La pregunta no es ¿quién gobierna, sino hasta dónde puede gobernar?
Por Mar Roxo
La libertad no se construye con discursos, necesita instituciones, leyes, jueces y ministros responsables, prensa libre y controles al poder: Benjamín Constant
Hace más de dos siglos, Benjamín Constant lanzó una advertencia que a pesar del pasar del tiempo incomoda a quienes se apropiaron de la política moderna, centrada en el hecho de que aunque el poder venga del pueblo no significa que se pueda hacer todo.
Una vez concluida la Revolución Francesa, Constant se pregunta ¿Cómo evitar que una revolución hecha en nombre de la libertad termine produciendo terror, arbitrariedad y concentración del poder?
En la búsqueda de una respuesta, el pensador señala no basta con preguntar ¿quién gobierna, sino hasta dónde puede gobernar? convirtiendo estas preguntas en una de las bases del liberalismo constitucional moderno.
Este autor, plasma en su obra Principios de Política que es fundamental el concepto de “Soberanía Popular” sin embargo lanza una advertencia “la soberanía del pueblo no puede convertirse en soberanía ilimitada, porque si una mayoría puede invadir la conciencia, castigar a inocente silenciar opiniones o destruir garantías individuales, entonces ya no importa si el poder viene de un rey, de una asamblea o de una elección”.
“El abuso sigue siendo abuso”, por lo que para Constant existe una parte de la vida humana que debe quedar fuera del poder político, la religión, la expresión, la opinión, la propiedad personal y las garantías judiciales no son regalos del gobierno, son límites para quien gobierna.
Para ello escribe una frase “Hay una parte de la vida humana por naturaleza que es individual e independiente, ese es el corazón de su pensamiento, la política importa pero no puede absorber toda la vida”.
“La libertad no se construye con buenos discursos, la libertad necesita instituciones, necesita leyes, jueces, procedimientos, ministros responsables, asambleas representativas, prensa libre y controles al poder” enfatiza Constant.
Esa idea parece sencilla, pero encierra una de las grandes discusiones de la democracia: ¿la mayoría tiene un poder absoluto por el simple hecho de ser mayoría? Constant respondió que no. Para él, incluso la soberanía popular debía tener límites, porque un gobierno que no reconoce fronteras puede terminar convirtiendo la voluntad del pueblo en una herramienta para justificar cualquier exceso.
La historia política está llena de ejemplos donde los gobiernos han usado el nombre del pueblo como una fuente de autoridad incuestionable. La fórmula es conocida: “nosotros representamos al pueblo, por lo tanto, quien nos critique está contra el pueblo”. Es precisamente ahí donde nace un gobierno despótico, que a nombre del pueblo dice poseer siempre la razón.
En México, el discurso de la llamada Cuarta Transformación ha colocado al pueblo como el centro de su legitimidad política. La frase de que “el pueblo manda” se ha convertido en una de las ideas más repetidas del movimiento. Pero es necesario cuestionar ¿quién o quiénes se erigen como ese oráculo que interpreta la voluntad del pueblo? y ¿quién o quiénes ponen límites al poder cuando asegura actuar en su nombre?
El problema no es reconocer la importancia de la ciudadanía. El problema aparece cuando una fuerza política cree haber recibido un mandato moral superior y, bajo esa idea, considera que los contrapesos, las instituciones o las críticas son simples obstáculos.
Una democracia no funciona solamente porque haya elecciones. También funciona porque existen reglas, división de poderes, transparencia, rendición de cuentas y una oposición que puede cuestionar al gobierno sin ser considerada enemiga.
Cuando un gobierno afirma que sus decisiones son legítimas porque fueron tomadas “en nombre del pueblo”, pero al mismo tiempo minimiza sus propios errores, descalifica cuestionamientos o pretende reducir la crítica a intereses particulares, renace la preocupación de Constant: la posibilidad de que la soberanía popular se transforme en una soberanía sin límites.
El discurso de “no mentir, no robar y no traicionar al pueblo” nació como una promesa ética. Pero esas palabras pierden significado si se convierten únicamente en una herramienta política para acusar al adversario y no en una exigencia que pudiera mejorar las acciones de quien gobierna.
Debe quedar claro que el pueblo no es un partido, no es un movimiento, no es una estructura de poder. El pueblo es mucho más amplio: incluye a quienes votaron por un gobierno y a quienes no lo hicieron; a quienes apoyan y a quienes cuestionan, el pueblo es todos y cada uno de los integrantes de una nación sin importar color, religión o preferencia política.
Benjamín Constant dejo en su legado de hace más de dos siglos “el mayor riesgo para la libertad no siempre viene de quienes rechazan la voluntad popular, sino de quienes aseguran tener el monopolio de esa voluntad”.
La democracia necesita gobiernos fuertes, sí, pero no gobiernos sin límites. La conclusión es más que evidente ya que cuando el poder cree que puede hacerlo todo en nombre del pueblo, termina olvidando la lección más importante: el poder existe para servir a la sociedad, no para sustituirla”.
Poner el nombre del pueblo en la boca, va más allá de simples y llanos discursos, va en un auténtico bienestar físico, mental, espiritual, económico y político de cada individuo que integra el Leviatán de Hobbes.

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