En política la lealtad también tiene un precio
Por Gabriel Piñón
Hay palabras que en la política mexicana parecen haber perdido valor. Una de ellas es la lealtad.
En tiempos en los que la política se ha convertido en una carrera de posiciones, candidaturas, encuestas, acomodos y reacomodos, la lealtad parece una virtud incómoda. Se habla de equipos, de proyectos y de intereses, pero pocas veces de permanecer al lado de quien depositó en uno la confianza cuando las circunstancias dejan de ser favorables para las aspiraciones personales.
Resulta interesante lo ocurrido en Chihuahua entre la gobernadora María Eugenia Campos y el secretario de Seguridad Pública, Gilberto Loya.
Loya había logrado colocarse en el escenario político rumbo a 2027. Su nombre comenzó a aparecer como una de las cartas del PAN para la gubernatura y él mismo había reconocido su interés por participar en el proceso.
Pero el mensaje de la gobernadora después del encuentro sostenido con el secretario parece haber cambiado el tablero: Gilberto Loya permanecerá al frente de la Secretaría de Seguridad Pública hasta el término de la actual administración.
No fue necesario decir que Loya quedaba fuera de la contienda. En política, muchas veces no hace falta decirlo.
La imagen del encuentro también habla por sí sola. La gobernadora sentada detrás de su escritorio y Loya frente a ella. No en la sala, no en un encuentro abierto, no en una reunión protocolaria. En el espacio reservado para quien ejerce el poder y toma las decisiones.
Puede ser simplemente una fotografía circunstancial. Pero en política, los símbolos son fundamentales y marcan directrices “primero está la responsabilidad encomendada y después la aspiración personal”.
Loya es ingeniero de profesión, pero policía por vocación. Su trayectoria se ha construido en las instituciones de seguridad y durante los últimos años ha sido uno de los rostros más visibles de la estrategia de seguridad de Chihuahua.
La gobernadora pudo haber considerado que, en este momento, prescindir de él representaría un costo demasiado alto para la estrategia que ha venido construyendo. También pudo haber considerado que la Secretaría de Seguridad no puede convertirse en plataforma electoral antes de que termine su administración. O simplemente pudo haberle pedido algo que en la política contemporánea parece cada vez más difícil: disciplina.
Aquí aparece el verdadero valor de la lealtad. En política se suele decir que no existen amigos, sino intereses. La frase es vieja y, en buena medida, explica buena parte de lo que hemos visto en México. Funcionarios que renuncian a sus convicciones de partido, políticos que chapulinean, antiguos adversarios que de pronto se convierten en aliados entrañables y compañeros de proyecto que se distancian cuando dejan de compartir beneficios
Precisamente por eso, cuando alguien decide permanecer en el lugar que le fue confiado, aunque ello implique postergar una aspiración personal, el gesto adquiere otro significado.
La disciplina de Loya puede ser leída como una señal de lealtad hacia la gobernadora, pero también hacia la institución que encabeza y hacia la responsabilidad que asumió.
En un país donde demasiados funcionarios comienzan a hacer campaña mucho antes de que comiencen oficialmente los procesos electorales, recordar que primero se debe cumplir con el encargo público resulta un acto de coherencia entre el decir y el hacer.
Maru Campos, gobernadora, muy seguramente tuvo que realizar una lectura que permita estabilidad en la recta final de su administración. Si decidió mantener a Loya hasta el término de su administración, da muestra de que valora el trabajo realizado al frente de la Secretaría de Seguridad Pública y que considera que su permanencia es importante para la estrategia estatal.
La gobernadora con esta decisión da muestra de lealtad, dejando un claro ejemplo de que la lealtad no solo se exige de abajo hacia arriba sino también de arriba hacia abajo.
Un gobernante que exige disciplina a sus colaboradores debe reconocerla. Un funcionario que entrega resultados debe saber que su trabajo es valorado. Y cuando existe confianza entre ambas partes, el proyecto puede estar por encima de las ambiciones personales.
En este escenario, para Gilberto Loya se abren nuevos derroteros que definirán su destino político. En el Congreso del Estado se encuentra sobre la mesa la discusión para dotar de autonomía a la Fiscalía General del Estado, una reforma que modificaría sustancialmente el actual esquema de designación y relación con el Poder Ejecutivo.
Actualmente, el gobernador propone al titular de la Fiscalía y el Congreso debe aprobarlo. Las iniciativas que se han planteado buscan avanzar hacia un modelo en el que la Fiscalía tenga mayor autonomía respecto del Ejecutivo.
¿Podría Gilberto Loya encontrar ahí una nueva ruta?
No sería descabellado pensarlo, aunque hoy debe plantearse solamente como una posibilidad, no como un acuerdo o una decisión tomada.
Si la reforma prospera y la Fiscalía adquiere autonomía, el perfil de quien llegue a ocuparla tendrá que responder a una lógica distinta. Ya no se trataría solamente de la cercanía con el Ejecutivo, sino de acreditar experiencia, capacidad, resultados y conocimiento de la seguridad y la procuración de justicia.
Loya podría llegar a ese escenario con algo que no se construye en una campaña electoral: experiencia acumulada al frente de la seguridad pública del estado.
De ahí que la decisión de permanecer hasta el final de la administración no necesariamente tenga que interpretarse como el final de su carrera política.
Podría ser, incluso, una etapa de consolidación. Hoy la gobernadora parece decirle: quédate a cuidar Chihuahua.
Y quizá, paradójicamente, al quedarse esté construyendo los argumentos para ocupar mañana otra posición de mayor autonomía y responsabilidad.
En política nunca hay que confundir una puerta cerrada con el final del camino. En política saber esperar también es un arte.
Ante esta decisión, aparece también otro protagonista de esta historia: Marco Bonilla. El alcalde de Chihuahua que continúa siendo uno de los perfiles más visibles dentro del PAN rumbo al 2027. La salida de Loya, si finalmente se confirma como una retirada de la contienda, modifica necesariamente el tablero interno del panismo.
Pero todavía faltan algunos meses para la elección. Lo ocurrido no significa que Gilberto Loya haya desaparecido del horizonte político chihuahuense. Al contrario. Puede ocurrir algo paradójico: que la decisión de permanecer al frente de Seguridad termine fortaleciendo su imagen.
Porque hay momentos en que una candidatura se construye haciendo campaña y otros en los que se construye demostrando que uno sabe esperar. Quizá esa sea la lección más interesante de este episodio, una de lealtad y disciplina.
La política moderna nos ha acostumbrado a políticos que parecen estar permanentemente pensando en la siguiente posición. Hoy ocupan un cargo, pero ya están mirando el siguiente. Llegan a una secretaría y comienzan a medir encuestas. Asumen una responsabilidad pública y de inmediato construyen su candidatura.
Por eso la lealtad se ha convertido en un valor escaso. Y los valores escasos, precisamente por serlo, adquieren mayor valor. Es una regla universal.
A Gilberto Loya le corresponde ahora hacer aquello para lo que fue designado: cuidar Chihuahua. La gobernadora parece haberle enviado ese mensaje. Y él, al menos por ahora, parece haber entendido que hay momentos para aspirar y momentos para servir.
Quizá la política todavía pueda recuperar algo de aquello que alguna vez la hizo digna: entender que el poder no es solamente llegar a un cargo, sino demostrar que se merece la confianza que permitió llegar hasta él.
Tal vez ayer no vimos a Gilberto Loya abandonar una candidatura. Tal vez vimos a un político aceptar que todavía no es su momento.
La lealtad también se mide cuando una persona acepta que el proyecto al que sirve está por encima de su propia aspiración.
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