Naranja sin semillas
Por Gabriel Piñón
Hace unos momentos disfrutaba de un fruto cotidiano, una naranja, pero con una particularidad que hoy se ha vuelto algo de lo más común: era una naranja sin semillas. La primera reacción suele ser celebrar la comodidad de no tener que lidiar con las fastidiosas pepitas, pero un segundo pensamiento arroja una sombra inquietante. Si le arrebatamos la semilla a la fruta, ¿dónde queda la continuidad de los futuros naranjos? Anular la capacidad de dar vida por mera conveniencia nos obliga a cuestionarnos hasta dónde estamos llegando como humanidad. Parece que nos acercamos peligrosamente al famoso principio de Peter, alcanzando nuestro nivel máximo de incompetencia, donde por buscar el confort absoluto estamos esterilizando nuestro propio futuro.
Hace unos años tuve la oportunidad de conocer y entablar amistad con un gran investigador de la Universidad Autónoma de Chihuahua (UACH), mi estimado Dr. Armando Segovia Lerma. Él fue el artífice de una de las primeras patentes para la universidad con la cebolla Mariana UACH, y a través de la biotecnología, también logró obtener una sandía sin semillas. Sin embargo, en una profunda conversación, el Dr. Segovia me mostró la otra cara de su propio avance. Como un auténtico hombre de campo, reflexionaba con gran preocupación sobre la importancia innegable de la semilla para los pequeños y medianos agricultores. Para ellos, seleccionar y guardar las semillas de sus propias cosechas es la garantía de supervivencia para el siguiente ciclo agrícola. Una sandía sin semilla representa, en términos prácticos, la muerte de esos ciclos naturales.
Muchas personas dirán: «¿Y eso qué? Yo tengo una naranja o sandía perfecta en mi mesa, qué me importa si tiene o no semilla». El quid del asunto es que esta comodidad es una trampa perfectamente diseñada. Estos productos «impecables» son el vehículo para que el mercado alimentario sea acaparado por gigantes corporativos y transnacionales como Monsanto y Bayer. Con su poderío tecnológico, estas corporaciones sofocan a los agricultores de las zonas rurales y han comenzado a influir agresivamente en las legislaciones de diversos países. Hoy en día, en varias partes del mundo, es un delito sembrar si no se cuenta con el aval y la patente de la transnacional para ese ciclo específico.
Obligan así a los campesinos a adquirir semillas que, por lo general, son de una sola generación —estériles—, empujando a los pequeños productores a la extinción. Mientras tanto, nosotros como consumidores aplaudimos una oferta de productos estéticamente envidiables, pero de una calidad nutricional que habría de revisarse, sometidos a procesos agroindustriales y bañados en pesticidas que los alejan irremediablemente de lo orgánico y lo vital. Detrás de la vitrina del supermercado, hemos cambiado la vida por la estética y la soberanía por la comodidad. Una naranja sin semilla puede, silenciosa y trágicamente, cambiar el destino de la humanidad.
A manera de reflexión final, hoy en día los asuntos de soberanía nacional se limitan a uno de los aspectos más pobres del quehacer del ser humano: la política. Sin embargo, un tema que verdaderamente debería preocupar y ocupar a los gobiernos, en vez de perder el tiempo discutiendo estupideces, es el de la soberanía alimentaria. Al abrir las fronteras a otras naciones, sacrificando a los agricultores nacionales con precios y formas de producción que los colocan en una desventaja abismal, se castiga a los locales para enriquecer a los extranjeros. Eso sí es un tema de auténtica traición a la patria; un caballo de Troya que transita de manera silenciosa por los mercados de países como el nuestro, en donde todos los gobernantes se hacen de la vista gorda.
Usted, amable lector, ¿qué opina?
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