La sociedad del vaso lleno
Por Gabriel Piñón
Hace unas semanas, en medio del bullicio de una avenida de mí ciudad, la marcha de los autos se detuvo abruptamente por una escena que, lamentablemente, se ha vuelto cotidiana. Un joven motociclista le había cerrado el paso a una camioneta conducida por un adulto mayor. En otras épocas, esto habría terminado en un frenazo brusco y, quizá, un intercambio de sonidos de claxon. Pero hoy la respuesta a estos exabruptos callejeros ha cambiado.
El joven detuvo su motocicleta por completo, se bajó, se quitó el casco y caminó directamente hacia la ventana de la camioneta. Sin mediar palabra ni dar tiempo a ninguna explicación, comenzó a agredir al conductor que aún permanecía aferrado al volante. Le asestó dos o tres golpes directos, dio media vuelta, se subió a su moto y desapareció tragado por el tráfico, dejando atrás a un hombre aturdido y a decenas de testigos mudos.
¿Qué lleva a una persona a golpear a otra por un simple percance de tránsito? ¿Qué nivel de furia se necesita para que la primera reacción ante un error vial sea la violencia física de un desconocido que luego se laza a la huida?
La respuesta no está en lo complejo del tráfico, ni en la pericia al volante, y mucho menos en el incidente en sí. El cierre de circulación puede no ser el verdadero motivo de la agresión; si no en una la válvula de escape.
Bienvenidos a la sociedad del vaso lleno.
Este desbordamiento colectivo no es una simple percepción urbana, sino un fenómeno estudiado por la ciencia. En la psicología clínica, los investigadores Brabban y Turkington desarrollaron el Modelo del Cubo de Estrés (Stress Bucket Model). Ellos explican que todos cargamos un recipiente emocional que se va llenando con las presiones diarias y, si carecemos de «grifos» o mecanismos saludables para drenar esa tensión, el recipiente invariablemente se desborda, detonando crisis de ansiedad o violencia impulsiva.
A nivel biológico, este colapso tiene un nombre: carga alostática. El neurocientífico Bruce McEwen introdujo este concepto para describir el brutal desgaste fisiológico acumulado que sufre el cuerpo cuando se expone de manera reiterada a amenazas continuas, como la inestabilidad económica y las exigencias urbanas. El sistema de alerta de los ciudadanos se queda atascado en «encendido», agotando la reserva adaptativa y dejando al organismo sin margen de tolerancia para procesar estímulos estresantes mínimos, como un semáforo, un cruce erróneo en una avenida o el simple sonido de un claxon.
Finalmente, la raíz de esta saturación la explica el filósofo Byung-Chul Han en su aclamada obra La sociedad del cansancio. Han diagnostica que hoy vivimos bajo la tiranía del rendimiento y la autoexigencia internalizada. Esta presión constante nos lleva a un agotamiento psíquico tan profundo que destruye nuestra empatía. Salimos a la calle tan cansados que dejamos de ver a los demás como seres humanos y comenzamos a verlos como obstáculos.
Hoy transitamos por las calles en un estado de hiperreactividad crónica. No importa si somos peatones, motociclistas, conductores de tráiler, amas de casa u oficinistas de a pie; un roce en la fila del supermercado, una mirada malinterpretada o un semáforo en amarillo son suficientes para desatar una psicosis colectiva. La realidad es cruda: no estamos peleando por la última gota de agua que cayó, estamos explotando a golpes porque nuestro vaso ya estaba lleno desde antes de salir de casa o de nuestro centro de trabajo, y ya no tenemos espacio emocional para contener absolutamente ni una emoción más.

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