que el problema «está muy lejos», el gobierno decidió aplicar una de las máximas más viejas y perversas del poder: divide y vencerás. Comenzaron a abrir plazos de 15 días para ir suspendiendo las líneas de manera paulatina. El pasado 15 de agosto se venció el plazo para los números con terminación en 0; este próximo 31 de agosto caerá la guillotina sobre los que terminan en 1, y así sucesivamente. Una asfixia a cuentagotas.

A la par, la maquinaria de la manipulación hace lo suyo. De pronto, circulan imágenes de centros de atención a usuarios abarrotados. ¿Verdad o mentira? ¿Realidad o simple uso de inteligencia artificial para sembrar pánico y urgencia? No lo sabemos con certeza, pero el efecto es el mismo: el miedo como instrumento de sumisión.

Lo verdaderamente trágico de este episodio es nuestra pasividad. Nos estamos convirtiendo en víctimas de una casta política a la cual le pagamos, y le pagamos con la cuchara grande mediante nuestros impuestos. Son ellos quienes hoy nos imponen condiciones sobre nuestras libertades, como si ellos pagaran las líneas, los aparatos y los servicios.

¿Hasta cuándo meteremos la cabeza en el hoyo? ¿Hasta cuándo les pondremos un alto para exigirles que comprendan, de una vez por todas, que el pueblo es el que manda? Seguimos actuando como Pedro y el lobo, ignorando la advertencia, mientras nos sumimos cada vez más en la miseria moral y material que se hace evidente bajo las políticas de corte comunista de la 4T.

Este panorama orwelliano parece distante; sin embargo, es el lobo que nos espera si seguimos dormitando en la incredulidad y la mediocridad, ante una clase política que solo le da la razón a Thomas Hobbes: ciertamente, el hombre es el lobo del hombre.

Y todavía tienen la desfachatez de tocar la puerta de nuestras casas para pedir nuestro voto. México despierta.

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