Notas Principales

El maíz, bloqueos y la dignificación del campo mexicano

Por Mar Roxo

El maƭz ha pasado de la mesa del mexicano a las maƱaneras del actual gobierno. Hoy, su precio y su dignidad se disputan en las carreteras y en las tribunas del poder, mientras el gobierno parece olvidar que sin campesinos no hay paƭs.

Politizar el movimiento campesino por la dignificación del precio del maĆ­z y del sorgo es lastimoso, pero mĆ”s lastimosa resulta la actitud de la presidenta ā€”ā€œcon A de maĆ­zā€ā€” Claudia Sheinbaum, al abordar el tema durante el ritual maƱanero de este dĆ­a.

Los campesinos hablaron claro: no se van a dejar. Y es necesario que el gobierno, a través de la inoperante figura del secretario de Agricultura y Desarrollo Rural, Julio Berdegué, atienda las demandas de quienes hacen posible que, todos los días, en la mesa de millones de familias, se sirvan alimentos derivados del maíz. Si no se entiende el impacto que este grano tiene en nuestra cultura y en nuestra alimentación, uno se pregunta qué estÔn haciendo quienes dirigen los organismos federales. Peor aún: fomentan la importación de maíz extranjero y someten a precios de miseria al maíz mexicano.

Los reclamos legítimos no son escuchados; por el contrario, son manipulados, muy al estilo de la Cuarta Transformación.

Desafortunadamente, Sheinbaum ya definió su lado en esta historia: el de las empresas que lucran y se hacen multimillonarias con el batallar de miles de hombres y mujeres que arrancan con sacrificio el fruto del campo mexicano.

Grave error político es afirmar que quienes mantienen los cierres carreteros persiguen intereses partidistas. ¿Desde cuÔndo exigir una retribución justa por el fruto del trabajo es un movimiento político? La necesidad se ve en el campo, en el rostro y en las manos del campesino que lucha por sobrevivir cada día. Si no es la sequía, es la delincuencia organizada, los coyotes, las grandes empresas que compran a precios de hambre el grano o de plano un gobierno insensible.

El maíz no tiene precio: tiene valor. Y ese valor lo dan las miles de manos campesinas que se llagan al arrancar el fruto de la tierra. Tontamente, el gobierno no ha dimensionado que puede jugar y lastimar a cualquier sector, pero no al campesino: con él, es una maniobra atrevida, es como jalarle la cola al león.

En mi experiencia como reportero, presencie enfrentamientos entre campesinos y «representantes del orden», el resultado pueden consultarlo en medios, y claro que no es plausible que este problema escale a estos extremos, porque quienes se enfrentan al fin son mexicanos, como usted y como yo, son padres de familia, hijos, abuelos y nietos.

Mientras quienes deben decidir se frotan las manos, viven como reyes y virreyes, sƭ como esos que tanto mencionan y odian e inclusive exigen disculpas, y un pueblo que vive pensando en que comerƔ maƱana y que las disculpas le importan poco.

Para el campesino, la tierra es sagrada, la venera cada día. Su ritual comienza con la salida del sol: une su espíritu en un sincretismo que abona la tierra, con anhelos y sueños, con esperanza que no solamente de bienestar a sus familias y comunidades, sino de la nación entera. Repite en cada jornada una oración antigua y silenciosa que solo la tierra entiende.

Pero el gobierno prefiere aplicar un viejo dicho popular que, a la letra, dice: ā€œA chillidos de marrano, oĆ­dos de matanceroā€. Cierran oĆ­dos y ojos para no ver el lastimoso estado del campo mexicano, pero abren la boca para vilipendiar a todo aquel que no coincide con sus errĆ”ticas medidas y polĆ­ticas económicas. Lastiman a quien produce riqueza y reparten dinero a manos llenas a quienes no producen absolutamente nada. Una gran parte del pueblo de MĆ©xico se ha convertido en sector dócil, mudo y ciego, en un pueblo que no ha comprendido que el queso jamĆ”s serĆ” gratis: habrĆ” que pagarlo, y con creces.

Dinero a cambio de un estancamiento económico; dinero que lleva a este país a un oscuro túnel del cual habremos de salir pagando no solo con dinero, sino con miseria, dolor y llanto. Pregúntele al ratón que cae en la ratonera si valió la pena arriesgarse por el trozo de queso.

Defendamos el campo mexicano, al campesino, a quien produce los alimentos que usted ha disfrutado en su mesa el dĆ­a de hoy.

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