Notas Principales

Asesores en crisis y comunicación social: decir lo que el funcionario no quiere escuchar pero debe saber.

Por Gabriel Piñón

En la vida pública hay una figura que suele pasar desapercibida cuando todo marcha bien, pero que se vuelve determinante cuando las cosas se complican: el asesor. Particularmente, el asesor en comunicación social y manejo de crisis.

Su labor no es menor. No solos de se trata de redactar boletines, organizar eventos o administrar agendas mediÔticas. Se trata de algo mÔs profundo: traducir la realidad, incluso la mÔs incómoda, para que quien toma decisiones lo haga con información clara, oportuna y, sobre todo, verdadera.

Sin embargo, en MĆ©xico —y en muchos espacios de gobierno— esta función se ha desvirtuado. Los equipos de asesorĆ­a, en no pocas ocasiones, se integran por compadrazgos, amistades o pagos de favores polĆ­ticos. Y ahĆ­ comienza el problema.

Porque un asesor que llega por cercanĆ­a y no por capacidad, lejos de ayudar, estorba.
El funcionario que se rodea de personas que solo asienten, que validan todo sin cuestionar y que temen contradecir, se condena a sí mismo a operar en una burbuja. Una burbuja peligrosa, donde la percepción sustituye a la realidad.

La comunicación social es una disciplina compleja. Se aprende en el aula, sí, pero también en la calle, en el contacto directo con los hechos, en el ejercicio cotidiano de la función pública. No basta con sentarse detrÔs de un escritorio, dar órdenes de manera autoritaria y asumir que eso es suficiente.
Peor aĆŗn: hay quienes creen que su equipo estĆ” para confirmar que siempre tienen la razón. Ese es uno de los errores mĆ”s comunes —y mĆ”s costosos— del servicio pĆŗblico.

El verdadero asesor no estĆ” para aplaudir. EstĆ” para advertir. Para incomodar si es necesario. Para decirle al funcionario lo que no quiere escuchar, pero necesita saber.

Porque las crisis no se maquillan. Se enfrentan. Y se enfrentan de frente: con verdad, sin matices innecesarios. Al final, los hechos siempre salen a la luz. Intentar suavizarlos o distorsionarlos solo retrasa lo inevitable y agrava las consecuencias.

Hay anƩcdotas que ilustran bien esta diferencia. Y quizƔs este ejemplo es simple, pero sirve para ilustrar la importancia del asesor en el ejercicio del poder.

En alguna ocasión, un grupo de colaboradores —mĆ”s cercanos a la complacencia que al anĆ”lisis— propuso organizar las ya conocidas carreras de colores. Eventos vistosos, atractivos en lo visual, ideales para la fotografĆ­a y la promoción.

Todo parecía perfecto. Pero alguien, desde una visión mÔs técnica, puso sobre la mesa lo que otros omitían: los polvos o cÔpsulas utilizados en estas actividades pueden representar riesgos para la salud, especialmente al ser inhalados; ademÔs, en ocasiones son lanzados con dispositivos o pistolas a presión que pueden impactar zonas sensibles del cuerpo y causar lesiones. A ello se suma lo que coloquialmente se conoce como la Ley de Murphy: si algo puede salir mal, eventualmente saldrÔ mal.

Entonces la pregunta de fondo es inevitable: ¿vale mÔs el impacto mediÔtico y el marketing del evento, o la integridad de quienes participan?

El funcionario escuchó. Analizó. Y decidió.

La carrera se llevarĆ­a a cabo, sĆ­, pero en un formato tradicional, sin exponer a riesgos innecesarios a los participantes.

El resultado: un evento exitoso, sin contratiempos, que cumplió su objetivo de fomentar la convivencia.

Esa es la diferencia que marca un buen proceso de asesorĆ­a: la escucha.

Escuchar no es un acto pasivo. Es, probablemente, la herramienta mÔs poderosa en la toma de decisiones. Permite contrastar, evaluar, corregir y, en última instancia, actuar con mayor responsabilidad.

La historia reciente también ofrece ejemplos de lo contrario: decisiones que, aun con buenas intenciones, terminan en tragedia por falta de anÔlisis, por omisión o por soberbia.

Casos que recuerdan que no basta querer hacer el bien, hay que saber cómo hacerlo. En ese contexto, los líderes necesitan mÔs que nunca equipos sólidos. Asesores que aporten criterio, experiencia y, sobre todo, honestidad intelectual.

Porque no se trata solo de comunicar, sino de sostener institucionalmente una postura en medio de la presión.

Hoy mÔs que nunca, hacen falta buenos asesores. Profesionales que entiendan que su lealtad no estÔ en complacer al jefe, sino en servir al interés público a través de la verdad.

Porque al final del día, un funcionario puede equivocarse. El error es un factor humano, todos nos equivocamos, el detalle estÔ en el cómo asumes el error.

Cuando aunado a la equivocación se da silencio por complacencia o por incapacidad, el costo no lo paga solo el funcionario. Lo paga toda la sociedad.

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