El Cerro del Coronel como sÃmbolo de los Chihuahuenses
Por Gabriel Piñón
Nacà aquÃ, crecà aquà y aquà aprendà a mirar el horizonte. Y en ese horizonte siempre estuvo él.
Lo caminé de niño, lo escalé una y otra vez. Subà por sus laderas, recorrà sus caminos y lo observé desde prácticamente todos los ángulos posibles. Hoy permanece ahÃ, como ha permanecido durante generaciones. Algún dÃa me iré y el Cerro del Coronel seguirá ahÃ, vigilando desde las entrañas de esta tierra a mi querida ciudad de Chihuahua.
Hoy, a mis más de 50 años, sigo observándolo desde la ventana de mi casa, la misma postal que fascinaba y que tanto valoraba mi madre en vida. Le encantaba sentarse y admirar desde aquella ventana este hermoso Cerro, contemplarlo quizá sin imaginar que para mÃ, con el paso de los años, terminarÃa convirtiéndose en mucho más que un paisaje, es parte de mi horizonte cotidiano, con él se entretienen las nubes y en ocasiones he notado su ausencia con las neblinas del invierno, es un vecino silencioso con quien comparto el recuerdo de quienes ya no están.
Muy seguramente mis hijos y mis nietos podrán seguir observándolo desde el horizonte, como yo lo hice. El Cerro del Coronel no es solamente una elevación de tierra y roca. Es parte de nuestra memoria.
Mi abuelo arañó sus entrañas. En aquellos años, de los bancos de barro sacaba material para elaborar adobes, ayudándose con sus manos y sus pies. Mi padre, muchos años después, lo volvió a tocar, pero de otra manera: construyó en su cima la primera caseta que hubo en ese lugar, por encargo de la Junta Municipal de Agua y Saneamiento. Y sÃ, nosotros participamos en aquella obra que parecÃa imposible.
Tal vez entonces no tenÃamos plena conciencia de lo que significaba intervenir aquel macizo que se levanta en medio de nuestra ciudad. Eran otros tiempos. Las necesidades eran diferentes y nadie imaginaba que, décadas después, tendrÃamos que preguntarnos si el crecimiento de Chihuahua terminarÃa por devorar sus propios sÃmbolos.
El Cerro del Coronel ha sido cercenado poco a poco. Primero fueron las ocupaciones en algunas de sus faldas. Después llegaron los acuerdos, los intereses económicos, las decisiones polÃticas y el crecimiento urbano. Y ahora observamos nuevamente cómo sus laderas son intervenidas para dar paso a nuevos desarrollos habitacionales.
Y aquà es donde uno, como ciudadano pregunta:
¿Hasta dónde debe crecer la ciudad?
No soy ingeniero civil. Tampoco soy topógrafo ni especialista en desarrollo urbano. Pero hay algo que sà soy: un ciudadano que conoce ese cerro y que ha aprendido a observarlo durante toda su vida.
Y desde esa mirada surge una preocupación que considero legÃtima.
Las laderas de un cerro no son cualquier terreno. En ellas existen pendientes, escurrimientos naturales y cauces que durante buena parte del año pueden permanecer secos, pero que cuando llegan las lluvias pueden convertirse en verdaderos arroyos. Y surgen preguntas:
¿Se han realizado los estudios necesarios?
¿Se ha determinado con absoluta certeza que esos terrenos son seguros para quienes habrán de vivir ah�
¿Se ha estudiado qué ocurrirá con los escurrimientos naturales cuando el concreto, las calles y las construcciones modifiquen el comportamiento del agua?
¿Y qué sucederá con el propio Cerro del Coronel?
Porque una cosa es que Chihuahua crezca. Otra muy distinta es que para crecer tengamos que destruir aquello que nos identifica.
El Cerro del Coronel forma parte de una postal que los chihuahuenses reconocemos inmediatamente. Junto con el Cerro Grande y el Cerro de Santa Rosa, constituye parte de esa geografÃa que ha acompañado la historia de nuestra capital.
Son nuestros cerros. Son parte de nuestra identidad. Y por eso creo que vale la pena detenernos a pensar si todo tiene un precio.
¿Acaso no existen otros espacios donde puedan construirse viviendas?
¿Es indispensable llegar hasta las laderas del Cerro del Coronel?
¿Dónde termina el derecho legÃtimo de una ciudad a desarrollarse y dónde comienza la obligación de proteger su patrimonio natural y paisajÃstico?
No se trata de oponerse al desarrollo. Chihuahua necesita vivienda, infraestructura y crecimiento. Pero desarrollo no deberÃa significar necesariamente destrucción.
Una ciudad inteligente no es aquella que construye hasta el último rincón disponible. Es aquella que sabe dónde construir, dónde conservar y qué cosas no puede darse el lujo de perder.
Por eso hoy no hablo como periodista. Hablo como chihuahuense. Como aquel niño que alguna vez subió el Cerro del Coronel sin imaginar que muchos años después estarÃa escribiendo sobre la necesidad de defenderlo.
Como nieto de un hombre que extrajo barro de sus entrañas para hacer adobes. Como hijo de quien con sus manos construyó aquella primera caseta en su cima. Y como padre y abuelo que quisiera que las siguientes generaciones pudieran mirar el mismo horizonte que yo contemplé durante toda mi vida.
El Cerro del Coronel no debe estar disponible para quien tenga el dinero suficiente para comprar un pedazo de sus laderas, ni para quien desde un escritorio determine que un proyecto habitacional vale más que un sÃmbolo de nuestra ciudad.
Los cerros no tienen voz para acudir a una oficina, presentar un escrito o detener una maquinaria. Nos toca a nosotros como Chihuahuenses levantar la voz y salir en su defensa.
¿Usted qué opina?









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