La higuera entre sabiduría y el augurio de malos tiempos, una flor convertida en fruto delicia de humanos, aves y e insectos
Por Gabriel Piñón
La higuera es una planta singular que cruzó un océano traída por los españoles adaptándose perfectamente al clima de ciertas regiones del país, Chihuahua es uno de esos espacios en los que durante primavera y verano reverdece para posteriormente dar vida a esos bulbos verdes que conforme avanza la calor se maduran y toman un color morado oscuro.
Para algunas culturas es símbolo de sabiduría, para otras de mal augurio. Hace algunos ayeres, mi padre planto una pequeña vara de la cual brotaron hojas verdes y posteriormente frutos, de eso hace ya más de 20 años, la higuera es símbolo de resistencia a los climas inhóspitos de esta tierra.
Mi padre la cuido con esmero. Antes de partir, hace poco más de 11 años, encargó seguirlo haciendo. Y aquí sigue. Adaptada al páramo chihuahuense albergando a esas verdes cotorras que llegan cada tarde a disputarse los higos maduros.
La higuera carga siglos de cuentos, leyendas y mitos. Bajo una higuera, Buda alcanzó la iluminación. Por eso en Oriente es árbol de sabiduría. Pero en Roma, la Ficus Ruminalis donde la loba amamantó a Rómulo y Remo se secaba, era presagio de desgracia. En el Génesis, Adán y Eva se cubrieron con sus hojas tras probar el fruto prohibido, en el cristianismo la higuera es símbolo de sabiduría y vergüenza.
Aquí, en Chihuahua, la higuera es otra cosa: es resistencia. El desierto no es su lugar. Pero se adaptó, como las cotorras que ahora la habitan. Y no solo ellas. Llegan chileros, carpinteros, gorriones, aves coloridas de todos tamaños. Es un aeropuerto de alas que se desplazan de rama en rama, este año no la han visitado los mayates, esos insectos con antenas de colores verdes y amarillos que solían también disfrutar de la flor que eclosiona hacia dentro convirtiéndose en fruto.
Cada higo que cae alimenta a alguien. Cada rama guarda conversaciones y sueños que mi padre compartió cuando con sus manos construía nuestra casa y nuestro futuro.
La higuera que fue plantada hace siglos en la zona del Bajío, en huertas, en patios, migro al norte. La mía es herencia. Se cuida, porque cuidar ese bello y enorme árbol es cuidar y preservar la memoria de quien lo sembró.
Hoy volví a recoger higos. Las cotorras protestaron desde arriba. Mi madre, una de mis hijas y una de mis nietas sonríen cuando los disfrutan. Hoy entendí que algunos sus frutos reviven el recuerdo de nuestros seres queridos…

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