Regreso a clases, más allá de abrir puertas
Por: La Observadora Incómoda
El próximo 31 de agosto, miles de estudiantes de Chihuahua volverán a las aulas. Volverán las mochilas, los uniformes, los cuadernos, los desayunos apresurados, los ayunos y las carreras contra el reloj.
Volverá también el tráfico.
Pero hay algo que debería volver con mucha más fuerza como lo es el cuestionarnos sinceramente si nuestras escuelas están realmente preparadas para recibir lo más valioso que pueda tener sociedad alguna: su niñez y su juventud.
Regresar a clases no significa únicamente abrir las puertas de un plantel. Significa garantizar que detrás de esas puertas exista un espacio seguro, digno y capaz de responder a las necesidades de niñas, niños y adolescentes.
Las autoridades educativas han anunciado la preparación del ciclo escolar 2026-2027 y la realización de jornadas de trabajo docente para organizar el inicio de clases. También se han anunciado protocolos para prevenir y atender situaciones de violencia y fortalecer entornos escolares seguros y pacíficos.
Y eso está bien.
Pero quizá ha llegado el momento de hacer preguntas incómodas.
¿Qué significa realmente una escuela segura?
¿Una escuela segura es aquella donde no hay violencia física?
¿O también es aquella donde un estudiante puede decir con seguridad que está siendo acosado y alguien lo escucha?
¿Es la escuela un espacio donde un adolescente puede reconocer que tiene ansiedad sin ser ridiculizado?
¿Donde un docente puede reportar una situación de riesgo sin temor a convertirse en el problema?
¿Donde las instalaciones permiten que una clase se desarrolle dignamente?
La seguridad escolar no comienza cuando llega una patrulla.
Comienza mucho antes.
Comienza en el aula, en la convivencia, en la capacidad de detectar señales de violencia, en la atención a la salud emocional y en la existencia de adultos capaces de escuchar.
Y también comienza afuera.
Porque el regreso a clases hace que las ciudades sufran una metamorfosis momentánea con el ir y venir de automóviles y transporte público. Todos queremos llegar a tiempo.
Las autoridades de Chihuahua ya preparan operativos de seguridad vial y vigilancia ante el incremento de vehículos y peatones que traerá el inicio del ciclo escolar.
Pero pensemos en algo.
Un estudiante no debería tener que convertirse en experto en sobrevivir al tráfico para llegar a estudiar.
No debemos normalizar que cruzar una avenida sea una aventura llena de riesgos y peligros.
Ni que caminar hacia una escuela implique competir con automóviles, camiones y motocicletas.
La educación se hace presente también en esos trayectos.
Y ahí tenemos otra gran deuda:
Hacer que llegar a la escuela sea tan seguro como permanecer dentro de ella.
Después, está la otra realidad que rara vez aparece en las fotografías del regreso a clases:
La de las familias.
El gasto en útiles y artículos escolares.
Uniformes.
Transporte.
Tiempo.
La organización familiar.
Los padres que día con día salen temprano de casa y deben encontrar la manera de llevar y recoger a sus hijos al centro escolar.
Y no olvidar a quienes simplemente no tienen dinero suficiente para que el regreso a clases sea una celebración.
Es en este punto donde el regreso a clases posee diversos rostros: para algunas familias el regreso representa ilusión.
Para otras, representa deuda.
Y para otras más, representa una carrera contra el tiempo.
Por eso sería insuficiente medir el éxito del regreso a clases únicamente por el número de estudiantes que acudieron a su escuela el primer día.
También deberíamos incluir en esa medición de exito algunos indicadores como:
¿Cuántos llegaron seguros?
¿Cuántos probaron alimentos antes de acudir al aula?
¿Cuántos llegaron emocionalmente preparados?
¿Cuántos encontraron a un maestro dispuesto a escucharlos?
¿Cuántos ya no regresaron después de vacaciones y los motivos de su ausencia?
La escuela es más que un edificio…
Es uno de los pocos lugares donde una sociedad puede intentar corregirse a sí misma, formando nuevos ciudadanos con valores y principios.
Ahí aprendemos matemáticas, historia y literatura.
Pero también un punto central: aprendemos a convivir, a socializar mediante el respeto, el desarrollo del pensamiento crítico que nos lleva a cuestionar, pero también a pedir ayuda y a defender nuestros derechos.
Por eso el regreso a clases debería ser mucho más que una fecha en el calendario.
Debería ser una oportunidad para preguntarnos qué tipo de escuelas queremos y, sobre todo, qué tipo de sociedad estamos construyendo dentro de ellas.
Porque una escuela puede tener salones, pizarrones y computadoras. Pero si un estudiante tiene miedo de regresar al aula, algo muy seguramente está fallando.
Y si un maestro llega agotado, sin herramientas suficientes y con miedo de hablar, algo también está fallando.
El verdadero regreso a clases no ocurrirá cuando suene la primera campana.
Ocurrirá cuando cada estudiante pueda entrar a su escuela con la certeza de que ahí tiene derecho a aprender, a sentirse seguro y a ser escuchado.
Ese debería ser nuestro verdadero propósito.
No solamente abrir las puertas y registrar un número. Si no asegurarnos de que esas puertas abiertas sean símbolo de esperanza y sueños posibles para quienes acuden a ella.
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